16 de marzo de 2017

MEMORABILIA GGM 865



El Correo de Andalucia
Sevilla – España
28 de febrero de 2017

Literatura

Cincuenta años de Macondo
La novela ‘Cien años de soledad’, del Nobel García Márquez, emblema del boom latinoamericano y del realismo mágico, cumple medio siglo en perfecto estado de salud

Por Álvaro Romero

Afortunadamente, las profecías de los pergaminos de Melquíades erraron en lo principal, pues aunque fuera cierto que «las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra», Macondo no se convirtió en «un pavoroso remolino de polvo y escombros centrifugado por la cólera del huracán bíblico», tal y como recogía el final de la propia novela que catapultó al estrellato a su autor, sino que, por el contrario, precisamente a partir de aquellas palabras se fraguó su eternidad. Macondo podía haber sido cien años antes «una aldea de veinte casas de barro y cañabrava», al menos cuando Gabriel García Márquez decidió empezar por el principio y establecer la fundación de un pueblo en el que él no solo iba a basar toda su literatura a partir de aquel boom de los 60 del que él mismo era artífice fundamental, sino en el que estaba basado todo lo que había escrito desde que su pura condición de periodista de planta en El Espectador de Bogotá se le había ido dilatando por el realismo mágico de su propia vida cotidiana.

 
Macondo, uno de los nombres propios más importantes de la literatura universal y clave en la obra de García Márquez. / Foto: El Correo

A la altura de 1967, cuando la editorial Sudamericana de Buenos Aires (Argentina) se arroja a la aventura de publicarle al colombiano aquella novela en la que cabía todo el universo garciamarquiano –una tirada de solo 8.000 ejemplares–, Macondo ya se había consolidado en el imaginario de su ficción desde sus primeros escritos. Todo el argumento de La hojarasca (1955), su primera novela, ocurría en Macondo, el mismo pueblo sobre el que Isabel había hablado tanto sola mientras veía llover... Cerca de allí, un coronel como Aureliano Buendía –o como Gerineldo Márquez, su propio abuelo– había protagonizado la novela más perfecta para su autor a pesar de la aparente sencillez del desasosiego de un veterano de guerra en la espera interminable de su pensión, mientras lo mantenía un gallo de pelea. En Macondo o por sus alrededores, entre la ciénaga grande y Riohacha, es decir, entre la ficción y la realidad, habían sido alumbrados los relatos de Los funerales de la Mamá Grande (1962) e incluso, una década después, se confirman por allí los sucesos de La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada (1972), el largo cuento que Cien años de soledad había resumido antes en una sola página y que contaba la gira de pueblo en pueblo de una abuela que prostituía a su nieta para pagarle la casa incendiada por un descuido.

Pero Macondo no se funda, sobre el papel, hasta que José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán –los patriarcas de la saga de siete generaciones que cuenta Cien años de soledad– no se ven en la necesidad de huir, selva adentro, para poner tierra de por medio con un pueblo en el que la pareja había sido ridiculizada por no consolidar el matrimonio por miedo a engendrar crías con colita de cerdo. Es el primero de los Buendía el que sueña con el nombre, aunque el propio autor aclararía muchos años después –incluso en su autobiografía, Vivir para contarla (2002)– su fascinación por la palabra, tras un viaje que hizo con su madre a su pueblo natal, Aracataca: «El tren se detuvo en una estación que no tenía ciudad, y un rato más tarde pasó la única plantación de banano a lo largo de la ruta que tenía su nombre escrito en la puerta: Macondo. Esta palabra ha atraído mi atención desde los primeros viajes que había hecho con mi abuelo», dijo Gabo. La figura del tren la pinta él de amarillo para ficcionalizar una locomotora que «tantos cambios, calamidades y nostalgias había de llevar a Macondo», hasta cargar con más de tres mil muertos, que es el resultado mítico de la llamada matanza del banano, ocurrida el año que él mismo nació, y con la que concluye ese lastimoso capítulo del imperialismo yanqui en forma de compañía bananera que desangra la comarca de Macondo, pues Macondo es Aracataca, y Colombia, y toda Latinoamérica. La alegoría ya funcionaba.

Con un pueblo en sus manos, todo lo demás cabía en él: las historias familiares que había oído contar desde niño, hijo de un telegrafista como el Florentino Ariza de El amor en los tiempos del cólera (1985) y de la hija de un coronel como Aureliano Buendía, que termina conviviendo –en la ficción de una casa enorme como la de sus abuelos maternos– con Rebeca, la niña que comía tierra y que es un trasunto de su propia hermana Margot. Pero también la historia de todo un continente asolado por la desmemoria, que es como la peste del insomnio que afecta a todos los habitantes de Macondo; la insolidaridad que desemboca en la soledad de hasta los líderes, como el coronel Aureliano Buendía encerrado en su taller de incontables pescaditos de oro o su padre centenario, amarrado a la sombra de un castaño, o su madre con más de cien años olvidada por el interior de los armarios, o incluso el declive último de otros mandamases en la intimidad definitiva de sus perdiciones, como Gabo habría de literaturizar en El otoño del patriarca (1975) –su novela más compleja– o El general en su laberinto (1989), un relato maravilloso de los últimos días de Simón Bolívar por el río Magdalena para terminar muriendo solo y pobre tras haber sido el gran libertador de medio continente.

En el Macondo de Cien años de soledad también se desdibujan las diferencias entre liberales y conservadores, otra obsesión expuesta en toda la literatura de García Márquez, porque en el corazón de la historia de esa saga familiar no solo crepitan los levantamientos armados y las guerras civiles que pierde el coronel Aureliano Buendía, sino su propio casamiento con la hija menor de don Apolinar Moscote, el gobernador que planta un letrero gubernamental y una hamaca para lanzar decretos en un pueblo que se había construido sin gobierno, hasta que José Arcadio Buendía le para los pies y los ánimos. Macondo es, en fin, una alegoría de un mundo que nace y declina hasta que es sustituido por otro, algo así como el acierto cervantino con El Quijote. No en vano ambas novelas están hoy consideradas como las cimas de la literatura en castellano de todos los tiempos, como reconoció la propia Real Academia Española al lanzar en 2007 una edición popular conmemorativa de Cien años de soledad con motivo de su 40º aniversario.

Realismo mágico

El novelista cubano Alejo Carpentier había acuñado el término de «real maravilloso» para referirse a esa tendencia de la novela hispanoamericana, repentina en el siglo XX –porque hasta entonces los escritores del otro lado del Atlántico no habían escrito novelas, sino leyendas, crónicas o poemas más o menos míticos–, a mezclar lo cotidiano con lo milagroso, y luego fue la crítica más o menos académica la que patentó lo de «realismo mágico», pero García Márquez, a quien la narración le salía a borbotones con la misma magia que a sus abuelos y quien había interiorizado el mito bíblico y las estructuras novelescas de maestros occidentales como Faulkner, no tuvo más que ponerse a convertir en literatura propia lo que había oído de toda la vida, aprovechando además el relato mítico del pueblo y no la versión tan oficial como falsa de los poderosos. Por eso habría de sostener: «No hay en mis novelas una línea que no esté basada en la realidad». Tal vez la realidad notariada por el pueblo mismo, que no impide que la bella Remedios ascienda a los cielos como la Virgen María o que un hilo de sangre recorra todo el pueblo y llegue a la cocina para anunciarle a Úrsula que su hijo José Arcadio ha muerto, como el propio Santiago Nasar, que también cae derrumbado en la cocina de su propia madre con las vísceras en las manos al terminar aquella Crónica de una muerte anunciada (1981) que también había ocurrido, en efecto, en la realidad.

Y a pesar de todo, hoy da la sensación de que el realismo mágico es cosa del best seller García Márquez, como si no existiera con él una profusa generación de literatos de todo un continente que ha contribuido al mismo hallazgo conceptual, desde Miguel Ángel Asturias a Julio Cortázar, pasando por Ernesto Sábato, Carlos Fuentes, Jorge Luis Borges, Mario Vargas Llosa o el tal vez patriarca de toda la novela latinoamericana: Juan Rulfo, que con su solo libro Pedro Páramo (1955) no solo cambió el devenir de las letras hispanas para siempre sino que influyó en Gabo hasta el punto de que este confesó que cuando llevaba cien páginas de Cien años de soledad, su amigo Álvaro Mutis le regaló un ejemplar de Rulfo y entonces él tiró todo lo que llevaba escrito y empezó de nuevo. También aquellas páginas inservibles habría de leerlas, en privilegiado anticipo manuscrito, el crítico mexicano Enmanuel Carballo, que fue quien leía todas las páginas que Gabo le iba pasando antes de Cien años de soledad tuviera siquiera posibilidades de ser publicada en el otro extremo del continente. Carballo, que tenía la misma edad de Gabo, murió solo tres después que él, el 20 de abril de 2014, pero fue el primero que intuyó que la novela, y Macondo, iban a convertirse en un clásico universal. El propio autor tuvo que recapitular su importancia, después de recibir el Nobel de Literatura en 1982, al declarar: «Macondo no es tanto un lugar como un estado de ánimo».

Desde entonces, en muchas latitudes del mundo, Macondo es un territorio incluso más tangible que muchas realidades, como pasó con la Mancha de Alonso Quijano. En 2006, el alcalde de Aracataca realizó una consulta popular para cambiarle el nombre al pueblo natal de Gabo por Macondo, pero sus paisanos comprendieron que Macondo era mucho más que un pueblo y la cosa no salió. Mucho más cerca, en la ciudad de Cáceres, una reciente urbanización se llama Residencial Macondo, y sus calles se llaman como los personajes del libro: Remedios la Bella, Pilar Ternera o Padre Nicanor.

A Macondo lo impulsan hoy los centenares de millones de ejemplares vendidos de una novela traducida a 40 idiomas. Gestos como que Barack Obama le regalara a su hija un kindle con Cien años de soledad en digital por haber sido una de las novelas que más impactó al exmandatario estadounidense o que la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano –fundada por el propio Gabo– organizara a comienzos de este año una lectura colectiva de tres días, y en varios idiomas, en Cartagena de Indias no hacen sino confirmar que Macondo es ya más real que nunca.

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EL HERALDO
Barranquilla – Colombia
5 de marzo de 2017

Cuando Gabo fue llevado a la pantalla


Gabo sostiene la claqueta del filme dramático cubano ‘Cartas del parque’, estrenado en 1988.

Por Laura Pulido
@laupulido29

El niño al que su abuelo llevaba al cine de don Antonio Daconte, en Aracataca, Magdalena, creció para casarse también con el séptimo arte, al que contribuyó como guionista, director y escritor.

Dámaso había estado en la plaza con sus amigos. Absortos en su conversación sobre el campeonato de béisbol, entraron a cine sin habérselo propuesto. Allí, un joven de 38 años, cejas gruesas y verruga en el lado derecho de la cara, cobraba las entradas para una película de Cantinflas.

Era 1965 y Gabriel García Marquez ya no era el niño al que su abuelo alentaba para que expusiera ante su familia el filme que acababan de ver en el Olympia, el pequeño teatro de don Antonio Daconte, en Aracataca, Magdalena. Entonces, incursionaba como actor en la adaptación de su cuento En este pueblo no hay ladrones, que hace parte de la colección Los funerales de la mamá grande.

Los escritores Juan Rulfo y Carlos Monsiváis y el director de cine Luis Buñuel también aparecieron en la proyección del infierno que sufre un pequeño pueblo  por la misteriosa pérdida de unas bolas de billar, robadas por el personaje de ficción Dámaso.

La vida del hombre que afirmó: “Después de escribir, lo mío es el cine” llega por primera vez a la televisión en formato no documental, a cargo del cineasta colombiano Sergio Cabrera, el productor de contenidos Hugo León Ferrer y las productoras independientes Cristina Villar Rosa y Catalina Figueroa García-Herrero. El proyecto, que se prevé para mediados de abril, es el resultado de una investigación que ha reunido a estudiosos y amigos personales del Premio Nobel de Literatura.


Escena de la adaptación de 1999 de ‘El coronel no tiene quien le escriba’,
bajo la dirección de Arturo Ripstein.

Plinio Apuleyo es uno de ellos, al que en su libro El olor de la guayaba, el cataquero le dijo: “En mi caso, el cine ha sido una ventaja y una limitación. Me enseñó, sí, a ver en imágenes. Pero al mismo tiempo compruebo ahora que en todos mis libros anteriores a Cien años de soledad hay un inmoderado afán de visualización de los personajes y las escenas, y hasta una obsesión por indicar puntos de vista y encuadres”.

En 1954, dos años después de su paso por EL HERALDO, del que se despidió con su columna “La casa de los Buendía”, el exponente del realismo mágico ya había dado sus primeros pasos en la realización audivisual, con el cortometraje La langosta azul, un filme surrealista en el que también participaron en la dirección Álvaro Cepeda Samudio —que según relata en Vivir para contarla, le enseñaba de cine lo que había estudiado en Nueva York, en las peores cantinas— Enrique Grau Araújo y Luis Vicens.

Ese interés que había despertado en Gabo cuando veía el cine argentino de la época de Carlos Gardel y de Libertad Lamarque lo llevó, un año después, a estudiar la carrera de cine en el Centro Experimental de Cine de Roma (Cinecittà).

La imaginación de García Márquez viajó hasta el México de los 60, donde el escritor realizó la adaptación de la novela corta de Juan Rulfo El gallo de oro (1964), junto con Carlos Fuentes y Roberto Gavaldón, y el argumento en el que se basó la película de comedia y de crimen Tiempo de morir (1966).

Asimismo fue guionista de Juego peligroso (1966), Patsy, mi amor (1968), Presagio (1974), La viuda de Montiel (1979), María de mi corazón (1979), El año de la peste (1979) y Eréndira (1983).

En 1977, la productora R.T.I. transmite el aire denso de La mala hora, un dramatizado controvertido y censurado por su contenido, y dirigido por Bernardo Romero Pereiro.


La película ‘Eréndira’ (1983), adaptación de la novela ‘La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada’.

Llegan a la pantalla grande en 1988 Un señor muy viejo con unas alas enormes (basado en un cuento), Milagro en Roma, Fábula de la bella palomera y Cartas del parque, en los que el hijo del telegrafista en Aracataca participa como guionista. Un año antes, el director de cine  italiano Francesco Rosi llevó Crónica de una muerte anunciada a la gran pantalla bajo el nombre Cronaca di una morte annunciata (su traducción al italiano).

En octubre de 1990, Gabo coincidió con el cineasta Akira Kurosawa, quien mostró su interés de llevar a las salas de cine El otoño del patriarca, repensado en un Japón medieval. Sin embargo, el proyecto se canceló por no contar con fondos.

Ochos años después, en 1996, se estrena Edipo alcalde, el drama de un joven promotor de paz, que es nombrado alcalde de un pueblo sumido en la miseria y en la violencia. Dirigida por Jorge Alí Triana, su adaptación fue hecha por el escritor que se encontró con Woody Allen en una noche de julio de 1991, según relató en una ocasión su hermano Eligio García Márquez.

En 1999, se graba la que se considera una de las adaptaciones mejor logradas de las novelas de Gabo, El coronel no tiene quien lo escriba, bajo la dirección del mexicano Arturo Ripstein.

Sobre esta novela, dijo el también periodista García Márquez a Apuleyo: (...) “es una novela cuyo estilo parece el de un guion cinematográfico. Los movimientos de los personajes son como seguidos por una cámara. Y cuando vuelvo a leer el libro, veo la cámara. Hoy creo que las soluciones literarias son diferentes a las soluciones cinematográficas”.

Las adaptaciones más recientes son El amor en los tiempos del cólera, rodado en 2006 en Cartagena; Del amor y otros demonios, en 2010, y Memoria de mis putas tristes, estrenada en 2012.


La trama de ‘El amor en los tiempos del cólera’ llegó a la gran pantalla en 2006.

Gabo, quien afirmó en una ocasión que el cine y él eran como “un matrimonio mal llevado; no puedo vivir con él ni sin él”, escribió Cien años de soledad de tal forma que esta no se pudiera adaptar al formato del séptimo arte.

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Cuba Si.co
La Habana – Cuba
10 de marzo de 2017

El Gabo que le presentó Fidel a Chávez

Por Jorge Legañoa Alonso/ACN

El líder de la Revolución cubana, Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, tuvo deferencias especiales con su amigo Hugo Chávez.



Cuenta el mandatario venezolano que gracias a Fidel conoció al Premio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez y desde entonces la amistad de dos, se extendió.

Comandantes regala hoy las remembranzas del líder bolivariano sobre Gabo y Fidel y el amor compartido por la literatura.

Todos compartían un "mal": leer vorazmente y cargar en cada día de trabajo o viaje, decenas de libros.

El Gabo

Por Hugo Chávez Frías

Estuve esta madrugada hasta tarde con Gabriel García Márquez. Me ha regalado este libro, "Vivir para contarla", tremendo regalo. Aquí recoge toda una vida, desde su niñez. Dice que cuando era niño ya era contador de cuentos, inventaba cosas y se ganó la fama en su familia de ser adivino. Es el realismo mágico en su máxima expresión.

No hay nada como la lectura para meterse en el mundo de lo real y también de lo mágico, de lo maravilloso y sobre todo novelas como ésta, de un hombre que ya es leyenda, premio Nobel de Literatura y para orgullo nuestro, latinoamericano, colombiano y, además, gran bolivariano.

Qué gran novela, "El general en su laberinto". Él dice que su abuelo era coronel y de allí a lo mejor esa novela, "El coronel no tiene quien le escriba". "Por aquí anda Bolívar", le dijo un día el abuelo al niño García Márquez, cuando pegaba el retrato del Libertador. "Este es el hombre más grande que ha nacido en la historia".

Entonces el niño se quedó pensativo y le preguntó, recordando algo que le había dicho la abuela: "¿Simón Bolívar es más grande que Jesucristo?" El niño preguntón puso en dificultades al abuelo, que respondió: "Una cosa no tiene nada que ver con la otra".

Y el niño quedó con aquello de que esos dos hombres eran los más grandes de la historia.

Nunca olvidaré cuando le conocí en La Habana con Fidel, en enero de 1999. Él tenía que ir a Barranquilla y me dijo: "Bueno, deme la cola, pues, me voy mañana".

Estábamos allí un grupo y "El Gabo" quería conversar conmigo, hacerme algunas preguntas. Pero como siempre, Fidel no nos dio tiempo.

Creo que fue el mismo Fidel quien propuso: "Váyanse en el avión conversando". Y así lo hicimos, nos vinimos de La Habana a Caracas, unas tres horas conversando. Recuerdo que en algún momento quería tomarse algún licor y le dijimos: "No, en este avión no se bebe licor.

Entonces una exclamación muy espontánea, muy latina. "Yo me he montado en no sé cuántos aviones presidenciales y esto lo voy a escribir: "Primer avión presidencial donde no hay un whisky". Y lo escribió. "No, aquí lo que hay es jugo de guayaba". Nos tomamos como cinco jugos de guayaba entre La Habana y Caracas.

Desde aquí mi recuerdo, la admiración de este pueblo a Gabriel García Márquez, sus "Cien Años de Soledad", su Laberinto, su General y su Coronel, su Macondo y sus mariposas amarillas y ahora "Vivir para contarla", maravillosa novela, maravilloso ser humano el Gabo, que Dios lo cuide para siempre.

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Las 2 orillas
Bogota - Colombia
6 de marzo de 2017

Lista la serie sobre la vida
de Gabriel García Márquez

 

La primera serie de ficción sobre la vida del premio Nobel de literatura Gabriel García Márquez tendrá 3 temporadas, estaría escrita por Plinio Apuleyo Mendoza y la dirigiría Sergio Cabrera.

La serie está en proceso de diseño y la producción tendrá 3 temporadas, cada una de 13 capítulos de 45 minutos. En Colombia fue ofrecida a RTI quien dio un paso al costado debido a los altos costos de producción.

Estaría lista para finales del 2018. Netflix y HBO se pelean por producir el proyecto.

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EL UNIVERSAL
Cartagena de Indias
6 de marzo de 2017

El Gabo mágico que hoy
cumpliría noventa años

Por John Saldarriaga
COLPRENSA

F idel Castro contó en un artículo publicado en varias partes, como en Granma, que él era uno de los lectores de los manuscritos de Gabriel García Márquez. Una vez, leyendo los folios preliminares de Del amor y otros demonios, el Comandante encontró que “un hombre se paseaba en su caballo de once meses”, de modo que le sugirió al autor:

“Mira, Gabo, añádele dos o tres años más a ese caballo, porque uno de once meses es un potrico”.

Y sigue evocando el cubano que después, al leer la novela impresa, halló a “Abrenuncio Sa Pereira Cao, a quien Gabo reconoce como el médico más notable y controvertido de la ciudad de Cartagena de Indias, en los tiempos de la narración (...)”. Allí, “el hombre llora sentado en una piedra del camino junto a su caballo que en octubre cumple cien años y en una bajada se le reventó el corazón”.

Hoy, cuando el escritor cataquero cumpliría 90 años, este comentario del líder de la Revolución Cubana lo muestra en su dimensión de narrador del Realismo Mágico.


Este movimiento, surgido en América a mediados del siglo pasado y que cultivaron varios escritores del llamado Boom de la literatura latinoamericana, se caracterizó por incluir elementos fantásticos en los relatos, para enfatizar en lo extraordinario que hay en la realidad.


GGM

Y ese detalle señalado en esa novela, el caballo de cien años, revela que, en algunos casos, esos elementos fantásticos, si bien son ficticios, por supuesto, nacen, más bien de la exageración de la verdad. De la hipérbole.

Partiendo de la verdad, los excéntricos torneos de comedores que se dan en muchas partes, en Cien años de soledad hay un episodio fabuloso.

Aureliano Segundo fue el comedor invicto, hasta el sábado de infortunio en que apareció Camila Sagastume, una hembra totémica conocida en el país entero con el buen nombre de La Elefanta. El duelo se prolongó hasta el amanecer del martes. En las primeras horas, habiendo despachado una ternera con yuca, ñame y plátanos asados, y además una caja y media de champaña, Aureliano Segundo tenía la seguridad de la victoria.
Pero no. Imagínense: ella comió más.

La tercera resignación

«Había sentido ese ruido “las otras veces”, con la misma insistencia. Lo había sentido, por ejemplo, el día en que murió por primera vez. Cuando —ante la vista de un cadáver— se dio cuenta de que era su propio cadáver. Lo miró y se palpó. Se sintió intangible, inespacial, inexistente».

Estas son algunas líneas de La tercera resignación, el primer cuento que publicó, en el semanario Página Octava de El Espectador, en octubre de 1947. Después fue incluido en el volumen Ojos de perro azul.

En ese relato, el personaje narrador está muerto. Pero sigue creciendo. Parece darse cuenta de algunas cosas que pasan; ser consciente.

Sobre el origen de este cuento, Jaime García Márquez, hermano de Gabo, cuenta que él y las circunstancias que rodearon su nacimiento, lo motivaron: “nací sietemesino en una época que no había incubadora. El médico llegó a decir que estaba muerto, aunque tuviera algunas actividades vitales. Mi mamá tomó una caja de cartón, tal vez de zapatos, grande para que pudiera seguir creciendo. La llenó de algodón de ceibo y me metió en ella. Así fabricó una incubadora artesanal. Después, para que no muriera moro, o sea, sin bautizar, encargó a Gabito que fuera mi padrino. Para colmo, yo no sabía mamar. Ella debía ordeñarse, verter la leche en un pocillo y dármela con un algodoncito o con un gotero. Esto le inspiró a él La tercera resignación”.

Esos tres ejemplos anteriores, el del caballo, el de La Elefanta y el del niño muerto vivo, pueden ser exageraciones. Sin embargo, no siempre los elementos fantásticos de sus relatos llegan por el aprovechamiento de esa figura literaria, la hipérbole.

Otros pueden llegar como una metáfora, esa figura de pensamiento que permite expresar un concepto con otra cosa. Símbolos de algo. Como cuando, en Cien años de soledad, Remedios, la bella, subió al cielo en cuerpo y alma.

Amaranta sintió un temblor misterioso en los encajes de sus pollerines y trató de agarrarse de la sábana para no caer, en el instante en que Remedios, la bella, empezaba a elevarse. Úrsula, ya casi ciega, fue la única que tuvo serenidad para identificar la naturaleza de aquel viento irreparable, y dejó las sábanas a merced de la luz, viendo a Remedios, la bella, que le decía adiós con la mano, entre el deslumbrante aleteo de las sábanas que subían con ella, que abandonaban con ella el aire de los escarabajos y las dalias, y pasaban con ella a través del aire donde terminaban las cuatro de la tarde, y se perdieron con ella para siempre en los altos aires donde no podían alcanzarla ni los más altos pájaros de la memoria.

Esa novela está plagada de situaciones mágicas. Nadie olvidaría la escena de los dieciséis hijos del coronel Aureliano Buendía al llegar a febrero, todavía con la cruz de ceniza del año anterior.

Y mucho menos, el epígrafe cuyas claves reveló, no sin esfuerzo, el gitano Melquiades y que parece contener la suerte de los Buendía: “El primero de la estirpe está amarrado en un árbol y al último se lo están comiendo las hormigas”.

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EL PAIS
Cali – Colombia
6 de marzo de 2017

Literatura

Nueve mujeres inolvidables
del universo de Gabo
Gabriel García Márquez, mejor conocido en el mundo de las letras como 'Gabo', festeja su nuevo año de vida desde México. El autor de 'Cien años de soledad' es una insignia para el mundo literario. Elpaís.com.co le rinde un homenaje.

Por: Elpais.com.co

Con motivo de los 90 años que cumpliría el escritor Gabriel García Márquez, destacamos a nueve de los personajes femeninos de su universo literario.

1. Úrsula Iguarán

Está en casi todo Cien Años de Soledad: funda Macondo al lado de su marido José Arcadio y es enterrada por la sexta generación de Buendías. Partió del mundo de los vivos un Jueves Santo. Antes soportó las locuras de su esposo José Arcadio y de sus hijos. “Activa, menuda, severa, aquella mujer de nervios inquebrantables, a quien en ningún momento de su vida se la oyó cantar, parecía estar en todas partes desde el amanecer hasta muy entrada la noche”.

2. Cándida Eréndira

Eréndira era lánguida y de huesos tiernos y demasiado mansa para sus 14 años. Era la sobreviviente junto a la abuela de una familia de contrabandistas. El día en que empezó su desgracia la abuela vio que Eréndira se volvió a dormir caminando. La forma de sobrevivir que encontró su abuela desalmada en medio de las penurias del desierto fue venderla a los hombres. Eréndira nunca conoció el amor.

3. Sierva María

Se parecía más al padre que a la madre. Con el cuerpo escuálido, la piel lívida, los ojos de un azul taciturno, la cabellera extremadamente larga de color cobre radiante, con gracia para andar, bailar y cantar la música de los esclavos. En el aspecto físico poseía una timidez irredimible.
Y había adquirido otros rasgos que aprendió de los esclavos: era mentirosa y se desplazaba de forma tan sigilosa que parecía invisible y a veces no la sentían cuando entraba en un lugar.
Nunca cortaron su cabello esperando su matrimonio y así murió.

4. Ángela Vicario

Mujer de Bayardo San Román en ‘Crónica de una muerte anunciada’ fue devuelta en su noche de bodas al no ser virgen, de lo cual culpa a Santiago Nasar.
“Tenía un aire desamparado y una pobreza de espíritu que le auguraban un porvenir incierto”, escribió Gabo. Veinte años después de “era tan madura e ingeniosa, que costaba trabajo creer que fuera la misma.
Al cabo de pocos minutos ya no me pareció tan envejecida como a primera vista, sino casi tan joven como en el recuerdo, y no tenía nada en común con la que habían obligado a casarse”.

5. Amaranta

Hija de José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán en ‘Cien años de soledad’. Aunque pelea con Rebeca por el amor de Pietro Crespi, cuando Rebeca y José Arcadio se casan, ella rechaza a cualquier hombre que se le acerque, incluso al mismo Pietro, quien se suicida por su causa.
Aunque pareciera una mujer de fuerte carácter, en realidad tiene miedo de enfrentar su propio corazón. Ella ve en sus sobrinos a esos hijos que nunca tuvo. Por esta razón se preocupa por ellos. Pero también los mira con ojos de mujer.

6. Nena Daconte

La protagonista de ‘El rastro de tu sangre en la nieve’, escrito originalmente en 1978, es el duodécimo del compendio de doce cuentos escritos y redactados por García Márquez a lo largo de dieciocho años, que conforman el libro ‘Doce cuentos peregrinos’.
Es un personaje que vive en los años 60. Es una chica fuerte, que habla tres idiomas y que en realidad es quien manda en la relación. Curiosamente, esa pareciera a la vez su única debilidad, pues después de casada, al pincharse con una rosa, muere desangrada.

7. Remedios La Bella

De ‘Cien años de soledad’ se dice que tiene poderes de muerte ya que cuatro hombres mueren en el intentoo de hacerla suya. García Márquez la describe como un “ser que no es de este mundo”. Remedios es una mujer bellísima y extraña, elemental y pura, que vive como ajena a la vida ordinaria. Aunque algunos hombres ligeros de palabra se complacían en decir que bien valía sacrificar la vida por una noche de amor con tan conturbadora mujer, la verdad fue que ninguno hizo esfuerzos por conseguirlo.

8. Delgadina

Es la niña de los ojos del personaje principal de ‘Memorias de mis putas tristes’. Muy callada, responsable con su familia, después de recibir una recompensa al perder la virginidad. Trabaja pegando botones en una fábrica. “El año de mis noventa años quise regalarme una noche de amor con una adolescente virgen... Esa noche descubrí el placer inverosímil de contemplar el cuerpo de una mujer dormida sin las urgencias del deseo o los obstáculos del pudor”, escribió García Márquez.

9. Fermina Daza

Hizo padecer al buen Florentino Ariza en ‘El amor en tiempos del cólera’, con quien prometió casarse tras cruzar unas pocas palabras y a quien dejó cuando se dio cuenta que su amor era solo una fantasía.
A comparación con el idealismo poético de Florentino y la ingenuidad del doctor Urbino, Fermina tiene un entendimiento más sofisticado y pragmático del amor.
El amor de Fermina no encaja con el patrón de los romances de cuento. Para el caso, tampoco el de ninguna otra persona, pero ella es la única que está dispuesta a admitirlo. La actriz italiana Giovanna Mezzogiorno la interpretó en la película del director Mike Newell en 2007.

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Universo Abierto
Blog de la biblioteca de Traducción y Documentación de la Universidad de Salamanca
Salamanca – España
Marzo de 2017

La Fundación Gabriel García Márquez
regala un libro en el
90 cumpleaños del autor
Yo no tengo nada que enseñar, pero tomé conciencia de que no quería llevarme conmigo la experiencia de casi toda una vida. Pensé que la única manera de contarla era al estilo de los antiguos maestros del Renacimiento, de persona en persona. Pero como esto era una exageración, decidí reunirlos de diez en diez.

Gabriel García Márquez, 1995.

 La portada del libro virtual.



En el día en que Gabriel García Márquez cumpliría 90 años de vida, la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano –FNPI- regala a todos sus seguidores la versión digital del libro Y pensar que todo estaba en nuestra imaginación: dos décadas de la FNPI.

Un regalo para que leas y celebres los 90 años de Gabo. 6 de marzo de 2017. Actividades de la FNPI, Comunidad FNPI.
 
Y pensar que todo estaba en nuestra imaginación

Descargar aquí



24 de febrero de 2017

MEMORABILIA GGM 864



EL TIEMPO
Bogotá – Colombia
16 de febrero de 2017

Noticia

Gabriel García Márquez
se queda en La Habana, Cuba
Una escultura rememora la primera vez que el colombiano
visitó los jardines del Liceo Artístico.

Por: Milagros López De Guereño  
Corresponsal de EL TIEMPO


Inauguración de la escultura de Gabriel García Márquez, 'Gabo', en La Habana Vieja.
Foto: Eliana Aponte

El escritor colombiano Gabriel García Márquez volvió desde este jueves a Cuba para quedarse. Lo hace en forma de escultura de bronce de tamaño natural, bajando una escalera en los jardines del Liceo Artístico y Literario de La Habana, cuya sede es el Palacio del Marqués de Arcos, situado el corazón de La Habana Vieja.

La figura del nobel de literatura es obra del artista cubano José Villa Soberón, gemela de otra del mismo creador, exhibida en el Museo del Caribe en Barranquilla, el pasado 15 de diciembre.
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La imagen de García Márquez, con dos libros bajo un brazo y una rosa en la otra mano, la descubrieron en un sencillo acto el historiador de la ciudad Dr. Eusebio Leal y el embajador de Colombia en Cuba, Gustavo Bell.

Leal indicó que el monumento se llama ‘Retrato en el jardín’, pues recuerda la primera vez que el escritor llegó al jardín, entonces “en ruinas”, y su primer encuentro con “Rosa la Yerbera”, quien le explicó “la importancia de las hierbas medicinales y cómo ella descendía, según decía, de indígenas, de africanos y de españoles; le contó los misterios y sortilegios que surgían de las extrañas plantas, de los conocimientos y las flores”.

El historiador, quien con su dedicación a la rehabilitación de la capital logró que esa zona fuera designada como Patrimonio de la Humanidad, agregó que en uno de los últimos paseos del nobel García Márquez, “cuando ya él no tenía mucha conciencia del lugar donde se encontraba y llegamos a este sitio que estaba en reconstrucción, pronunció una sola palabra: ‘Rosa’ ”.

El embajador agradeció especialmente a Leal “por haber acogido con mucho entusiasmo la idea de inmortalizar aquí, en pleno corazón del centro histórico de La Habana, al más ilustre de los hijos del telegrafista de Aracataca”.

Así, Gabo se queda en la ciudad caribeña que tantas veces visitó y donde tuvo tantas charlas hasta el amanecer con su amigo, el también fallecido líder cubano Fidel Castro.

Bell expresó que con la escultura, el gobierno de Juan Manuel Santos quiere “materializar la inmensa gratitud” hacia el pueblo y el Gobierno de Cuba por “toda la solidaridad” sentida “hacia nuestros problemas” y por “el especial acompañamiento en la búsqueda, finalmente culminada, de un acuerdo que le pusiera fin a nuestro conflicto armado”.

El acto, convocado por la embajada colombiana, la Oficina del Historiador y la Casa de las Américas, coincide con el homenaje de la Feria Internacional del Libro de La Habana por los 90 años del nacimiento de García Márquez y los 50 de la publicación de su obra 'Cien años de soledad'.

A la inauguración, en el Palacio del Marqués de Arcos, asistieron diplomáticos e intelectuales, además del escultor y poeta cartagenero Rómulo Bustos, quien ofreció dos recitales de poesía.

El artista cubano José Villa Soberón es un maestro de esculturas, casi vivientes, como la de John Lennon –sentado en un banco de un parque capitalino– o la de Ernest Hemingway, acomodado en la esquina de la barra de El Floridita, donde el escritor estadounidense se tomaba cada día un daiquirí.





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GRANMA
La Habana – Cuba
160de febrero de 2017

Noticia

Mariposas amarillas
para el Gabo
En la sala Che Guevara de la Casa de las Américas,
se realizó este jueves un panel en homenaje a
 Gabriel García Márquez

Por: Madeleine Sautié
madeleine@granma.cu

La sala Che Guevara de la Casa de las Américas, subsede de la Feria, se llenó en la tarde de ayer de mariposas amarillas. Agitando sus alas de papel al ritmo de las emociones, se las colocó en las ropas como ofrenda de los anfitriones a un público que se llegó hasta allí para escuchar un panel en homenaje a Gabriel García Márquez, a razón del aniversario 90 de su natalicio, el 50 de la publicación de Cien años de soledad y los casi 35 de la concesión del Nobel de Literatura a este latinoamericano de talla universal.

Moderada por Jorge Fornet, director del Centro de Investigaciones Literarias de la Casa de las Américas –quien adelantó otros honores que se le concederán al descollante autor, entre ellos un –dossier en la revista Casa–, la mesa estuvo integrada por Gustavo Bell, embajador de Colombia en Cuba; José Calafell, consejero delegado para Latam, del Grupo Planeta (México), y el escritor Leonardo Padura, para con ella concretar el homenaje al Gabo, organizado por el Grupo Editorial mexicano y la Casa.

Para Bell la literatura creada por García Márquez fue un modo de conocer la propia historia de su país. Contó que siendo estudiante de preuniversitario le fue orientado leer Cien años de soledad para compararla con la Ilíada, de Homero, momento en que no pudo aún apreciar el alcance de una obra como esa, considerada por mayorías la más grande creación del Nobel colombiano.

Las reflexiones llegan después, con los años, dijo, y agregó que con esas lecturas uno se abre al Caribe, a la Colombia multiétnica y pluricultural, pues Gabo le dio voz a las voces que se había pretendido silenciar. Su irrupción en los 60 –explicó– significó un movimiento telúrico con toda esa vitalidad de su literatura, que adquiere un valor social, de modo que esa nueva visión significó para los colombianos un replanteamiento de su propia historia.

Bell recordó que Gabo recogió en ese vallenato de 300 páginas que es Cien años de soledad, lo que le contaban sus abuelos, las leyendas de sus antepasados e hizo partícipe a los presentes de que horas antes se había develado en La Habana, frente a la Casa de la Poesía, una estatua del más grande de los colombianos, «para que siempre esté en La Habana».

Calafell, directivo del Grupo Editorial Planeta –sello con que se publica en México la obra de García Márquez– explicó su presencia en La Habana, además de para el homenaje, con motivo de que por primera vez el Grupo tiene un stand propio en la Feria del Libro y animó el panel con simpáticas anécdotas compartidas con el Gabo.

Mientras la mayoría llega a su literatura por medio de Cien años de soledad y El amor en los tiempos del cólera –dijo Calafell–, él lo hizo con El ahogado más hermoso del mundo, lo que significó para él un flashazo al ver los ­soberbios contrastes entre la literatura del siglo xix que conocía y el paisaje mítico de esa playa, con ese final tan abierto.

Calafell tuvo la posibilidad de conocer al Gabo y a Mercedes. Una tía suya se lo presentó a los 25 años. Le dijo en tono jaranero que lo mejor que se había escrito en español eran los boleros. Contó cómo le gustaba curiosear, provocar... y recordó que le obsequió autografiado un ejemplar del que consideraba su libro favorito: El otoño del patriarca.

Por su parte Padura, entre otras valoraciones, expresó que ese primer párrafo de Cien años de soledad es el fragmento que más personas, dejando afuera los poemas, se saben de memoria. Explicó que en él no solo está la belleza, sino que ahí está haciendo la estructura de la novela que iba a escribir, un ejercicio complejísimo de una novela circular, que se coge la cola. «Gabo no tiene seguidores, tiene epígonos», subrayó.


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CAPITAL
Santiago de Chile
1° de febrero de 2017

El hombre que escribió entrevistas y prólogos para Gabo (N del E.)
Cultura

Germán Marín, un nuevo clásico
El autor de La ola muerta, a sus 82 años,
no baja el ritmo de publicaciones:
espera lanzar tres libros en los próximos meses.

Por Vivian Berdichesky

 
Germán Marín - Foto: Verónica Ortiz

Germán Marín uno de los más importan es escritores chilenos con contemporáneos candidato firme al Premio Nacional (si no lo ganara sería una penosa omisión) suele escribir en las mañanas en un café que se ubica dentro de la Municipalidad de Providencia. Allí observó con sorpresa la algarabía de los funcionarios que al parecer, celebraban el triunfo de Evelyn Matthei, al día siguiente de la última elección municipal. En ese mismo lugar nos reunimos para la entrevista

El autor de Historia de una absolución familiar –una obra maestra, según la crítica– tiene 82 años es padre de dos hijos y orgulloso abuelo de cuatro nietas. Lamenta no tener la misma energía desde que sufrió a comienzos del 2015 una grave bronconeumonía. Afirma que se cuida pero su voz ronca delata a años de complicidad con el cigarrillo.

A pesar del cansancio está lleno de planes literarios. En mayo lanzará una novela titulada Tal vez sí, tal vez no escrita en 1996 que tuvo guardada y olvidada y que hace poco descubrió entre sus papeles. La leyó le pareció interesante e incluso divertida.

Para el segundo semestre espera reeditar su primer libro Fuegos artificiales novela publicada poco antes del golpe militar. Fue censurada, secuestradas las ediciones de librerías y su autor obligado a partir al exilio. Además para los primeros meses del año 2018 publicará una nueva novela Póstumo y sospecha que trata de un agente de la CNI que se gana la vida jugando pool en los billares de Santiago.

Germán Marín estuvo al frente de Quimantú editorial que Salvador Allende transformó en un eje para el fomento a la lectura durante su gobierno, y junto a su amigo y poeta Enrique Lihn fundaron la revista Cormorán. Tras el golpe vivió dos años y medio en México y 17 en Barcelona, para regresar finalmente al país en 1996. Según cuenta se encontró con un Chile tal como lo imaginaba: empobrecido, y a sus amigos, desgastados, refiriéndose a Lihn y Jorge Teillier.

Su vida es tan interesante como sus libros: conoció a Borges, Augusto Pinochet, el padre Hurtado, Gabriel García Márquez, entre otros. A este último lo trató en México gracias a Hortensia Bussi, viuda de Allende. Ella lo contactó a sabiendas de que Gabo necesitaba una persona que se encargara de responder por él algunas entrevistas escritas, entre otras labores. Una especie de escritor fantasma. "Me resultó fácil trabajar con él. Recuerdo que en Ciudad de México, en el Museo de la Solidaridad Salvador Allende, se hizo una tremenda exposición internacional y se publicó un catálogo prologado por Gabo. El prólogo, en realidad, lo escribí yo. Me fui a España y cuando volví al año siguiente a México, me encontré con el libro. Prácticamente había una sola palabra que el Gabo me había cambiado. O sea, me resultaba totalmente factible copiar su estilo".

¿Alguna vez le pidió que le leyera un manuscrito?
Cuando salió El Otoño del patriarca (1975) lo leí y Gabo me preguntó: "¿qué te pareció el libro?". Le respondí: "Te digo una cosa, la última parte no me gusto". Y me responde: "A mí tampoco". Era un hombre muy amable, ésa es la verdad. Y cuando me fui a Barcelona me hizo varios contactos, y entre ellos conocí a Carmen Balcells, que era su agente literario. Actuó bien la Balcells conmigo allá.

Años antes tuvo cercanía con Jorge Luis Borges, una personalidad muy distinta a Gabo.
Totalmente.

[…]


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UNION DE ESCRITORES
Y ARTISTAS DE CUBA
La Habana – Cuba
17 de Febrero de 2017

Noticias

26 Feria Internacional del Libro de La Habana

Cien años de soledad
para Gabriel García Márquez

Por Rubén Ricardo Infante

 
La escultura se encuentra en el jardín del Palacio del Marqués de Arcos en el Centro Histórico capitalino. Fotos: Roberto Bello

Muchos lectores llegamos al universo que es la literatura de Gabriel García Márquez mediante las páginas de Cien años de soledad. Después, solo después, conocimos de las facetas como periodista, cuentista o cronista que también desempeñaba. Y después, muchos años después lo conocimos como guionista, profesor y fundador de espacios como la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano y la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños.

Pero para la mayoría de nosotros, fue la novela de los Buendía, la que abriría las puertas para penetrar esta gran galería que es la narrativa de García Márquez. Como parte de la celebración por los cincuenta años de esta obra cumbre, los 90 del nacimiento del hijo de Aracataca y también los 35 años de haber recibido el Premio Nobel de Literatura, la Casa de las Américas concibió un panel donde se rindió homenaje a este grande de las letras para el continente latinoamericano y universal.

Cada uno de los invitados expuso sus criterios acerca de la trascendencia de la obra, sus valores literarios y también hicieron gala de la cercanía personal que disfrutaron con el autor de Crónica de una muerte anunciada y El amor en los tiempos del cólera.

Para Gustavo Bell, embajador de Colombia en Cuba, lo fundamental de la novela es la manera en que inserta los fragmentos de la vida pueblerina en la narración. Es un reflejo bajo el cual se puede mirar la región. Nací muy cerca de allí y conozco la realidad que aborda el libro, aseguró el diplomático e investigador. Al propio autor, le gustaba decir que su imaginación consistía en haber narrado las historias que le contaban en el pueblo. Que su talento radicaba, únicamente, en haber trazado esas coordenadas familiares desde las cuales podemos captar las esencias del ser latinoamericano. “Es un vallenato de 300 páginas” era una frase que repetía Gabriel y que define lo colombiano presente en la novela.

También Bell, hizo mención a la manera en que llegó a la literatura del Premio Nobel 1982: a través de un trabajo de clases en el bachillerato, donde me exigían realizar una lectura comparada entre la obra La Iliada y Cien años de soledad. La presión de tiempo y la manera contraproducente en que leí ambas, limitaron la visión que después logré obtener de cada una de ellas.

José Calafell, director del Grupo Editorial Planeta, partió de la irrupción en su vida de la obra de García Márquez. También había sido en el periodo como estudiante universitario, donde un profesor le recomendó el libro de cuentos La triste e increíble historia de la cándida Eréndida y su abuela desalmada, pero especialmente el cuento “El ahogado más hermoso del mundo”.

Algunos años después de manera casual lo conoció en México, formaba parte de los integrantes del Grupo Planeta, y una amiga dueña de un bar, lo obligó a que viniera esa noche para que conociera a alguien muy especial. Al llegar, se lo sentó a la mesa y los conminó a que platicaran un rato. Por suerte, la música que dejaba escapar un piano, ofrecía breves intermedios para entablar un diálogo.

Años después García Márquez volvería a ser de los autores de Planeta y los encuentros entre el joven y el novelista se repetirían. Este espacio en el marco de la Feria Internacional del Libro, forma parte de las acciones de promoción de la casa editorial para el público lector cubano, que arriba también con un stand en la sede principal del evento: la Fortaleza de la Cabaña.

El narrador Leonardo Padura, cerró esta mesa de diálogo con una anécdota de su relación con García Márquez y después regaló un texto que es característico de su estilo: sencillo, coloquial, diáfano. “Cercanías y lejanías con García Márquez” es el título de esta evocación que lo ubica en sus fuentes primarias, que transitan de William Faulkner a Juan Rulfo y se establecen en la descripción de una realidad cargada de magia.

Valores que lo sitúan en el inicio y final de un camino. Una sombra tan difícil de apresar que sus seguidores terminan convertidos en epígonos. Y es que, su obra, plagada de adjetivos precisos, de sustantivos colocados por la destreza periodística nos remite a una concepción del ser latinoamericano.

Padura considera que esas primeras líneas de Cien años… son la clave para la historia que contará la novela. La utilización del verbo “habría de recordar” ofrece la perspectiva de obra circular, de serpiente que se muerde la cola. Pues las estirpes condenadas a cien años de soledad no tendrán otra oportunidad sobre la faz de la tierra. Por suerte, los lectores si tenemos la posibilidad de volver sobre estas páginas y repetir, si alguien nos preguntará: “Muchos años después frente al pelotón de fusilamiento Aureliano Buendía habría de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de una docena de casas de barro y cañabrava, situadas alrededor de un río de aguas diáfanas que se precipitaban sobre piedras blancas que parecían huevos prehistóricos”. Por este pelotón de lectores, García Márquez está condenado a vivir otros cien años de soledad, para que nos siga escribiendo los libros que necesitamos para definirnos como seres de este continente.

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Clarin.com
Buenos Aires – Argentina
18 de febrero de 2017

El día que Gabo pensó en
Shakira para defender su legado
La imaginó al frente de la fundación que creó en 1995 para cuidar la esencia del periodismo. El escritor confesó su idea a un entrañable amigo argentino. El Nobel y la estrella pop se adoraban.

Por Pablo Calvo
pcalvo@clarin.com

Shakira y Gabo juntos. (Instagram)

Ya frente al pelotón de banqueros, tecnócratas y millonarios pendientes de sus fortunas, ella les antepuso la palabra. Shakira les habló de la educación como la única inversión urgente. “Provoca milagros”, les dijo en la cara, en el Foro de Davos, como revelando el secreto de una pócima infalible. Fue el mes pasado, cuando ella solita, sin necesidad de mover caderas ante los poderosos, sino mirándolos a los ojos, les advirtió que hay 250 millones de niños de menos de cinco años que están en riesgo por no poder desarrollarse “física ni intelectualmente”. Y que eso “es una tragedia para esos niños y un fracaso épico para nosotros”. El coraje y la personalidad arrolladora de esa mujer era lo que fascinaba a Gabriel García Márquez, su amigo y confidente.

Gabo y Shakira se querían como padre e hija, se admiraban, se aconsejaban, se llamaban por teléfono en momentos de soledad. Cuando se veían, él le decía: “Soy tu eterno oyente”. Y ella le contestaba: “Y yo, tu eterna lectora”.

Pero, mientras se prometían eternidad, el premio Nobel de Literatura sintió una ráfaga de incertidumbre, la preocupación de no saber qué pasaría con la fundación de periodistas que había creado en 1995 para cuidar los valores del oficio y la calidad de la escritura cuando él no estuviera. ¿Quién conseguiría fondos para mantener los talleres con maestros de la profesión, los festivales de la palabra, los premios que incentivan los mejores reportajes de América Latina?

Sólo había una persona que sabía lo que García Márquez estaba pensando en ese momento, porque lo había escuchado de su boca, en una terraza con vista a las cúpulas de Cartagena, durante una noche de estrellas y ron. Era una idea tan audaz como imposible, aunque lo imposible no existía en el fantasioso horizonte del escritor.

Genealogía de una amistad. El periodismo y los dos protagonistas de esta historia se unen por varios puentes, pero hay uno muy poco conocido, esencial: La mejor amiga de Gabo era tía abuela de Shakira. Olga Champs firmaba sus libros de poesías como Meira Delmar. Y fue un símbolo de las letras que se convierten en caricias del alma.

Profesora de literatura e historia, integrante del Grupo de Barranquilla, Meira fue elevada a las altas cumbres de la literatura colombiana.

Y por allí andaba Gabo, que también paseaba por las calles junto a su compañero de colegio Ricardo González Ripoll, dos veces alcalde de la ciudad y pariente directo de la mamá de Shakira. García Márquez disfrutaba de Barranquilla como gran metrópolis del Caribe y de Cartagena por su personalidad colonial, sus balcones de madera, su muralla histórica y la suave brisa del mar. Las dos ciudades lo inspiraban.

El bichito del periodismo también le había picado al papá de Shakira, William Mebarak, joyero de día, escritor fantasma en los ratos libres. Firmaba artículos bajo el seudónimo de “Karabem”, su apellido al revés, y los mandaba al diario El Heraldo para que se publicaran los sábados, según confió Juan Gossain, entonces jefe de redacción.

Los destinos se cruzaban. Gabo y Meira Delmar hablaban de libros y prosas bellas hasta que salía el sol. Y Shakira siempre aparecía en la conversación.

Testigo de esas tertulias fue Jaime Abello Banfi, el leal compañero de Gabo en la aventura de crear la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano.

El amor por las letras acompañó la amistad de Gabo con la tía de Shakira hasta el fin de sus días. Y que cuando Meira perdió la vista, el Nobel contrató al poeta Diego Marín, pródigo de la pronunciación, para que le leyera en voz alta su libro Vivir para contarla.

Cuando Meira se apagó, en 2009, Shakira la lloró con palabras. Por las redes sociales, expresó: “Solo del alma de una mujer como Olga Chams pudieron haber brotado versos tan delicados y memorables. Ella fue la hija más sensible de Barranquilla, la más grande poetisa colombiana de todos los tiempos”. ¿Quién la consoló? El más grande escritor colombiano de todos los tiempos.

“Shakira presidenta.” Fue en Cartagena donde Gabo tuvo la premonición. “Es ella la indicada. Cuando yo no esté, Shakira puede ayudar a la Fundación Nuevo Periodismo, ponerse al frente, conseguir apoyos firmes para que esto siga”, le confió el Nobel a su amigo Tomás Eloy Martínez, escritor tucumano y universal.

TEM recordaba ese momento palabra por palabra, con la entonación de cada frase, y la mirada de Gabo que sostenía su afirmación. Shakira dedicada a cuidar el legado garciamarquiano. La imaginación al poder.

Casualidad o no del destino, el último trabajo periodístico de García Márquez fue la semblanza de la cantante, cuando tneía 22 años. Shakira por Gabo, tituló en portada el suplemento Hombre de la revista Cambio, en junio de 1999. Meses antes, Gabo había publicado El enigma de los dos Chávez, un artículo sobre el amado y odiado líder venezolano.

Ella por él. “En diversas ocasiones ha tenido taquicardias, inflamación del colon, o alergias de la piel”, fue una de las oraciones de Gabo que describieron el vértigo de esa muchacha capaz de dar cuarenta conciertos en la Argentina en pocas semanas y hasta cuarenta entrevistas diarias sin repetirse, porque “tiene ideas propias sobre el arte, la vida terrenal y la eterna, la existencia de Dios, el amor o la muerte.” “Se ve que es como ella quiso ser: inteligente, insegura, recatada, golosa, evasiva, intensa”, adjetivó.

Mago de las palabras, Gabo incorporó un párrafo fantástico a su crónica. Aseguró que un día, en la multitud de un concierto, Shakira divisó a una persona que había muerto hacía años. “Canté toda la noche para él”, fue la frase que le atribuyó a la cantante.

En el texto, Gabo volvió a los orígenes de la amistad con Shakira, al destacar que ella adoraba los libros, que de chica escribía cuentos y que amaba las letras, en detrimento de las matemáticas.

Jaime Abello Banfi confirma la profundidad de esta amistad. Solo da una versión distinta a la de Tomás Eloy Martínez: “Es probable que haya sido al revés: que Shakira le haya pedido a Gabo ser la cara visible de la Fundación Alas, algo que no prosperó. Ella se dedicó a apuntalar la Fundación Pies Descalzos”, que promueve la educación para los niños más pobres. En nombre de ellos habló en Davos. Y soltó las palabras como si fueran mariposas.

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EL ESPECTADOR
Bogotá – Colombia
20 de febrero de 2017

Cultura

Cuba celebra a García Márquez

Por Lorena Cantó (EFE)

El escritor colombiano tuvo una profunda y estrecha relación con Cuba, con su gente y con Fidel Castro. A propósito de que este año se cumplen 90 de su nacimiento, y 50 de la publicación de Cien años de soledad, la Casa de las Américas le rindió un homenaje.

De los escritores foráneos que dejaron huella en Cuba, y con permiso de Ernest Hemingway, fue Gabriel García Márquez quien tejió la más profunda y duradera relación con la isla, que hoy celebró con emoción el 90 "cumpleaños" del colombiano y el medio siglo de su universal "Cien años de soledad". "Cuba siempre estuvo entre sus preocupaciones, entre sus afanes, entre sus riquezas y pérdidas, alegrías y dolores durante una larga relación que mantuvo con el país", señaló a Efe el escritor cubano Leonardo Padura.

 
Escultura en homenaje a García Márquez en Cuba.

El premio Princesa de Asturias de la Letras en 2015 se unió al homenaje que esta jornada se rindió a Gabo en la Casa de las Américas, una institución cultural a la que el literato, fallecido en 2014, estuvo estrechamente vinculado. Padura, junto al embajador de Colombia en Cuba, Gustavo Bell, y al responsable de la editorial Planeta en México, José Calafell, repasó la relación del padre del realismo mágico con la isla caribeña, un vínculo que trascendió lo literario y llegó hasta lo político en virtud de la estrecha amistad que mantuvo con el fallecido mandatario Fidel Castro.

"La relación de Gabo con Cuba fue muy diversa", aseveró Padura, quien recordó la admiración del autor nacido en Aracataca por figuras de las letras cubanas como Alejo Carpentier, Eliseo Diego, Guillermo Cabrera Infante o José Lezama Lima. Pero los lazos de García Márquez con la isla caribeña fueron más allá de la literatura y la política hasta llegar al séptimo arte, pues fue uno de los impulsores de la hoy renombrada Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños, donde cada año dictaba un curso fijo de guiones llamado "Cómo se cuenta un cuento".

Sin embargo, el colombiano fijó límites en la forma en que abrazó a Cuba. "Pienso que ahí también había un problema de carácter o la forma en que se hace el mundo cultural cubano de esos años. Tuvo aquí grandes amistades en el mundo de la cultura, pero no fue pródigo con respecto al resto de los escritores, consideró Padura. A juicio del escritor cubano, la actitud de García Márquez fue "en su estilo" parecida a la Hemingway: "trataron de preservar su privacidad estando en Cuba y tuvieron una relación no abierta hacia los escritores".

"Aquí en el Caribe ocurre un fenómeno, que la gente es muy invasiva, somos gregarios, y si tú abres la puerta de tu casa, un día te encuentras en el comedor comiéndose tu arroz con pollo a una persona que no conoces ni has invitado. Creo que Gabo se trató de proteger de eso también", sostuvo el autor de la celebrada "El hombre que amaba a los perros".

En el homenaje en la Casa de las Américas, donde se repartieron a los presentes mariposas amarillas de papel para que escribieran dedicatorias al escritor, también se celebró el "significado vital" que supuso para Colombia la escritura de un autor que reivindicó la diversidad de la identidad del país frente al centralismo imperante desde el siglo XIX.

Padura aludió a la "conmoción" que debió producir en un país "tan bogotano" encontrarse con la literatura de García Márquez, a partir de la cual cambió "la percepción de sí mismos" que tenían los colombianos. También la ciudad de La Habana dedicó este jueves su mirada al Nobel de Literatura, que desde hoy cuenta con una estatua en el pintoresco casco histórico de la ciudad por la que tantas veces paseó y en la que llegó a tener una casa permanentemente a su disposición.

Ahora, la mirada en bronce del autor colombiano acompaña a los visitantes del jardín del Palacio del Marqués de Arcos, antigua sede del Liceo Artístico y Literario de La Habana. El escultor cubano José Villa Soberón es el artífice de la escultura, un regalo de Colombia que representa al novelista con una rosa en la mano, ataviado con el liquiliqui con el que recibió el Premio Nobel en 1982.