4 de enero de 2018

MEMORABILIA GGM 883


Occidente
Cali – Colombia
2 de enero de 2018


Macondo: pueblo de emprendedores

Por Luis Ángel Muñoz Zúñiga*

Se han publicado ensayos suficientes que analizan el estilo innovador literario de Gabriel García Márquez  y  contextualizan a Cien años de Soledad. Sin embargo, a la par que investigan el realismo mágico macondiano, a los críticos les ha faltado auscultar un concepto empresarial implícito en la narración novelística, actualmente de moda: el emprendimiento. Tal vez porque erróneamente los críticos piensan que hablar de emprendimiento sea un asunto exclusivo  de  los economistas y que el tema sea invisible en la literatura porque son pocos  los novelistas que tienen en cuenta  que las relaciones sociales y las  pasiones  humanas  son determinadas o intervenidas por el modo de  producción económico de cada época.

La literatura, igual que el arte,  la política, el pensamiento y el derecho, hace parte del nivel ideológico o superestructural de la sociedad y en cada época histórica este será reflejo de la base económica o modo de producción, es decir, de las relaciones sociales de producción determinadas por la propiedad sobre las fuerzas productivas, conformadas por los medios de producción y la fuerza de trabajo. Categorización  aún  vigente,  aunque por las crisis del socialismo  hayan   pregoneros neoliberales que  pretendan revaluar en su totalidad los postulados marxistas. Pero difícil les será pretender invalidar el carácter científico del materialismo histórico como metodología para la interpretación del desarrollo social de la humanidad.

Se escucha hablar de emprendimiento como alternativa ocupacional ahora más cuando las crisis económicas afectan al país y son pocas las oportunidades laborales en las empresas.  Serán emprendedores aquellos  socios que deciden hacer tolda aparte iniciando una empresa nueva e independiente. De igual manera los empleados y los trabajadores que optan por independizarse laboralmente y montar su propia empresa. En ambos casos, tanto en el emprendimiento sostenible, como en el de subsistencia, los nuevos emprendedores requieren de predisposición al riesgo, actitudes autogestionarias, espíritu innovador, recursos necesarios,  formación técnica, profesionalización gerencial y estrategias competidoras en los mercados.

Cien años de emprendimiento

En Cien años de soledad,  José Arcadio Buendía huyendo  del espíritu ambulante acosador de Prudencio Aguilar, a quien en vida  ultimó tras un desafío en un duelo por honor en la gallera de Riohacha y,  convenciendo a veinte parejas de amigos  que lo acompañaron  en su aventura de búsqueda de una tierra prometida, se convierte en el gran  emprendedor que  se encarga de trazar y liderar  el proyecto de la ubicación espacial y creación de Macondo.   Al principio, José Arcadio Buendía era una especie de patriarca juvenil, que daba instrucciones para la siembra y consejos para la crianza de los niños y animales, y colaboraba con todos, aun en el trabajo físico, para la buena marcha de la comunidad”.

En Cien años de soledad, desde los primeros capítulos, estructurados  manejando de manera circular el tiempo,  Gabriel García Márquez describe a los fundadores de Macondo como  personas  laboriosas y emprendedoras, cuyas reglas de juego están guiadas por los principios éticos, la igualdad y la construcción de una utopía socialista. Pronto su líder se gana la confianza de su pueblo porque sus convicciones y sus acciones son  ejemplos  vivos.  “José Arcadio Buendía, que era el hombre más emprendedor que se vería jamás en la aldea, había dispuesto de tal modo la posición de las casas, que desde todas podía llegarse al río y abastecerse de agua  con igual esfuerzo, y trazó las calles con tan buen sentido que ninguna casa recibía más sol que otra a la hora del calor”.

José Arcadio Buendía era consciente de la  necesidad de sacar a Macondo del aislamiento geográfico y el estancamiento económico.  “La idea de un Macondo peninsular prevaleció durante mucho tiempo, inspirada en el mapa arbitrario que dibujó José Arcadio Buendía al regreso de su expedición. Lo trazó con tanta rabia, exagerando de mala fe las dificultades de comunicación, como para castigarse así mismo por la absoluta falta de sentido con que eligió el lugar. Nunca llegaremos a ninguna parte –se lamentaba ante Úrsula-. Aquí nos hemos de pudrir en  vida sin recibir los beneficios de la ciencia. Esa certidumbre, que rumiada varios meses en el cuartito del laboratorio, lo llevó a concebir el proyecto de trasladar a Macondo a un lugar más propicio”.   

Cuando los gitanos arribaron a Macondo con sus inventos, José Arcadio Buendía, con actitud emprendedora, le propone a Melquiades un trueque por dos imanes, animado por el proyecto de utilizar esos gigantescos lingotes en la exploración de oro por los ríos. José Arcadio Buendía, cuya desaforada imaginación iba siempre más lejos que el ingenio de la naturaleza, aun más allá del milagro y la magia, pensó que era posible servirse de aquella invención inútil para desentrañar el oro de la tierra”. García Márquez contextualiza históricamente su utopía literaria en un continente devastado por la conquista y colonización españolas. “Lo único que logró desenterrar fue una armadura del siglo XV con todas sus partes soldadas por un cascote de óxido”.

Las adversidades no derrotan su espíritu emprendedor, atraído por la alquimia se  enclaustra en el laboratorio que le regaló Melquiades, animado por la  investigación  metalúrgica. Cuando cae  en  depresión y locura, Úrsula Iguarán asume el rol de líder emprendedora:   trabaja en las faenas de la huerta,  fabrica caramelos con formas de animalitos  y, tras ir en búsqueda de su hijo mayor que había escapado con los gitanos, regresó rodeada de comerciantes forasteros, que liderados por ella vienen a revitalizar la economía.  Las gentes que llegaron con Úrsula divulgaron la buena calidad de su suelo y su posición privilegiada  con respecto a la ciénaga, de modo que la escueta aldea de otro tiempo se convirtió muy pronto en un pueblo activo, con tiendas y talleres de artesanía, y una ruta de comercio permanente…”.

La laboriosidad de Úrsula andaba a la par con la de su marido. Activa, menuda, severa, aquella mujer de nervios inquebrantables, a quien en ningún momento de su vida se la oyó cantar, parecía estar en todas partes desde el amanecer hasta muy entrada la noche, siempre perseguida por el suave susurro de sus pollerines de olán.  Gracias a ella, los pisos de tierra golpeada, los muros de barro sin encalar, los rústicos muebles de madera construidos por ellos mismos estaban siempre limpios, y los viejos arcones  donde se guardaba la ropa exhalaban un tibio olor de albahaca”.

Macondo emprendedor hacia el progreso social

Los macondianos son conscientes  que para salir adelante y lograr el progreso social,  no podían rezagarse en una economía cerrada, ajena a los avances tecnológicos y a las comunicaciones. Gabriel García Márquez presenta  a unos líderes que no se sientan a esperar  la benevolencia paternalista de un Estado que desde entonces asistía sólo a aquellas regiones colonizadas por el gamonalismo en el poder  y que recibirían beneficio estatal si figurasen como potenciales electorales. Macondo, por el contrario, contextualizado en tiempos de la hegemonía conservadora,  era la cuna de los líderes liberales rebeldes que se levantaron contra el gobierno en la guerra civil de los mil días.

Aureliano Segundo, que si algo tenía del bisabuelo y algo le faltaba del coronel Aureliano Buendía era una absoluta impermeabilidad para el escarmiento, soltó el dinero para llevar el ferrocarril con la misma frivolidad  con que lo soltó para la absurda compañía de navegación del hermano (…) Pero cuando se restablecieron del desconcierto de los silbatazos y resoplidos, todos los habitantes se echaron a la calle y vieron a Aureliano Triste saludando con la mano desde la locomotora, y vieron hechizados el tren adornado de flores que por primera vez llegaba con ocho meses  de retraso”.

La  virtud literaria  de Gabriel García Márquez es haber escrito la   novela latinoamericana más cargada de emprendedores, pero jamás triunfalistas. Podría pensarse que la destrucción y el fin de Macondo sea la impronta de una pluma que hace apología al fracaso. “Macondo era ya un pavoroso remolino de polvo y escombros centrifugado por la cólera del huracán bíblico, cuando Aureliano  saltó once páginas para no perder el tiempo en hechos demasiado conocidos, y empezó a descifrar el instante  que estaba viviendo, descifrándolo a medida que lo vivía, profetizándose a sí mismo el acto de descifrar  la última página de los pergaminos, como si estuviera viendo en un espejo hablado”. 

El emprendimiento como alternativa autogestionaria

Cien años de soledad, al tiempo que muestra  a unos habitantes  emprendedores que llevan  la aldea a la prosperidad,  con  los posteriores  hechos de violencia y destrucción advierte  que  el emprendimiento  no puede tomarse como la panacea para la solución de los problemas  que competen a las políticas gubernamentales nacionales.  Macondo cae  en la miseria  por las  hegemonías  que enajenan los recursos naturales. La aldea imaginaria, ubicada  en  la zona bananera del Magdalena, refleja  la realidad   de  los municipios del Caribe,  empobrecidos por la United Fruit Company. El gobierno nacional defiende los intereses de la compañía gringa  arremetiendo una  masacre contra los huelguistas.

Los trabajadores de la zona que devengaban míseros salarios y laboraban en condiciones insalubres habían declarado la huelga y esperaban la prometida  visita del Gobierno que llegaría en el tren. Pero arribó el ejército con orden de dispersar a los trabajadores a punta de metralla.     Se narra en Cien años de soledad: “Al final de su grito ocurrió algo que no le produjo espanto, sino una especie de alucinación. El capitán dio la orden de fuego y catorce nidos de ametralladoras le respondieron en el acto”.

En Cien años de soledad, Gabriel García Márquez describe a un pueblo emprendedor, que sin embargo desaparece apocalípticamente.  “Entonces dio otro  salto para anticiparse a las predicciones y averiguar la fecha y las circunstancias de su muerte”. De todas maneras el emprendimiento es una  alternativa autogestionaria de subsistencia en tiempos de  globalización. No podemos desconocer que  puede ser  análogo a la historia de David y Goliat, aunque en estos tiempos de privatizaciones, globalización y nuevo reparto mundial de mercados, el emprendimiento no siempre tenga un final heroico como en el pasaje bíblico donde triunfa el más débil. 

En nuestra, cultura con raíces en la colonización española, amenazada por el Goliat imperialista, será difícil el emprendimiento.  Pero los emprendedores siempre han sido forjadores del progreso: los colonizadores antioqueños lograron el crecimiento demográfico de la nación y los comerciantes emprendedores generaron los primeros centros industriales de nuestro país. Estas notas van dirigidas especialmente a los conferencistas o capacitadores que dicten seminarios de formación de emprendedores, con el único propósito de convencerles para que empiecen sus exposiciones    motivando con lecturas de Cien años de soledad, para persuadir a los convocados, hacer comprensible el tema, volver más amenas sus conferencias, sobre todo, para que generen nuevas utopías y verdaderas vocaciones hacia el logro de los objetivos emprendedores.

*Docente de Literatura en el Colegio de Santa Librada
y periodista columnista del Diario Occidente.

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The New York Times
U. S. A.
30 de diciembre de 2017

Opinión Comentario

La soledad multitudinaria
de García Márquez

Por Álvaro Santana-Acuña *



Gabriel García Márquez cometía faltas de ortografía al escribir sus obras. La causa era que cuando escribía, como confesó en un fax desenfadado a Carmen Balcells, su agente literaria, “yo le ovedesco más a la inspirasión que a la gramática”. Además de sus combates contra las reglas del lenguaje, en el archivo del escritor —que desde 2014 está en el Harry Ransom Center de Austin, Texas— descubrimos sus rituales de escritura y sus dudas creativas. Desde hace unas semanas, casi la mitad del archivo —27.500 imágenes que recorren más de cinco décadas de escritura— está disponible de manera gratuita en internet.

En el archivo en línea hay información inédita sobre sus éxitos literarios, sus obsesiones creativas y su círculo de amigos y colegas; además de nuevos detalles sobre el padre de familia, el protagonista de la política latinoamericana y el artista abrumado por la fama planetaria. Los documentos del archivo, como explico en mi próximo libro, Ascent to Glory: How One Hundred Years of Solitude Became a Global Classic, ayudan a desmontar varios mitos en torno a García Márquez, algunos cuidadosamente alimentados por él mismo.

Dos mitos que se han construido sobre el escritor se refieren a su genialidad y al origen legendario de sus obras. Al igual que a otros creadores de obras famosas, a García Márquez se le suele considerar un genio solitario tocado por el relámpago de la inspiración. Se sigue repitiendo que, tras ocurrírsele el comienzo de Cien años de soledad mientras conducía desde Ciudad de México hacia Acapulco, el autor abandonó su trabajo de inmediato y se encerró a escribir en su estudio durante 18 meses hasta que acabó la novela. Mientras tanto, su mujer se endeudó con los comerciantes del barrio para alimentar a la familia. Su archivo nos descubre que consiguió un crédito para dedicarse solo a su novela y que no la escribió de un tirón durante un año y medio, sino en 12 meses, con interrupciones. Tampoco escribió sobre la soledad en soledad, sino en compañía multitudinaria.

García Márquez se rodeó de amigos y colegas mientras escribía el libro que lo hizo famoso. Algunos le ayudaron como asistentes de investigación para documentarse sobre múltiples temas, como las técnicas de alquimia empleadas por José Arcadio Buendía, las propiedades curativas de las plantas que usaba Úrsula Iguarán y la historia de varias guerras en Colombia y América Latina mencionadas en las aventuras del coronel Aureliano Buendía.

El manuscrito de Cien años de soledad fue muy comentado, revisado y mejorado antes de su publicación. Casi a diario, en la casa de García Márquez y su esposa se reunían de noche el poeta Álvaro Mutis, su mujer y el matrimonio de la actriz María Luisa Elío y el cineasta Jomi García Ascot (a esta pareja tan providencial les dedicó la novela). García Márquez les leía en voz alta o les hablaba de lo escrito ese día y todos le daban ideas sobre cómo podía avanzar la historia de los Buendía. Cada sábado, mientras duró la redacción, el autor discutía las páginas escritas durante la semana con el crítico literario Emmanuel Carballo, quien le aconsejaba sobre la trama y los personajes. Y compartió la novela en preparación con escritores influyentes. A Carlos Fuentes, por ejemplo, le envió a París las primeras ochenta páginas del libro. Fuentes incluso publicó una reseña elogiosa de Cien años de soledad cuando a García Márquez le faltaban aún tres meses para terminarla.

Es poco conocido que, un año antes de su lanzamiento en Buenos Aires, García Márquez sacó los capítulos más arriesgados del libro en distintas publicaciones de Europa y América. El escritor quería saber qué pensaban los lectores comunes, críticos literarios, lectores cultos y otros escritores e introducir cambios que mejorasen el texto final, como acabó haciendo.

De García Márquez no puede decirse que escribía sin tropiezos frases acabadas. Los usuarios del archivo descubrirán que la clave de su proceso creativo estaba en la edición. Era un excelente y obsesivo corrector de su propia escritura, como Balzac. En el punto donde la mayoría de los escritores se detienen satisfechos con su manuscrito, García Márquez buscaba darle al suyo otra vuelta de tuerca, a menudo con ayuda de su círculo de amistades.

Una página del borrador de "Crónica de una muerte anunciada" que muestra algunas revisiones hechas por García Márquez. Credit Centro Harry Ransom

Como perfeccionista nato, no dudaba en tachar páginas y párrafos completos e incluso pulir el texto palabra por palabra. En Cien años de soledad, por ejemplo, la frase “una copa de la azucarada substancia color de ámbar”, se convirtió en “una copa de la substancia color ámbar”, luego en “una copa de la substancia ambarina” y finalmente en “una copa de la sustancia ambarina”.

A simple vista, estos cambios pueden parecer irrelevantes. Sin embargo, el autor aprendió que la magia de la literatura reside en la capacidad para cautivar a los lectores a través de los pequeños detalles. “Un escritor es aquel que escribe una línea y hace que el lector quiera leer la que sigue”, le confesó a su amigo Guillermo Ángulo. Para lograrlo, García Márquez podía comprimir las palabras, introducir un dato clave o añadir un giro poético o sensorial al lenguaje. Por ejemplo, Santiago Nasar, el protagonista de Crónica de una muerte anunciada, se apellidaba Aragonés, y al comienzo de la novela se levantaba “a las cinco de la madrugada” y no a “las 5:30 de la mañana”, como en el texto final.

La comparación de los manuscritos a lo largo de los años muestra un cambio decisivo en la creatividad del autor; conforme envejecía, su talento para editar sus obras decayó. Sus problemas de memoria fueron la principal causa. Él nunca quiso crear historias que no estuviesen enraizadas en vivencias personales, y para escribirlas necesitaba de su memoria, que lo fue abandonando, como revelan los persistentes signos de interrogación en las sucesivas versiones de sus manuscritos. Por esta razón dejó sin terminar el segundo volumen de su autobiografía —de la que una selección puede consultarse en línea— y la novela En agosto nos vemos, que solo puede consultarse en sala.

García Márquez, descubrimos, ocultaba otra obsesión: lo que escribían sobre él y sus obras. Antes de publicar Cien años de soledad trabajó en agencias de publicidad y aprendió que un escritor debe vender exquisitamente su imagen pública a los lectores, algo que le preocupó durante décadas. Mientras que en público decía ser impermeable a la crítica, en privado coleccionó compulsivamente durante más de 50 años recortes de prensa de más de 20 países y en más de 10 lenguas. En los 21 álbumes de recortes disponibles en línea, atesoró desde reseñas de sus obras publicadas en The New York Times hasta en El Día, un periódico de las islas Canarias. Guardó incluso numerosas reseñas negativas (pero perspicaces), como la de un crítico colombiano que calificó Cien años de soledad de “saga prosaica [de] literatura escapista”.

La otra mitad del archivo solo puede consultarse en el Harry Ransom Center e incluye la correspondencia del escritor —que muestra los contactos menguantes con Julio Cortázar y José Donoso, y ningún rastro de su malograda amistad con Mario Vargas Llosa, tras el puñetazo que el Nobel peruano le propinó en un cine de México—, los contratos de edición, las cándidas cartas de fans de todo el mundo, una carta de rechazo de The New Yorker de 1981 —al editor no le gustó el final de “El rastro de tu sangre en la nieve”— y hasta la carta astral de García Márquez, que una alarmada Balcells encargó cuando supo que su representado nació en 1927 y no en 1928, como se pensaba.

El texto mecanografiado de "Cien años de soledad" con algunas correcciones a un año de su publicación, en 1967. Credit Harry Ransom Center

Entre los grandes méritos del archivo está el confirmar que convertirse en uno de los escritores más exitosos del último siglo fue un trabajo arduo. “Es necesario despedazar muchas cuartillas para que finalmente uno pueda llevar al editor unas pocas páginas”, dijo García Márquez en una entrevista cuando tenía 28 años, poco después de publicar La hojarasca, su primera novela. “Quien no tenga vocación auténtica de escritor se desalienta”.

El éxito, sin embargo, no depende solo del trabajo duro. Detrás del infatigable artesano de la palabra había un talentoso creador de mitos sobre cómo escribió las historias en sus libros y un artista inserto en un excepcional círculo de amigos y colegas. Sin esos mitos y sin ese entorno personal, Cien años soledad y García Márquez podían haber acabado en el cementerio de los libros y escritores olvidados.

*Álvaro Santana-Acuña es profesor de sociología en el Whitman College y autor del libro en preparación “Ascent to Glory: How 'One Hundred Years of Solitude' Became a Global Classic”.

30 de diciembre de 2017

MEMORABILIA GGM 882

MEMORABILIA GGM
Cali – Colombia
30 de diciembre de 2017

Los documentos de GGM
en el Harry Ransom Center

En días recientes el Harry Ransom Center de la Universidad de Texas, abrió el público parte de los archivos que adquirió a Gabriel García Márquez. De esos archivos, MEMORABILIA GGM hizo una selección de textos publicados en medios de diferentes partes del mundo, de páginas redactadas por el escritor colombiano. Esta es la primera parte de esa investigación sobre los documentos de GGM.



Así es Bogotá

Así era nuestra ciudad, nublada y lluviosa, a sólo 500 metros por debajo de las nieves perpetuas. Había una torre central, con un reloj, y una calle central cuyos transeúntes de paraguas al brazo vestían de colores oscuros, hablaban en voz muy baja y se iban a la cama a las ocho de la noche.

Éramos, se decía, un millón de personas, que nos la arreglábamos de muchos modos para vivir. Teníamos una manera muy propia de estar alegres: los días de fiesta íbamos a misa, tocábamos campanas y quemábamos pólvora en los suburbios. Era la pirotecnia de la felicidad.

En la mañana, había una hora que parecía puesta entre paréntesis en el tiempo: la hora del café. En el paralelo 5, a la misma altura en que los aborígenes de Nueva Guinea se alimentaban de carne humana y se fumaba opio en Singapur. Hombres solemnes vestidos con demasiada corrección hablaban de un tema que en nuestra ciudad era siempre nuevo y siempre primitivo: la política.

Como todos los habitantes de las ciudades civilizadas de aquel tiempo nos preocupaba más la actualidad que el futuro. Sabíamos, con pocas horas de diferencia, cuál era el punto de vista del canciller de Pakistán.

Creíamos en la letra impresa, en el poder adquisitivo del dinero y en la necesidad del sueño. Nunca supimos si fue ese nuestro mejor defecto o nuestra peor virtud.

Los sabios nos habían dicho: "Mirad los libros por fuera y conoceréis por dentro a la ciudad". Obedeciendo a esa enseñanza, habría podido descubrirse que el espíritu de la ciudad estaba hecho de versos sentimentales, de manuales de divulgación científica y de relatos de aventuras interplanetarias. Pero, a despecho del trascendentalismo de los sabios, era mejor la anécdota: un cliente que por deformación profesional miraba a hurtadillas la última página de una novela policíaca, para descubrir sin comprar el libro quién era el asesino.

El lunes, una certidumbre nos llenaba de fortaleza: tarde o temprano volvería a ser domingo.

Había una cierta dureza en nuestra manera de progresar. Lo hacíamos a saltos, sin estar muy seguros de dónde iríamos a caer. Pero sólo así podríamos hacerlo, y así habíamos llegado a ser una ciudad moderna con el pasado a la vuelta de la esquina.

Ni siquiera nos sorprendíamos ele que un día los niños nos preguntaran, perplejos, por qué se hablan vuelto tan siniestros los bomberos.

Llovía de un modo cruel en nuestra ciudad. Uno podrá pasar muchas horas frente a la ventana, en espera de que ocurriera algo. Y nada se veía distinto de la lluvia. Pasados diez, veinte años, el espectáculo podía seguir siendo el mismo. Pero valía la pena esperar: tarde o temprano ocurría una cosa increíble.

Entonces, por un momento, éramos felices en el goce de la ociosidad: contamos con las manos tendidos en la hierba, nos hacíamos tomar un retrato que por el resto de la vida nos sirviera de motivo para reírnos de nosotros mismos, dormíamos a la sombra de los árboles con la cara cubierta con un sombrero, nos moríamos de amores inverosímiles...

Al menos en una cosa nuestra ciudad era igual a todas las ciudades del mundo: en los domingos vacíos e interminables. Tratábamos, inútilmente, de llenarlos con actos insignificantes...

Por no quedamos solos en la casa, salíamos en busca de acompañamiento, y a veces éramos felices un domingo a las tres de la tarde, solos en medio de la muchedumbre.

Creyendo que después de eso sólo podía venir el diluvio. Podía cometerse el error de cerrar la ventana. Habría dejado de verse entonces una escena de cine que en nuestra ciudad habría resultado fantástica si hubiera sido una escena de la vida real... y una escena de la vida real que en el cine habría sido fantástica.

Durante muchos años los visitantes extranjeros anotaron en sus diarios una comprobación que año tras año habían registrado las estadísticas: había más hombres que mujeres en las calles. Pero nosotros nos dolíamos de que no existiera una estadística de la casualidad.

Entonces hubiera podido comprobarse que en un instante fugaz y asombroso pasó por las calles de la ciudad la mujer más bella del mundo.

Para:
EDICIONES GAMMA
Bogotá - Colombia
1993

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La desgracia de ser feliz

Aquel sábado negro descubrí la felicidad: un estado del cuerpo y el alma que se vive un instante y se sigue pagando por el resto de la vida. Empezó can un trueno apocalíptico que enrareció el cuarto con el olor premonitorio de tierra mojada, y no tiempo para escapar ileso cundo se precipitó un aguacero grande, de los que suelen desmadrar la ciudad entre mayo y octubre. Las calles de arenas ardientes se convirtieron en torrentes ciegos que arrastraban cuanto encontraron a su paso después de tres meses de sequía, y podían ser como la felicidad del amor: tan providenciales corno devastadoras.

Apenas había tenido tiempo de asegurar puertas y ventanas cuando me salió al encuentro la certidumbre física de que no estaba solo. Alcancé a ver el celaje del gato que saltó del sofá y se escabullé por el balcón y en su plato quedaron las sobras de una comida que nadie le había servido. Lo había criado como estudié latín. Seguía sus trazas con su manual de uso para familiarizarme con sus hábitos naturales, pero no di con su escondite para obrar, ni con sus sitios de reposo, ni con las causas de su humor voluble. Quise enseñarlo a comer a sus horas, a usar la caja de arena en la terraza, a no subirse en mi cama mientras yo dormía ni a olisquear los alimentos en la mesa, ni pude hacerle entender que la casa era suya por derecho propio y no corno un botín de guerra.

De modo que lo dejé a su aire para enfrentar el aguacero bíblico que amenazaba con desquiciarla. Sufrí un ataque de estornudos encadenados, me dolía el cráneo y tenía fiebre, pero me sentía poseído por una fuerza y una determinación que nunca tuve a ninguna edad y por ninguna causa. Puse calderos en el piso para recoger las goteras, y me di cuenta de que habían aparecido otras nuevas desde el invierno anterior. La más grande había empezado a inundar el flanco derecho de la biblioteca. Me apresuré a salvar a los autores griegos y latinos que vivían por aquel rumbo, pero al quitar los libros encontré un chorro de alta presión que salía de un tubo roto en el fondo del muro. Lo amordacé con trapos hasta donde pude para salvar mis favoritos.

El estrépito del agua y el aullido del viento arreciaron en el parque. De pronto, un relámpago fantasmal y su trueno simultáneo impregnaron el aire de un fuerte olor de azufre, el viento desbarató las vidrieras del balcón y la-tremenda borrasca de mar rompió los cerrojos y se metió en la casa como en la suya. Sin embargo, antes de diez minutos escampó de un tajo. Un sol espléndido secó los escombros varados en las calles, y volvió el calor. Fue entonces cuando me estremeció la certidumbre de que había sido feliz durante la tormenta y no sabía por qué.

Mi única explicación es que así como los hechos reales se olvidan, también algunos que nunca lo fueron pueden estar en la memoria como si hubieran sido. Pues si evocaba la emergencia del aguacero no me veía a mí mismo solo en la casa sino siempre acompañado por alguien que no me atreví a recordar. La sentía tan cerca, que había percibido el rumor de su aliento en el dormitorio, y los latidos de su mejilla en mi almohada. Me recordaba a mí mismo en el escabel de la biblioteca y la recordaba a ella con su bata de flores pintadas recibiendo los libros para ponerlos a salvo. La veía correr de un lado al otro de la casa batallando con la tormenta, empapada de lluvia con el agua a los tobillos en una noche feliz sin los tormentos del amor. La recordaba al día siguiente preparándole al gato un desayuno que nunca fue y poniendo la mesa mientras yo secaba los pisos y ponía orden en el naufragio de la casa. Nunca olvidé la mirada sombría con que me preguntó mientras desayunábamos: ¿Por qué me conociste tan viejo? Le contesté la verdad: la edad de uno no es la que se tiene sino la que uno siente.

Desde entonces la llevé en la memoria con una nitidez que me permitía hacer de ella lo que fuera útil para ser felices. Le cambiaba el color de los ojos según mi estado de ánimo: color de agua al despertar, color de almíbar cuando reía, color de lumbre cuando la contrariaba. La vestía para la edad y la condición que convinieran a mis cambios de humor: novicia enamorada a los veinte años, puta de salón a los cuarenta, reina de Babilonia a los setenta, santa a los cien.

Cantábamos duetos de amor de Puccini, boleros de Agustín Lara, milongas de Gardel, y comprobábamos una vez más que quienes no cantan no pueden imaginarse siquiera lo que es la felicidad de cantar. Hoy sé que no fue una alucinación en aquella tarde feliz sino un milagro más del primer amor de mí vida a los noventa años.


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Bárbara Dian Jacobs Barquet conocida como Bárbara Jacobs (Ciudad de México, 19 de octubre de 1947) es una escritora, poetisa, ensayista, traductora y articulista mexicana. El éxito literario llegó con su primera novela: Las hojas muertas (1987) que ganó el Premio Xavier Villaurrutia y fue traducida a varios idiomas. A partir de 1970 publica en revistas y suplementos literarios y colabora en diferentes revistas. Desde hace más de una década mantiene una colaboración quincenal con el diario La Jornada.
En su vida personal fue casada con Augusto Monterroso de quien enviudó. Luego contrajo matrimonio con el conocido ilustrador Vicente Rojo, famoso por su portada de la segunda edición de Cien años de soledad.

Adaptado de Wikipedia
 

Bárbara Jacobs en su verde limón

Algún día tendremos que estudiar con el mayor cuidado los comentarios que Bárbara Jacobs suele anticipar en las reflexiones intensas y lúcidas de los mismos libros que está escribiendo. Aún en el transcurso de sus versiones finales, mientras se escudriña a sí misma para poner a sus lectores cautivos contra la pared de sus propias incertidumbres creativas, todavía parece preguntarse cómo pudo escribir el libro suyo que estamos leyendo con tanto placer.

Creo que ella no es s6lo uno de los buenos escritores en estos tiempos de libros fáciles, sino que no conozco muchos que sepan anticipar con la 'misma honradez casi suicida el largo y doloroso calvario de su gestación y su escritura. Podría pensarse de' mala fe que es un truco de astucia para ganar méritos, pero sus lectores cautivos sabemos que es en realidad un caso de honradez inusitada aún a riesgo de su propia obra. Su terror es quizás el mismo y pocas veces confesable que otros escritores picapedreros padecemos desde las primeras tentativas de nuestros textos, pero creo que muy pocos lo vivimos de un modo tan encarnizado como ella en la pesquisa ansiosa de cada palabra perdida, de cada frase banal, de cada átimo del corazón, y consciente como pocos de' las dificultades inmensas con las que• nuestros propios libros empiezan a acosarnos desde mucho antes de ser concebidos.

No sé si ella misma reconoce esa virtud – ¿o esa desgracia?– o si solo la usa como un conjuro contra la incertidumbre. Pero el hecho es que esa voluntad de sacrificio tiene para ella una importancia enorme, porque revela lo que la inmensa mayoría de los escritores –buenos o malos– apenas alcanzamos a vislumbrar. Soy uno de los muchos lectores puntuales, y mi admiración por sus libros es apenas comparable con la que tengo por su fidelidad a sí misma.

El proyecto con que Bárbara Jacobs aspira ahora a la Beca Guggenheim es un ejemplo climático de su método íntimo desde la pregunta inicial: ¿Me atreveré a contar la verdad de cómo nació mi proyecto de este libro? Ella misma no se da la respuesta, que quizás no conocía hasta entonces, pero conociéndola a ella, y conociendo su arte como lo conocemos sus lectores devotos, no abrigo la mínima duda de que su incertidumbre insaciable no es un mérito del oficio, sino una virtud mayor de la inteligencia, y que este nuevo libro suyo hervido a fuego lento ha de ser una prueba más de los misterios raros de su inspiración. Como casi todos los suyos, que he leído siempre en medio de la selva magistral de sus propias dudas, con la tensión irresistible y el terror deslumbrado de un cazador de leones.


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Luis Alcoriza director de cine y guionista. Mexicano de origen español posee una filmografía extensa entre las que se desatacan la película Presagio basada en una idea original de Gabriel García Márquez. De sus trabajos se destaca la película Mecánica Nacional que marcó un punto de quiebre en la expresión cinematográfica azteca.

 Un buen recuerdo de un mejor amigo

Cuando la editorial Sudamericana de Buenos Aires me mandó las primeras pruebas de imprenta de Cien años de soledad, en 1967, las llevé ya corregidas a una fiesta encasa de Luis Alcoriza, sobre todo para la curiosidad insaciable del invitado de honor, don Luis Buñuel, que tejió toda clase de especulaciones magistrales sobre el arte de corregir, no para mejorar, sino para esconder. Vi a Alcoriza tan fascinado por la conversación, que tomé la buena determinación de dedicarle las pruebas de imprenta con una frase que era más que verdadera: Para Luis y Janet del amigo que más los quiere en este mundo.

Veintiocho años después, cuando Cien Años de Soledad había hecho su carrera, alguien recordó aquel episodio en la misma casa, y opinó que las pruebas con la dedicatoria valían una fortuna. Janet las sacó de su baúl y las exhibió en la sala hasta que le hicieron la broma de que con eso podían salir de pobres. Alcoriza hizo entonces una escena muy suya dándose golpes con ambos puños en el pecho, y gritando con su vozarrón bien impostado y su determinación carpetovetónica.
– ¡Pues yo prefiero morirme antes que vender esta joya dedicada por un amigo!

Entre la justa ovación de todos, volví a sacar el mismo bolígrafo de la primera vez, que todavía conservaba, y escribí debajo de la dedicatoria de dieciocho años antes: Confirmado, 1985, y volví a firmar como la primera vez: Gabo. Ese es el documento de 180 folios con 1,026 correcciones de mi puño y letra, que fue puesto en pública subasta más de veinte años después en la feria del libro de Barcelona, sin participación ni beneficio alguno de mi parte.

Este es apenas uno de los numerosos episodios que podría contar sobre los siete años salteados que trabajé con Alcoriza como asistente en la elaboración de guiones que nunca se filmaron. De allí surgió una relación cuya memoria podría ocupar volúmenes de páginas inolvidables. Yo llegaba a su casa como un empleado puntual, a las nueve de la mañana, y lo encontraba ya sentado frente a la máquina de su escritorio, con el ímpetu de avanzar en el argumento de alguna película empezada a medias con pedazos sueltos de cada uno de nosotros. Nuestro sueño era reflejar sin tapujos el horror del mundo que estábamos viviendo.

Pero no recuerdo que hubiéramos concebido tres o cuatro episodios terribles cuando la realidad nos aventaba por otros desfiladeros más sangrientos. La razón no podía ser simple y válida: era tan desmesurada nuestra desazón por el mal estado del mundo y el oscuro destino de la humanidad, que ningún drama por complaciente que fuera podía encontrar espacio en nuestras modestos esquemas. Sin embargo, no puedo recordar una época más vital en nuestras ansias de creadores, y tal vez la menos olvidable de mis años.

La cruda realidad de que suelen hablar los poetas nos obligó a plantar nuestros pies en tierra firme y a buscar otros modos menos irreales de cumplir con el duro oficio de sobrevivir todas las horas de todos los días. Volví a fondo a mis primeras tentativas de reportero y narrador, y hoy me complace la certidumbre de no haber errado el camino. Alcoriza, por su parte, aprovechó bien las horas que perdía conmigo y las engrandeció con un cine estelar. Durante años nos encontrábamos apenas, casi siempre por casualidad, pero a distancia éramos conscientes que nuestra amistad era real y buena porque la habíamos forjado a fuego vivo.

Luis Alcoriza murió en su ley en 1992, a los setenta y un años, en su retiro de Cuernavaca. Janet siguió allí, y murió seis años después, reducida a un pequeño núcleo de sus amigos fieles. Entre ellos el más cercano de todos, Héctor Delgado, que los había adoptado como padres y se ocupó de ellos en las vacas flacas de la vejez, más y mejor que si hubieran sido los verdaderos. Antes de morir, ellos lo nombraron con toda justicia su heredero legítimo. Lo único que me parece injusto de esta historia a la vez inverosímil y memorable, es que Luis y Janet vivieran sus últimos años con miles de dólares guardados a salvo del tiempo y las polillas en el fondo del baúl, por la invencible dignidad ibérica de no vender el regalo del amigo que más los quiso en el mundo.

Enero de 2006


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Carlos Andrés Pérez. Presidente de la República de Venezuela en dos periodos. Fue separado de sus funciones por el Congreso Nacional. Falleció en mayo de 1993

(Sin título)
 

Mi relación con Carlos Andrés Pérez fue muy estrecha durante sus dos períodos presidenciales. No solo por su política cultural, de la cual estuve siempre muy pendiente, sino también por su política exterior, y muy en especial por la ayuda a los movimientos progresistas que luchaban por aquellos años contra las sangrientas dictaduras de la América Central. Una delegación del movimiento sandinista de Nicaragua me localizó en Colombia para que mediara con el presidente Carlos Andrés Pérez en apoyo de la lucha que mantenían contra la tiranía hereditaria de la familia Somoza. Viajé a Caracas de inmediato para transmitirle el mensaje al presidente venezolano, y me di cuenta desde el primer momento de que él estaba muy bien informado de la muy grave situación de Nicaragua. Dos días después de mi gestión convocó y recibió en su despacho presidencial una comisión sandinista del más alto nivel que le dio pormenores más secretos. De inmediato –con la mediación del general Ornar Torrijas, presidente de Panamá–Carlos Andrés Pérez les hizo llegar a los sandinistas varios cargamentos de armas de guerra, de las muchas que les hacían falta para derribar la vieja dictadura de los Somoza. Hoy tengo la impresión de que esa fue una ayuda definitiva para la liberación de Nicaragua, y el principio del fin –ojalá también definitivo– de otras tiranías siniestras de la América Central.

Sin embargo, siempre he creído que tal vez lo más notable y menos recordado de los dos periodos presidenciales de Carlos Andrés Pérez fue su política cultural, que se sintió hasta los últimos rincones de América Latina sin distinción de lenguas. Estuve muy al corriente de ella por la ayuda que solicitaba el presidente en persona y a través de sus asesores mejor informados y de sus amigos más cercanos para asegurar en sus certámenes la participación de los creadores de más renombre.

El Premio Rómulo Gallegos, que se adjudicó en buena parte de sus dos gobiernos a escritores muy distinguidos de la lengua castellana, tuvo el buen sentido de no excluir al Brasil ni a otros países de idiomas distintos. Fundó la Biblioteca Ayacucho, con Ángel Rama como director, conformada en especial por los clásicos más distinguidos, y que tal vez sea hoy una de las más importantes del continente. Sofía Inberg, sorprendida por aquella explosión creativa de las artes y las letras, declaro como un chiste: "Si me dan una pala y un garaje, hago un museo de artes contemporáneas". El presidente Carlos Andrés Pérez la oyó, o lo supo por segunda mano, y fundó para ella El Consejo Nacional de la Cultura, del cual fue directora excelente desde entonces hasta hace pocos meses cuando Hugo Chávez, el presidente actual, la destituyó con una rara explicación radiofónica.

Enero, 2007

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Frank del Olmo. Periodista norteamericano de origen mexicano. Falleció en la sala de redacción de Los Angeles Times, donde laboraba
 
Frank en su mal año bisiesto

La noticia que nunca hubiera querido conocer ocurrió el martes 19 de febrero de este mal año bisiesto: la muerte sin desmentidos ni rectificación posible de Frank del Olmo. Desde que nos conocimos en México a finales de los años ochenta con un abrazo premonitorio de viejos compadres, y en las varias ocasiones en que volvimos a encontramos desde entonces, solos: o acompañados, y aun sin proponérnoslo, no tuvimos una sola conversación que no fuera sobre la noticia del día. Pues los periodistas congénitos descubrimos pronto, y aún contra nuestra voluntad, que este oficio no es sólo una vocación, ni un destino, ni una necesidad ni un empleo, sino algo sin remedio: un vicio de amigos.

Frank del Olmo lo sabía como nadie, y lo había asumido como un premio de la vida, sin un minuto de reposo. Esclavizado por la certidumbre de que el mundo será mejor cuanto más tratemos de ser como él fue: un grande de su oficio, con un gozo inagotable de disfrutarlo y padecerlo, y la dicha de ser querido como pocos por sus amigos del mundo entero. Hasta la mala mañana del 19 de este febrero al que le sobra un día, y que apenas le dio tiempo a Frank del Olmo para levantarse de su escritorio, fulminado por; la traición de su propio y noble corazón, y ya convertido en la noticia triste e irreparable de su jueves aciago.

Los Angeles,
Febrero, 2004


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El general en mi laberinto

Mi personaje inolvidable es el general Rafael Uribe Uribe, como creo recordarlo en el sillón de la oficina de mi abuelo materno en nuestra casa de Aracataca. Lo primero que me llamó la atención fue la voz metálica y bien impostada que me llegó por la ventana cuando mi abuela Tranquilina me enseñaba a cortar rosas en el jardín. "Es el hombre más importante del mundo", me dijo ella sin asombro.

No pude resistir la tentación, y corrí a la oficina para verlo como lo vi, arrellenado en el sillón del abuelo. Tenía la piel curtida por el sol de sus guerras, un bigote muy negro de puntas afiladas y unos ojos de gato montuno. Vestía de lino blanco intachable con unas botas idénticas a las que seguía usando mi abuelo desde la guerra de los Mil Días. Pero lo que más me impresionó desde el primer instante fue el resplandor metálico de su voz.

Al verme entrar, mi abuelo se preparó para anunciarme en la primera pausa oportuna, pero no fue necesario, Sin mirarme siquiera, el visitante me puso la mano en el hombro hasta terminar su relato fantástico. Yo sufrí un estremecimiento de pavor, pero pronto me sentí a salvo al amparo de su voz. Fue una deflagración instantánea que me marcó para siempre, y me sirvió para valorar en carne propia los relatos de batallas triunfales y guerras perdidas que me contaba mi abuelo, y que me permitieron construir al visitante, pieza por pieza, como mi personaje inolvidable.

Sólo al final de la escuela tuve que enfrentarme a la verdad de que aquella visita histórica de la cual oí hablar por el resto de mi infancia no podía ser sino un invento de mi imaginación. Pues sólo entonces me enteré por casualidad de que el general Rafael Uribe Uribe no estuvo más de una vez en la casa de mis abuelos al término de la guerra de los Mil Días, y había sido asesinado a golpes de hacha a las puertas del Congreso Nacional cuando faltaban todavía más de catorce años para que yo naciera.

Sin fecha


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Idea para la película de un partido de fútbol perfecto

La idea es hacer en cine un partido de fútbol de ficción, en su tiempo real de noventa minutos, entre dos equipos formados por los veintidós jugadores mejor calificados del mundo.

La selección será hecha por un grupo de grandes expertos, con un sentido creativo que entienda el fútbol como deporte, corno juego de suerte y azar, y como entretenimiento dominical. También ellos disertarán el partido minuto a minuto, en un guión donde todo esté previsto hasta en sus mínimos detalles: la actuación de los jugadores, las decisiones de los árbitros, y hasta el comportamiento del público.

El resultado debe ser un partido de una intensidad técnica y estética que nunca se verá en la vida real. El espectáculo perfecto que mil millones de aficionados van a buscar sin encontrarlo en los estadios del mundo entero.


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*Transcripción del texto grabado en audio para la
Sección "El libro" de Álvaro Castaño Castillo
(Emisora HJCK.  Febrero de 2000
*También se publicó en el periódico interno
de la "Feria del libro del zócalo del D.F."
en octubre de 2003, cuando se recibió a
Colombia como invitado de honor.

El libro

El hombre empieza a tener uso de razón a los siete años cuando el maestro lo mira por encima de la armadura de los anteojos y le dice: "El miércoles me trae sin falta, una composición sobre el libro" Al día siguiente empiezan los dolores de muela, la falsificación de la firma de papá y ese terror a la escuela que es el primer terror enorme que se experimenta en la vida. Treinta años después, cuando ya el hombre empieza a perder el uso de la razón a fuerza de no saber exactamente qué es el libro, después de haber pasado media vida rodeado de libros por todas partes, alguien le llama por teléfono un sábado y le dice: "Necesitamos para el lunes sin falta, una composición sobre el libro". Al día siguiente, como en la escuela, empiezan los malos sueños, la pérdida del apetito Y este terror al micrófono que es uno de los últimos terrores enormes que se experimentan en la vida. De manera que he venido dispuesto a confesar honorablemente que no sé qué es el libro. Acaso ello se deba a que toda la vida la he pasado demasiado cerca de ellos. He comprado libros, los he leídos, los he regalado, los he vendido, me los he robado y hace algún tiempo, para bien o para mal, he empezado a escribir1os. Tengo pues una cierta autoridad para no saber nada de ellos.

De todas mis relaciones con los libros, la más interesante sin duda y la más sincera es la de haberlos vendido. Hace unos cuantos años andaba por los polvorientos pueblecitos de la Costa Atlántica con un muestrario de libros de medicina, visitando médicos rurales para venderles libros. Como no tenía nada que leer en las noches sofocantes de los hoteles, me metía en la cama con un libro de técnica quirúrgica, yo que no había sido más que un mal estudiante de Derecho y a veces me sorprendían los gallos embebido en la descripción de la masacre científica de una cesárea. Aquella actividad no me enseñó mucho de los libros pero me enseñó un poco de la gente. Conocí hombres que compran libros para tenerlos, que es la forma más refinada de la avaricia, otros que sencillamente compran tres metros de libros azules que es la forma más costosa de la imbecilidad, otros que los compran para que los vean comprarlos que es la forma más tonta de la vanidad y otros, entre muchos otros, que los compran para leerlos.

Como; vendedor yo tenía dos discursos: uno para toda clase de compradores destinado a hacerlos comprar y otro para los que me parecía que tenían el propósito de tenerlos. A éstos últimos los veía tan serios, tan responsables, tan amigos íntimos que terminaba por decirles: "Doctor, quiero rogarle el favor de que no me compre éste libro". Creo que de esos años de vendedor ambulante nació en mí el propósito de escribir libros que es una manera de seguirlos vendiendo pero que es al mismo tiempo el modo más honrado de venderlos porque se pueden corregir, arreglar e inclusive romperlos y volver a hacerlos hasta cuando uno está bastante persuadido de que no engaña a nadie. Entonces como en la escuela uno no sabe todavía qué cosa es un libro, pero le tiene más respeto que nunca porque entonces sabe mejor que nadie que escribir un libro es una cosa difícil, acaso la cosa más difícil de hacer que se ha inventado.

Noviembre. 1959

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Memoria del MARCO

Durante años tuve un prejuicio grave contra los museos. Aun en los más refinados sentía la impresión de que no eran los lugares donde vivían las musas –según su credencial etimológica–Sino las tumbas de lujo donde estaban enterradas. Aun los más famosos del mundo me recordaban la triste verdad de que somos nosotros y no la vida los que nos vamos para siempre, y soñaba con un museo que no nos mostrara lo que fuimos sino lo que queremos ser. Una buena madre que, no para da compartir mis angustias se desahogó en el Louvre cuando su niño de cinco aftas, ante una naturaleza muerta, le preguntó si aquellas frutas se podían comer. La madre lo agarró del brazo y se lo llevó avergonzada.

–Niño tonto –le dijo–. El arte no se come.

Este prejuicio injusto se me esfumó como por arte de ensueños en el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey (MARCO), desde mi primera visita hace dos años. En un solo golpe de vista se me reveló como una fiesta de la vida por la inteligencia de su concepción y la belleza de su obra, y me infundió una sensación de optimismo y buena salud que me permitió entender al 'instante, y ojalá para siempre, que en realidad el arte no se come, pero alimenta.

29 de mayo de 2001

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(Sin título)

Los dinosaurios –según cálculos del historiador Hugh Thomas–- fueron dueños y señores del mundo durante ciento cincuenta millones de años, hasta sesenta y cinco millones de años antes de Cristo. La Tierra era entonces un planeta casi desierto entre cien mil millones de estrellas, y al ser-humano le faltaban todavía unos sesenta millones de años para existir. Con base en estos datos, el milenio que comienza dentro de siete años es en realidad el ciento cincuenta y dos mil de los dinosaurios y apenas el milenio ciento dos mil de los seres humanos.

Si alguna continuidad ha habido en la historia de la humanidad, es la paradoja de-su instinto de-supervivencia. Nuestros antepasados remotos se atrevieron a bajare los árboles cuando tuvieron una piedra afilada que les sirvió de hacha para cazar y defenderse, domesticar el fuego y matar para vivir. Cien milenios después esa hacha y ese fuego magnificados por la ciencia de la muerte mataron en Híroshíma sesenta mil personas en un minuto. A fin de cuentas, el instinto de conservación ha servido para que unos vivan a costa de la muerte de otros, y aun a costa de la destrucción del planeta

Dentro de estas proporciones, no es razonable pensar que podría cambiar algo entre este milenio que' termina y el que viene, Sin embargo, podría ser un pretexto para reflexionar sobre cómo invertir la paradoja del instinto de supervivencia y lograr que el género humano conquiste la paz y sea por fin feliz en un planeta restaurado, aunque sólo sea por un minuta de los cien o doscientos milenios que todavía nos faltan para inventar el amor.

Texto enviado a Consuelo Mendoza
24 de octubre de 1993

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(Sin título)

Hace muchos años siendo joven y bello en París, vi un japonés por la primera vez en mi vida. Me pareció un ser tan remoto e indescifrable, que le pregunté al amigo chileno que me acompañaba: ¿Qué diablos hará este hombre tan lejos de su casa?" "Lo mismo que nosotros", me contestó el amigo. "París está tan lejos de Tokio como de Buenos Aires".

Ese día aprendí que las distancias más largas y difíciles no son las geográficas sino las culturales. Y los cuarenta años que han transcurrido desde entonces no han hecho más que confirmarlo. Las distancias del mundo se han reducido tanto, que se puede viajar desde una ciudad y llegar a otra el día anterior y hay mensajes que casi pueden alcanzar su destino antes que el pensamiento. En cambio, pueden pasar todavía varios siglos sin que logremos entender y perdonar las razones del vecino que clava un clavo en la pared a las tres de la madrugada. Quiero decir que las distancias geográficas son del dominio de la técnica, mientras que las distancias culturales están en el corazón; y sólo se reducen con el amor.

Nunca supe quién era aquel japonés instantáneo que pasó como una aparición del otro mundo por el otoño de vientos efímeros de París. No sé si será alguno de los tantos talentos iluminados que hoy asombran el mundo o si se perdió sin nombre ni destino en las montoneras del olvido y de la muerte. Pero lo recuerdo ahora con una gratitud inmensa porque gracias a él estamos aquí, tratando de disminuir la fabulosa distancia mental que nos separaba en aquel tiempo.

Pues a eso hemos venido, amigos, Aunque sólo sea para que los japoneses y los latinoamericanos nos sintamos cada vez menos remotos y herméticos, cuando nos veamos pasar los unos a los otros• en cualquier parte, y la vida sea larga y feliz en un mundo de paz.

Sin fecha


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(Sin título)

Lo único realmente nuevo que podría intentarse para salvar la humanidad en el siglo XXI es que las mujeres asuman el manejo del mundo. No creo que un sexo sea superior o inferior al otro. Creo que son distintos con .distancias biológicas insalvables, pero la hegemonía masculina ha malbaratado una oportunidad de diez mil años.

Alguien dijo: 'Si los hombres pudieran embarazarse el aborto sería un sacramento". Ese aforismo genial revela toda una moral. Y es esa moral lo que tenemos que invertir. Sería, por primera vez en la historia, una mutación esencial del género humano, que haga prevalecer el sentido común –que los hombres hemos menospreciado y ridiculizado con el nombre de intuición femenina– sobre la razón –que es el comodín con que los hombres hemos legitimado nuestras ideologías, casi todas absurdas o abominables–.

La humanidad está condenada a desaparecer en el siglo XXI por la degradación del medio ambiente. El poder masculino ha demostrado que no podrá impedirlo, por su incapacidad para sobreponerse a sus intereses. Para la mujer, en cambio; la preservación del medio ambiente es una vocación genética. Es apenas un ejemplo. Pero aunque sólo fuera por eso; la inversión de poderes es de vida o muerte.

Enviado a la
Revista TIME

Sin fecha