16 de octubre de 2017

MEMORABILIA GGM 877

EL UNIVERSAL
Ciudad de México
8 de octubre de 2017

Opinión
Y luego de conocerme,
el Nobel escribió Mis putas tristes
¿Eso es lo que Gabo el genial creía que era el feminismo? ¿Una bola de mujercitas quejándose de no poder ser sus esposos patriarcales?
Por Sabina Berman
El Premio Nobel, Gabo el genial, fue a la obra de teatro no una sino dos noches seguidas. Jueves y viernes. Y se lo avisaron a Sandra, no una sino tres personas, dos actores y la productora, sacudidos por la emoción.
–Y pidió el número de tu teléfono –le dijeron los tres a Sandra, en tres distintas llamadas telefónicas.
Sandra recibió la llamada del Nobel el sábado por la mañana, y el corazón le retumbó en el pecho como una tambora a lo largo de la breve conversación.
Gabo era su autor predilecto. El reinventor de las capacidades del español. Una de las razones por las que ella había dedicado su vida a escribir, aunque no fuera relato, sino drama. E increíblemente estaba del otro lado de la línea diciéndole que admiraba su dirección y su texto para la obra que recién había visto, y que tenía para ella un regalo.
Gabo era su autor predilecto. El reinventor de las capacidades del español. Una de las razones por las que ella había dedicado su vida a escribir, aunque no fuera relato, sino drama. E increíblemente estaba del otro lado de la línea diciéndole que admiraba su dirección y su texto para la obra que recién había visto, y que tenía para ella un regalo.

–Una obrita de teatro de mi autoría –dijo, encantadoramente modesto el Nobel–. Un texto feminista –dijo y a ella se le alzaron las cejas: eso era una primicia mundial. –y quiero que tú la dirijas. Te la envío por mensajero hoy mismo.

–Sí. Bueno. Es decir. –Ella intentó en vano que el lenguaje no se le desbaratara: –O sea, con gusto. No, con emoción. Pensé en una primera actriz. Diana Bracho. Caerán rosas del techo. Bueno, adiós –dijo ella y colgó abruptamente.

El mensajero llegó a media noche al hotel de San Miguel Allende, donde vivía Sandra por entonces, y le entregó el paquete forrado en papel blanco.

Prendió seis veladoras, porque la luz se había cortado en San Miguel esa noche, y las colocó en la mesa central del restaurante oscuro y desierto. A la luz vacilante de las seis flamas, desató el paquete, desgarró el papel, sacó el librito, hojas de fotocopia engrapadas. Lo besó, como a un objeto sagrado.

Y empezó a leer el texto feminista del Nobel.

No era feminista. Era el monólogo de una mujer ante un esposo de palo –la acotación pedía eso: que el esposo fuera un maniquí con un periódico extendido ante la cara –quejándose durante dos arduas y dolorosas horas de no ser él. Él: libre, poderoso, simpático, audaz; con una vida erótica variada, con un robusto talento para el placer y el triunfo.

¿Eso es lo que Gabo el genial creía que era el feminismo? ¿La envidia de ser él? ¿Una bola de mujercitas quejándose de no poder ser sus esposos patriarcales? ¿Un llanto plañidero de impotencia durante dos horas?

Guardó la obra bajo el colchón de su cama. Tal vez ahí, durante las siguientes noches, las frases permutarían. Tal vez ahí la cabeza de ella cambiaría de apreciación. Tal vez ahí se quedaría olvidado el libreto: ella se despertaría con una bendita y larga amnesia y volvería a ser feliz.

Una semana más tarde, la joven autora de teatro pulsó el timbre de la puerta del Nobel, en el Pedregal de San Ángel de la Ciudad de México. Iba en camiseta y vaqueros negros. De luto por lo que sucedería ahí. No se equivocó. No sería lindo.

Gabo se alzó del sofá, robusto, su cara morena, sus sienes plateadas.
–¡Mierda! –dijeron sus carnosos labios caribeños. –Claro que he leído "algún texto feminista". Claro que entiendo qué es el feminismo. Escucha, mujer.

Extrajo de entre los libros del librero un volumen empastado en piel café. Leyó con su voz densa y melodiosa el largo monólogo plañidero de Antígona. Escrito por Sófocles hacía 24 siglos.

–Mi obra se inspira en este texto feminista –anunció y cerró el libro y lo tiró contra el librero.
–Es que. Es decir. En serio. Yo. –Sandra empezó torpe, pero fue soltando la lengua y el corazón. –El feminismo sí es un relato nuevo de la realidad. Es un río que no brotó hace 24 siglos, ni hace cinco, que brotó a principios del siglo XX, con las sufragistas, y luego se ha derramado en varias vertientes. Lo que sí es seguro, es que es una verdadera revolución del relato humano. Otra manera de estar en la Naturaleza.
Gabo volvió a tomar asiento ante Sandra y le hizo una confesión:
–Yo amo a las mujeres. He amado, de cierto, de forma íntima y dedicada, no a una mujer, a varias, a decenas. Y soy una buenísima persona. No necesito más para ser feminista.
–¿Haber amado a decenas de mujeres y ser una buena persona?
–Ten fe en mí. Tú sólo entrégate en mis manos.
Sandra tragó saliva y dijo:
– Lo que yo quisiera es que tú leyeras unos cuantos textos feministas y luego reescribieras, con tu maravillosa pluma, la obra.
Cuando Diana Bracho le abrió a Sandra la puerta de su casa esa misma tarde, la felicitó:
–¡Qué bueno que se enojó contigo! Te iba a decir que yo no puedo encarnar a esa pobre señora llorona. ¿Un año de llorar en público por un marido? Imposible.
La historia tiene un final aún más desdichado. Lo próximo que el Nobel publicó fue Memoria de mis putas tristes. Su libro feminista, según anunció a la prensa internacional.
Empinó la tetera en la taza de té de Sandra, que para entonces lloraba en silencio su rompimiento con el renovador del idioma español.
La historia de un viejo patriarca que compra a una niña de doce años y la vuelve su ramera. La ama mucho y dedicadamente. La cubre con pétalos de rosa y con medallas de oro de la Virgen. Y con el lento aceite de su mirada en lentas tardes de hastío. Nunca le pregunta qué quiere ella, qué sueña, qué la haría plena y feliz, pero ah, cuánto la ama.
Las críticas feministas hicieron tiritas el libro y llamaron a no leerlo, y los defensores de Gabo les contestaron enfurecidos que lo suyo no era feminismo. Era feminazismo.
Sandra entregó en el mostrador de la librería de la universidad de Berkeley la copia del libro y preguntó cuál era el precio.
La cajera, por cierto una alumna de letras romances, una chava de pelo corto pintado de azul, con un tatuaje en el cuello –una flecha azul ascendente–, le respondió cuál era el precio del libro:
–Your soul sister. Tu alma, hermana.











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Literal Magazine
Houston ,Tx. U.S.A.
4 de octubre de 2017

Mi García Márquez personal

Por Maarten Van Delden

I. Leí Cien años de soledad por primera vez en el otoño de 1972 en una copia prestada por el autor. No leí la novela en su versión original, sino en la traducción al holandés.

En aquel momento yo tenía trece años y acababa de ingresar al Kensington School, el colegio británico de Barcelona, ciudad donde mi familia vivía desde 1959 debido al trabajo de mi padre en una multinacional holandesa. Los alumnos del Kensington School eran principalmente estadounidenses y británicos, pero también había estudiantes de otros países europeos, como Holanda, y de otros países angloparlantes, como Irlanda, Canadá y Australia. Además asistía al colegio un puñado de alumnos latinoamericanos. Entre los latinoamericanos se encontraba un simpático y extrovertido muchacho colombiano, muy querido por sus amigos. Este muchacho se llamaba Rodrigo García Barcha y era el hijo mayor de Gabriel García Márquez, quien, como se sabe, se había mudado de la Ciudad de México a Barcelona poco después de la publicación —y el éxito de ventas— de Cien años de soledad. Rodrigo era un poco más joven que yo y estaba en lo que en el sistema británico se llamaba el fourth form, mientras que yo cursaba el fifth. Sin embargo, en un colegio muy pequeño, como lo era el Kensington School, con unos ciento sesenta alumnos, si recuerdo bien, repartidos entre clases que iban desde el kínder hasta lo que se llamaba el upper sixth, es decir, el último año del bachillerato, todo el mundo se conocía, y llegué a conocer bastante bien a Rodrigo, aunque nunca fuimos íntimos amigos.

En el Kensington School todos sabíamos quién era Gabriel García Márquez y habíamos por lo menos oído hablar de la sensacional novela que había publicado unos pocos años antes. Recuerdo que un día durante el recreo, Rodrigo, rodeado de compañeros y compañeras del colegio, compartía anécdotas sobre la novela de su padre, más que nada sobre el proceso de su escritura. Contaba que era una novela que su padre había querido escribir durante veinte años, llevándolo dentro, por así decirlo, pero sin encontrar la fórmula que le permitiría transferirla a la página. Y recordaba que un día iba toda la familia camino a Acapulco para pasarse unas vacaciones cuando de repente su padre tuvo una especie de visión, una visión que le dio la clave para la escritura de la novela. Instantáneamente, decidió dar media vuelta y regresar a la Ciudad de México para encerrarse a escribir. Yo escuchaba esas historias fascinado por lo que me enseñaban sobre el proceso creativo.

Un día Rodrigo me preguntó si estaría interesado en leer la traducción al holandés de la novela de su padre. Me explicó que su padre tenía mucha curiosidad por saber si la traducción al holandés de Cien años de soledad era buena o no. No recuerdo qué le dije a Rodrigo. Me imagino que debo de haberle dicho algo así como, claro que sí, con mucho gusto leeré la traducción al holandés de la novela de tu padre, y después te diré si me parece buena o no, ya que al poco tiempo tenía una copia del libro en mis manos.

La primera traducción al holandés de Cien años de soledad fue hecha por Kees van den Broeck y apareció en 1972. Me parece probable, por lo tanto, que García Márquez acababa de recibir una copia de la traducción y que al recibirla decidió preguntarle a su hijo si no tendría algún compañero holandés en el colegio que pudiera evaluar la calidad de la traducción. Por otro lado, es posible que el mismo Rodrigo haya visto la traducción al holandés en su casa, y que él le haya propuesto a su padre prestárselo a un compañero holandés del colegio. Quizás yo, en alguna ocasión, al escuchar a Rodrigo hablar de Cien años de soledad, le había dicho que tenía muchas ganas de leer la novela de su padre. No olvidemos, sin embargo, que en aquel momento Rodrigo, igual que yo, tenía trece años. Acepté sin pestañear la invitación de Rodrigo, pero en algún momento, seguramente muchos años después, empecé a preguntarme qué habría estado pensando el futuro Nobel de literatura. ¿Realmente creía que un compañero de su hijo, es decir, un joven de alrededor de trece años, sería capaz de evaluar la calidad de una traducción de su novela? ¿Era una forma de expresar la confianza que tenía en la mirada juvenil, la mirada, además, de alguien con muy pocas lecturas? ¿O se trataba más bien de un ejemplo del famoso sentido del humor del novelista colombiano?

La invitación para leer la novela de García Márquez, es decir, para leer una novela que no formaba parte de la literatura infantil o los libros para jóvenes adultos, llegó en un momento muy propicio para mí. Hacía poco que había hecho la transición de la literatura juvenil a la literatura tout court. De hecho, recuerdo el momento exacto en que realicé ese salto. Fue en Semana Santa del mismo año, 1972. Estábamos pasando unas vacaciones en la costa cerca de Valencia. Mi madre traía una novela de John O’Hara, un novelista estadounidense muy leído en aquella época, un autor middlebrow, como dicen en inglés, cronista de las costumbres y los escándalos de la clase media y media alta del medio siglo en Estados Unidos.  Mi madre no había empezado a leer la novela, así que un día me puse a leerla yo. Leí sesenta páginas, y una vez llegado a ese punto, le pedí permiso a mi madre para seguir leyendo. Después de esas vacaciones empecé a saquear el librero de mi padre: leí a Saul Bellow y John Updike, Jean-Paul Sartre y Albert Camus (en traducciones al inglés), George Orwell y D.H. Lawrence, además de otros autores más middlebrow, o incluso lowbrow, como Leon Uris y Harold Robbins. Así que se puede decir que tenía algo de preparación literaria cuando me senté a leer Cien años de soledad.

Rodrigo me dijo que su padre poseía una sola copia de la traducción al holandés de su novela, por lo cual me rogaba que la tratara con mucho cuidado. Tengo un recuerdo un poco borroso de la portada del libro, ya que sólo ha quedado conmigo el color del diseño, no el diseño en sí. Era de un color naranja intenso, sin duda un intento de evocar el trópico. El libro era muy bonito, con un papel grueso, limpio, casi reluciente, y unas tapas que a pesar de ser tapas blandas, eran muy firmes. No tengo un recuerdo detallado de la impresión que me dejó la novela en sí. Sé que disfruté de su lectura. También sé que el hecho de leer la novela en holandés tuvo el efecto de darle al mundo evocado por García Márquez un sabor profundamente holandés, como si Macondo estuviera empapado de una mirada holandesa, e incluso formara parte del mundo cultural de mi país de origen.

Cuando le devolví la copia de la traducción al holandés de Cien años de soledad a Rodrigo le dije, sin entrar en detalles, que la traducción me había parecido buena. Recuerdo, sin embargo, que una compañera del colegio, una chica norteamericana de la cual en aquella época yo estaba enamorado, manifestó gran sorpresa cuando se enteró de que había leído la novela de García Márquez no en el original, sino en una traducción. “Oye, ¡te perdiste lo mejor de la novela!” me dijo. “¡Si lo mejor son las palabrotas en español!”, agregó. Mi amiga sabía, aparentemente, que las palabrotas de Cien años de soledad no podían ser traducidas a ningún otro idioma. Me quedé con la idea de que había cometido una gran estupidez al no leer la novela en español.

II. Hace poco, releí Cien años de soledad. Fui en busca de alguna pista que me pudiera ayudar a entender el gesto un poco insólito de García Márquez al prestarme la traducción holandesa de su novela, cuando yo ni siquiera se lo había pedido. Creo haber encontrado la pista que buscaba.

Cien años de soledad es una novela sobre el tiempo, y es, además, una novela sobre las fases de la vida humana. En su representación del tiempo, la novela contradice la idea de un tiempo lineal y cronológico. El tiempo en la novela de García Márquez se fragmenta, da vueltas, y carece de un desarrollo lógico. En un sentido paralelo, las etapas de la vida humana tal como se retratan en Cien años de soledad tienden a no evolucionar de una forma clara y armoniosa; al contrario, frecuentemente parecen confundirse y perder sus contornos claros y precisos.

La novela traza un arco que va desde el origen de la comunidad –cuando “el mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre” (79)– hasta su final en el huracán que destruye a Macondo. La novela también posee un ritmo narrativo inusualmente fuerte que pareciera propulsar al lector siempre hacia delante. Pero dentro de este marco narrativo aparentemente progresivo y cronológico, el tiempo en Macondo se vive como algo discontinuo y desordenado. De hecho, son los mismos personajes de la novela que registran esta vivencia del tiempo como algo que parece quitarle sentido a la vida. Úrsula Buendía, por ejemplo, identifica una y otra vez el sentimiento de vacío y despropósito que el paso del tiempo parece producir. El tiempo “estaba dando vueltas en redondo” (337), piensa en una ocasión. Parece sufrir un “progresivo desgaste” (363), apunta en otro momento de la novela. Más adelante, vuelve a pensar que da “vueltas en redondo” (463). Pero Úrsula no es el único personaje que registra esta visión del tiempo: hacia el final de la novela, José Arcadio Segundo y el último Aureliano observan que “el tiempo sufría tropiezos y accidentes” (479). Y, mucho antes, el mismo narrador, refiriéndose a los intentos de los Buendía de diferenciar entre los gemelos, José Arcadio Segundo y Aureliano Segundo, había apuntado que “el tiempo acabó por desordenar las cosas” (293), una inversión sin duda intencional del dicho según el cual con el tiempo todo se arregla. En resumen, el tiempo en Cien años de soledad es el instrumento de un profundo desorden.

Un desorden parecido parece afectar el concepto de las fases de la vida en la novela de García Márquez. El narrador de la novela manifiesta a través de toda la historia una fuerte preocupación por establecer la etapa de la vida por la que están pasando sus personajes. Ahora bien, siguiendo la regla identificada por numerosos críticos que han estudiado la novela de García Márquez, regla según la cual en el mundo de la novela todo sucede al revés, las etapas de la vida en Cien años de soledad, repetidamente se vacían de su significado normal. Los niños se comportan como adultos, mientras que los adultos parecen revertir a la infancia. Todo parece estar fuera de lugar.

Pensemos, por ejemplo, en los niños que parecen tener capacidades mentales excepcionales. Este es el caso del primer Aureliano, cuyo sino ya está prefigurado en el hecho de que nace “con los ojos abiertos” (97), y quien en una escena temprana de la novela, cuando tiene sólo tres años, le avisa a su madre que una olla con caldo hirviendo está a punto de caerse de la mesa, cosa que en efecto sucede poco después. José Arcadio Buendía, el padre del pequeño Aureliano, piensa que la infancia es un periodo de “insuficiencia mental” (98); sin embargo, la capacidad de su hijo para predecir el futuro constituye una clara refutación de esta idea. Un caso parecido es el del último Aureliano, quien, obligado por su abuela a quedarse encerrado en su casa, se dedica a leer, estudiar y conversar con su tío abuelo, José Arcadio Segundo. El resultado es que el joven Aureliano, incluso antes de llegar a la pubertad, sabe relatar la historia de su pueblo “con una madurez y una versación de persona mayor,” hablando “con tan buen criterio” que a su abuela le parece “una parodia sacrílega de Jesús entre los doctores” (478). En resumen, los personajes niños de Cien años de soledad frecuentemente parecen sobrepasar los límites de la etapa de la vida por la que están pasando.

Mientras que algunos de los personajes niños de la novela de García Márquez rompen con las barreras que los separan del mundo adulto, hay otros que nunca salen de la infancia, e, incluso como adultos, siguen pareciendo niños. Este es el caso de Rebeca, quien, siendo ya una persona adulta, sigue chupándose los dedos (189), y de Remedios, la Bella, quien llega a los veinte años “sin aprender a leer y escribir” (310). También hay personajes quienes al llegar a la última etapa de su vida empiezan a revertir a la infancia. Veamos el caso de Úrsula, de quien el narrador nos cuenta que como anciana “poco a poco se fue reduciendo, fetizándose, momificándose en vida,” de modo que “parecía una anciana recién nacida” (470). Una vez más, las distintas etapas de la vida se mezclan y se confunden.

Quizás la etapa de la vida que mayor fascinación ejerce sobre el autor de Cien años de soledad es la adolescencia. La adolescencia es la época de las iniciaciones, sobre todo las sexuales, a las cuales el narrador de la novela presta una considerable atención. También es una fase ambigua, de transición entre la infancia y la adultez, en la cual se combinan elementos que normalmente están separados. En otras palabras, la adolescencia parece socavar las diferenciaciones claras y precisas entre las fases de la vida. Cuando nos fijamos en los adjetivos que el narrador de Cien años de soledad emplea para describir a sus personajes adolescentes, nos damos cuenta que una y otra vez subraya la naturaleza excepcional de esta etapa de la vida. El adjetivo “monumental” se utiliza en dos ocasiones para describir a un adolescente, primero para José Arcadio (109), el hijo primogénito del patriarca José Arcadio Buendía, y más adelante para su hijo Arcadio (198). A Rebeca y Amaranta se les describe como “adolescentes […] hermosas” (146), mientras que Rebeca más adelante es definida como una adolescente “espléndida” (156). Muchos años después, vemos que Remedios vive “una adolescencia magnífica” (346), mientras que Meme lleva a su casa “un tropel de adolescentes incansables” (380). Todas estas descripciones, subrayando lo descomunal, aquello que está más allá de la norma, llaman la atención a la gran atracción que el narrador de la novela parece sentir por esta etapa de la vida.

III. Yo releía la novela de García Márquez, tomando nota de los elementos que he venido señalando. Sentía que estaba al borde de una revelación, algún detalle o combinación de detalles que me ayudaría a entender el gesto, que he descrito más arriba como “un poco insólito”, de García Márquez al prestarme su copia de la traducción al holandés de Cien años de soledad. Pero la revelación que esperaba no se precisaba. Hasta que llegué al último capítulo de la novela. Allí el narrador nos habla del sabio catalán, dueño de una librería en Macondo, y mentor para un grupo de cuatro jóvenes amigos con quienes el último Aureliano empieza a asociarse. El sabio catalán representa la figura del maestro, una figura clave en el imaginario cultural latinoamericano. No puedo resumir aquí todas las estrategias didácticas empleadas por este personaje; quiero enfocarme nada más en un pequeño detalle de esta sección de la novela. Nos cuenta el narrador que el sabio catalán “puso a leer [a los cuatro amigos] a Séneca y a Ovidio cuando todavía estaban en la escuela primaria” (538). ¿Se trata de un acto insólito del personaje de García Márquez? Al reflexionar sobre este pasaje, me di cuenta que el sabio catalán estaba expresando su confianza en la inteligencia y la sensibilidad de sus jóvenes amigos, además de su creencia de que la gran literatura está cerca de sus lectores, no importa la edad que tengan.

Pensé que en aquel remoto episodio de 1972, que evoqué al principio de mi charla, García Márquez había hecho el papel de sabio catalán y yo me había convertido en unos de los cuatro jóvenes amigos que se reunían en su librería.

NOTAS

·         Todas las citas han sido tomadas de la edición de Cátedra de Cien años de soledad.

·         Texto leído el 21 de septiembre de 2017 en la UNAM Los Ángeles como parte de la mesa redonda “Cien años de soledad: medio siglo de lecturas”.
·          
Maarten Van Delden es autor de Carlos Fuentes, Mexico and Modernity (Vanderbilt University Press, 1998) y, con Yvon Grenier, coautor de Gunshots at the Fiesta (Vanderbilt University Press, 2009)








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EL COLOMBIANO
Medellín – Colombia
2 de octubre de 2017

Cultura

¿Fue Gabo un médico frustrado?

Por John Saldarriaga Londoño

Hay quienes creen que la obra literaria de Gabriel García Márquez es un tratado de medicina. Uno de ellos es el español Juan Valentín Fernández de la Gala, aunque al menos él reconoce que exagera “un poco” en esta apreciación.

Son tan numerosas las alusiones de Gabo a enfermedades y tratamientos en sus obras, que Juan Valentín, médico, profesor de Historia de la Medicina y la Enfermería en la Universidad de Cádiz, adelantó una tesis doctoral titulada Médicos y medicina en la obra de Gabriel García Márquez. Habló de ella en el Festival Gabo de Periodismo que se realizó en Medellín esta semana. También con nosotros.

 Ilustracion de Esteban Paris

¿De dónde le surgió la inquietud de analizar estos temas en la obra de Gabo?
“He sido lector y, hace tiempos, leí desprevenidamente la obra del Nóbel colombiano. Y te digo aquí, entre nos, que es la mejor manera de leer los libros, siempre intentando desentrañar arquitecturas”.

¿Y de las biografías?
“Por supuesto, de sus principales biógrafos también las revisé. Plinio Apuleyo Mendoza, Gerald Martin y Dasso Saldívar. Lo que más me sorprendía era un comentario reiterado de Plinio en el sentido de que todo lo de García Márquez tenía un asidero real”.

Por Vivir para contarla y conversaciones con los parientes de Gabo, se sabe que este se interesó en enfermedades y medicina porque su papá, Gabriel Eligio, fue farmaceuta y lector de revistas científicas. ¿En su investigación halló otras influencias o motivaciones?
“La presencia de la medicina y los médicos en la obra de García Márquez es constante. Si me apuras, te diría que la obra de Gabo trata de Medicina. Hay doctores en papeles protagónicos en todas sus novelas. Recuerdo el enigmático médico francés de La hojarasca, el doctor Juvenal Urbino de El amor en los tiempos del cólera y al judeoconverso Abrenuncio de Sa Pereira Cao en Del amor y otros demonios. Como indicas muy bien, es innegable la influencia de Gabriel Eligio en esta preocupación del escritor. El hecho de contar en la familia con un farmaceuta homeopático que a veces envolvía su tarea de cierto ropaje esotérico, casi como un tegua, tuvo que ser fuente cercana de inspiración literaria. Sin embargo, no siempre la relación de Gabo con su padre fue fácil. Aunque el médico francés de Macondo está construido sobre el armazón real del doctor Antonio José Barbosa Arroyuelo, médico de Aracataca procedente de Maracaibo. Yo detecto mucho de Gabriel Eligio en los aspectos más oscuros de ese personaje. En El amor en los tiempos del cólera se da un acercamiento afectivo muy fuerte entre ambos, una especie de reencuentro que forjará el personaje de Florentino Ariza”.

¿Y qué fue lo primero que halló en su búsqueda?
“El primer cuento de Gabo es La tercera resignación. En él critica ese afán de la medicina por mantener la vida de una persona a cualquier costo”.

Ese cuento hace parte de Ojos de perro azul, en el que abundan los trastornos mentales. ¿Qué más encontró?
“Sobre las enfermedades mentales, te recomiendo un libro titulado Los locos de Macondo, de Álex González Grau. Otra cosa que hallé en esos relatos es el tema de la discapacidad. En un cuento hay tres ciegos que están totalmente perdidos y no pueden ayudarse entre sí, por su condición”.

La noche de los alcaravanes...
“Exacto. En ese relato y en ese libro, quienes padecen la discapacidad física son seres desvalidos. Sin embargo, en las novelas cambia la manera de abordar la discapacidad. Úrsula Iguarán, por ejemplo, pierde la vista, pero pocos lo notan. Y es como si pudiera ver más allá. Hay un punto de inflexión en los años 50. En las obras posteriores a Ojos de perro azul la discapacidad no es sinónimo de desvalimiento”.

¿Ha pensado qué sucesos le harían cambiar la forma de observar este asunto?
“Creo que un hecho que le cambió a Gabo esta apreciación, y hasta su literatura toda, es el de acompañar a su madre hasta Aracataca a vender la casa. En ese viaje se encontró con el boticario Barbosa, quien tenía su farmacia cerca de la casa de los García Márquez. En esa visita, Gabo se topó con el abandono del pueblo, los almendros empolvados, el aire espeso. El doctor Barbosa le hizo entender que la historia que debía contar es la de su pueblo, Macondo. Creo que por eso, por hacerle caso, Gabo cuenta las cosas con realismo”.

¿Cree que algún médico de Gabo esté inspirado en el doctor Barbosa?
“Tengo una hipótesis: el doctor Barbosa es el médico francés sin nombre de La hojarasca”.

Gabo habla de él en Vivir para contarla. ¿Recuerda?
“Sí. Y por lo que allí cuenta creo que el kilómetro cero de Macondo es esa farmacia. Creo que en Aracataca deberían recuperarla y hacer allí un museo que esté incorporado a la ruta de Macondo. Nos da conexión con la realidad. Se podrían poner los instrumentos médicos de la época, los elementos maravillosos que traían los gitanos como los imanes y, bueno, también la farmacopea propia de ellos. Y hasta recrear algunos olores de la obra de Gabo, como el de las almendra amargas, las guayabas podridas y el cloroformo. Gabo menciona algunos productos con la marca real, que podrían estar allí: el Luminal, el Jabón del Perro Agradecido, el colirio Murine y la Cafiaspirina. ¿Sabes qué? Yo estuve en Aracataca y hablé con los descendientes del doctor. Me contaron dónde estaba el mostrador, dónde el despacho de preparar los medicamentos...”.

¿Cuál era su característica?
“La medicina francesa clásica considera que un médico puede leer el cuerpo humano como se lee un libro. Se basa en los signos y síntomas para detectar las enfermedades”.

Un médico impactante es el francés Alejandro Próspero Reverend, el de El general en su laberinto, un personaje real.
“Ese médico, de la tradición francesa, también leía los signos del cuerpo”.

Él decía en la novela que el fracaso de la medicina es tener que abrir los cuerpos, las cirugías, para saber qué pasa o arreglar los males.
“La idea del enfrentamiento entre la actividad médica y la quirúrgica es antigua. Fueron incluso dos profesiones distintas hasta 1748, cuando el Real Colegio de Cirugía de Cádiz las reunió en una sola, con un período formativo de seis años. El resto de las facultades del mundo copió la idea. En El amor en los tiempos del cólera el doctor Juvenal Urbino se manifiesta sobre ello. Reverend hizo una descripción minuciosa y exhaustiva del curso clínico de la enfermedad de Bolívar, anotando, día a día, los cambios y los tratamientos aplicados al Libertador. Ese diario fue publicado en París en 1866 y constituye una fuente de información preciosa para entender las concepciones clínicas y los remedios médicos de toda una época. Pero no olvides, sin embargo, que el doctor Revered practicó la autopsia a Simón Bolívar, tras su muerte, identificando varias cavernas tuberculosas, algunas de ellas calcificadas, lo que indica que era hábil en el manejo del bisturí, a pesar de su crítica a la cirugía”.

¿Cavernas, o sea como huecos en los pulmones?
“Sí, huecos. Es característico de la tuberculosis. Unos huecos en los pulmones que se llenan de una sustancia parecida al yogur, que se va calcificando con el tiempo. El doctor Reverend tomó un pedazo de esta especie de roca y se la llevó de recuerdo. Es notable el conocimiento de Reverend, porque durante mucho tiempo hubo una discusión sobre la causa de la muerte del Libertador: si era malaria o tuberculosis”.

En El amor en los tiempos del cólera, al aludir a esta enfermedad, más que de la infección intestinal, el autor se ocupa de la infección del alma a causa del bicho del amor. Esto suena a mito. ¿Hay mitos y creencias en la forma de aludir a la salud, la enfermedad y la medicina en la obra de Gabo?
“Son muy numerosas las concepciones míticas de la enfermedad. En Cien años de soledad se dan cita las tradiciones hebraica, helénica, alquímica, cristiana, cabalística y precolombina, junto a la medicina clínica francesa del siglo XIX o a la medicina hipertecnificada y algo deshumanizada de nuestros días. Un historiador de la medicina podría sacar mucho fruto de la lectura atenta de la obra de Gabo, y le hablo tanto de la de ficción como de la periodística”.

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EL ESPECTADOR
Bogotá – Colombia
27 de septiembre de 2017

Cultura

Tema del V Festival Gabo, en Medellín

García Márquez y su
obsesión por la medicina

Por Nelson Fredy Padilla

Su padre fue médico frustrado. Desde la niñez el tema lo atrajo. En Zipaquirá, un médico lo marcó y varios de sus mejores amigos lo diagnosticaron y trataron, mientras él le daba palo al gremio en sus novelas.
 
Gabriel García Márquez (1927-2014) en Ciudad de México,
la última vez que visitó al optómetra. / EFE

Si un hilo conductor de la obra de Gabriel García Márquez es la muerte, también lo es la medicina, obsesión de toda su vida porque su padre, Gabriel Eligio, era médico frustrado, porque sus mejores amigos eran médicos y porque hasta cuando la lucidez se lo permitió, trató de entender por qué un ser humano pierde la memoria. (Lea "Vivir para olvidarla")

En Gabito, el niño que soñó a Macondo (Ediciones B), su hermana Aída García Márquez reveló: “Mi papá —nacido en Sincé en 1901— terminó su bachillerato a fuerza de luchas y dificultades, quería ingresar a la facultad de medicina pero le fue imposible. Entró en la escuela dental de Cartagena, pero la falta de recursos lo obligó a retirarse y dedicarse a la telegrafía y la homeopatía”. Gabriel hijo se apropió más del tema cuando le contaron que él nació con el cordón umbilical enredado al cuello. Como no había médico en Aracataca y la partera lo daba por muerto, le hicieron un primer bautizo rápido que lo salvó. Era escéptico con los de bata blanca. Le creía más al agua bendita que a la medicina.

Uno de los personajes que más lo impactaron en la niñez fue el doctor Alfredo Barboza, el vecino y médico venezolano que en principio lo aterrorizaba con su mirada de ojos amarillos, pero que en su juventud pasó de fantasma a consejero defendiéndolo por su “vocación arrasadora” para la escritura. Le dijo a su madre, doña Luisa Santiaga Márquez: “Es algo que se trae dentro desde que se nace y contrariarla es lo peor para la salud”.

El libro Gabo: cuatro años de soledad, escrito por Gustavo Castro Caycedo y publicado por Ediciones B, da muchas luces. En sus años de bachillerato en el Liceo Nacional de Varones en Zipaquirá, Gabo les demostraba a sus compañeros todo lo que había aprendido de anatomía y fisiología con el profesor Álvaro Gaitán Nieto, quien pasados los años fue su médico personal. Lo hacía con “doña Bertha”, el apodo del esqueleto del colegio, con el que asustaban en ese apacible pueblo de Cundinamarca. Luis Garavito cuenta: “le desprendíamos la cabeza, la montábamos en un palo, y cuando veíamos que venían señoras, la sacábamos por la ventana. Se espantaban, salían corriendo dando alaridos”.

La familia del profe Gaitán aseguraba que Gabito tenía “madera” para ser médico, “pues se le facilitaba y le gustaba esa materia”. Era el primero en llegar al anfiteatro de Zipaquirá, donde practicaban autopsias y los alumnos a veces hacían de asistentes, como si fueran estudiantes de medicina. Igual de interesado lo vieron cuando su amiga Lolita Porras se enfermó de un tifo exantemático, que la mató en un mes sin que ningún profesional de Bogotá pudiera impedirlo. “Ella apenas había cumplido catorce años, Gabo tenía 16”. Las enfermedades, su tratamiento y la muerte lo llevó a escribir Psicosis obsesiva, un cuento que mostraba una posible influencia del médico neurólogo y escritor Sigmund Freud, pero al que hasta ese momento no había leído.

El ambiente hipocrático era tal que a la influencia del doctor Gaitán se atribuye que la mayoría de los compañeros de bachillerato de Gabo hubieran estudiado medicina, como lo estableció Castro Caycedo: Marco Fidel Bulla, Álvaro Pachón Rojas —fue director de la Caja Nacional de Previsión—, Jaime Amórtegui Ordóñez, Hernando Forero Caballero, el “Negro” Humberto Guillén Lara, Fernando Acosta, el “Turco” Héctor Kairuz y Sergio Castro . Y se declararon médicos frustrados Álvaro Ruiz —con hermano e hijo galenos— y el profesor que más se empeñó en que Gabito fuera escritor: Carlos Julio Calderón Hermida, con tres hijos médicos.

Con varios de ellos García Márquez retomó contacto cuando enfermó de cáncer linfático a comienzos de los años 90 y tuvo que radicarse por temporadas en Los Ángeles, donde su hijo Rodrigo, el cineasta, lo puso en un tratamiento eficaz con los mejores especialistas, aunque al tiempo avanzaba silenciosa la enfermedad que afecta a todos los García Márquez: el alzhéimer.

Con su compinche el cineasta Luis Buñuel imaginaban sus últimos días con el gen común de la desmemoria. El nobel se reía con sus amigos de la ironía de terminar confiando en médicos gringos de los que desconfiaba como los trabajadores de las bananeras a comienzos del siglo XX.

En Cien años de soledad ellos protestaban por la insalubridad de las viviendas y el engaño de los servicios de asistencia. “Los médicos de la compañía no examinaban a los enfermos, sino que los hacían pararse en fila india frente a los dispensarios, y una enfermera les ponía en la lengua una píldora del color del piedralipe, así tuvieran paludismo, blenorragia o estreñimiento”.

Esa novela es un viaje a través de las enfermedades, incluida la demencia, y la medicina desde cuando el doctor Alirio Noguera, con su “inocente fachada de médico sin prestigio”, llega a Macondo con “un botiquín de globulitos sin sabor y una divisa médica que no convenció a nadie”, porque en realidad era un farsante. Al igual que el último médico que quedaba en aquella tierra del olvido, “el francés extravagante que se alimentaba con hierba para burros” y que examinaba mujeres durante horas para llegar a “la conclusión nebulosa de que tenía un trastorno propio de mujer”. Terminó colgado de una viga.

El escritor transforma sus conocimientos de medicina en ciencia ficción: el médico personal del coronel Aureliano Buendía le extirpa “los golondrinos”. Él es el que le pinta en el pecho un círculo en el sitio exacto del corazón valiéndose de un algodón sucio de yodo. Es quien lo salva de un disparo que parecía mortal: “El proyectil siguió una trayectoria tan limpia que el médico le metió por el pecho y le sacó por la espalda un cordón empapado de yodo. ‘Esta es mi obra maestra —le dijo satisfecho—. Era el único punto por donde podía pasar una bala sin lastimar ningún centro vital’”.

A lo largo de la trama, la enfermiza Fernanda mantiene una emocionante correspondencia con “los médicos invisibles” o “cirujanos telepáticos”, que al final le detectan “un descendimiento del útero que podía corregirse con el uso de un pesario”. Incluso Úrsula Iguarán, ya completamente ciega, pero todavía activa y lúcida, todavía insistía en sus diagnósticos médicos asegurando que los trastornos de Fernanda no eran uterinos, sino intestinales, y “le aconsejó que tomara en ayunas una papeleta de calomel”.

Otro tratado de medicina y contra “los traficantes del dolor ajeno” es la historia del Bolívar decrépito de El general en su laberinto. Dejó escrito que el Libertador fue siempre contrario a la ciencia de los médicos. Ninguno fue capaz de explicarle sus “crisis de demencia”. El prócer escribió su renuncia bajo los efectos de un vomitivo para calmarle la bilis que le recetó un médico ocasional. Por todo esto, se diagnosticaba y recetaba a sí mismo basado en La Médecine á votre maniere, de Donostierre, “un manual francés de remedios caseros… un oráculo para entender y curar cualquier trastorno del cuerpo o del alma”.

De García Márquez y sus conexiones nerviosas con la medicina se han escrito estudios completos, como el de Carlos Jáuregui para la Universidad de Pittsburgh, “Enfermedad, diagnósticos y pócimas en Macondo: lectura de la práctica médica en Cien años de soledad”, hasta Los locos de Macondo, de Álex González Grau.

Hay que revisar desde La hojarasca, que relata la vida de un médico que un día llega sin referencias a una casa de un habitante de Macondo, hasta la novela Del amor y otros demonios, que reúne un estudio sobre la enfermedad de la rabia. En esta última uno de los protagonistas es Abrenuncio de Sa Pereira Cao, “el médico más notable y controvertido de la ciudad”. Abrenuncio S.A. era la razón social de Cambio, la revista de la que Gabo fue dueño y señor.

En el Festival Gabo 2017, en Medellín, de esto hablará el español Juan Valentín Fernández, licenciado en medicina y quien escribió una tesis en la que analiza cada enfermedad, cada remedio y cada personaje relacionado con la salud en las novelas y cuentos de Gabo. Conversará con Alejandro Gaviria, el ministro de Salud de Colombia, otro escéptico, buen lector y buen escritor que enfrenta un cáncer.

Entonces, la última preocupación de Gabriel García Márquez era previsible: que antes de ser cremado su médico de cabecera y su familia se aseguraran de que estaba muerto. De eso se aseguró el 17 de abril de 2014 el cardiólogo mexicano Jorge Oseguera Moguel, el doctor que lo trató los últimos cuatro años de su vida.

* “Médicos y medicina en la obra de Gabo”.
Viernes 29 de septiembre, 4:00 a 5:00 p.m.,
Parque Explora, Teatro Explora. Charla con acceso libre.

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PAGINA SIETE
La Paz, Bolivia
15 de octubre de 2017

Opinión

García Márquez en lontananza

Por Walter I Vargas

Dentro de 50 años se me entenderá, dicen que dijo Stendhal, ante la incomprensión que había provocado su obra entre sus contemporáneos. A Gabriel García Márquez le ocurrió lo contrario; publicó Cien años de soledad hace medio siglo y se convirtió en un fenómeno de ventas sólo digno de las grandes ligas del comercio cultural mundial. The right man in the right place: un colombiano profusamente bigotudo, campechano, bromista y antidictatorial surgido de las dilatadas y postergadas tierras del sur americano no podía encajar mejor en la necesidad mundial de renovadas utopías para las buenas gentes de los años sesenta del siglo pasado. En consecuencia, se organizó alrededor de esta novela y su autor un boom que se encargó de encandilar a la crítica acerca de una literatura, la latinoamericana, que paradójicamente había producido por primera vez un poco antes, en los años 40 y 50, obras de una calidad altísima.

Porque ahora, puestos a evaluar desde este siglo XXI, vemos con un poco más de claridad que Rulfo es notoriamente superior al colombiano en la construcción de cuentos rotundos, que Onetti es un narrador poseído por un talento verbal nato, mientras Vargas Llosa, que sudaba copiosamente para escribir sus novelas con estrictos horarios de oficinista, no pasa de ser un esforzado obrero literario. Y que Borges, con lo que escribió entonces, puede mirar tranquilamente a todos de arriba (el único que con seguridad será leído en 500 años, según Cabrera Infante).

Como tantos seguramente, yo he hecho el ejercicio de releer partes de la novela de GGM este año, con motivo de ese quincuagésimo aniversario. Y he vuelto a tropezar con las mismas dificultades y molestias. Dicho cortito y al pie: no me trago, como no me tragué cuando lo hice por primera vez (sólo que entonces era inseguro), la desmesura rabelesiana como forma de humor, la inconsciencia estructural respecto de lo que es una novela, los caprichos estilísticos (como escribir sin puntuación, aunque esto lo practica en otra novela), la fantasía desbordada e infatigable, la mitología colectiva, todo tan alejado de la tradición central de la novela de origen europeo.

Quizá se trate de un asunto personal: mis padres no tuvieron la delicadeza de hacerme leer o leerme a los siete años Las mil y una noches, como cuenta GGM que le ocurrió. Porque, a decir verdad, lo real maravilloso, esa suerte de literatura infantil metamorfoseada en novelas, es algo que siempre está ahí, a poco que estiremos las antenas con buen ánimo. Sin ir lejos, en este país hace unos días, 18 abogados se unieron para defender a un perrito agresivo que había mordido a un niño, pese a que los dueños del can incluso habían hecho tratar al pequeño con un kallawaya para recuperar su ajayu. Pero convengamos en que no es necesariamente el mejor tipo de humor, dado cierto y comprensible cansancio cultural.

Además, hay alrededor del tema GGM ese otro aspecto desagradable de su afición por el poder despótico, que también caracterizó a la literatura latinoamericana de esa época. Biógrafos y estudiosos posteriores, acuciosos ellos, supieron ver que detrás de ese interés por los dictadores estrafalarios había una no confesada admiración (al revés de lo que dijo otro, creo que Asturias: que esa curiosidad era de naturaleza entomológica).

Pensábamos que ese folklore desvaído había envejecido o muerto, pero cuando se ve al dictador Maduro encontrarse con un Chávez metamorfoseado en pajarito o a Evo Morales haciéndose pintar en el Ministerio de Defensa de la Plaza Avaroa con helicópteros volando alrededor suyo, como todo un Kim Jon Un andino, no tan respondón pero igualmente ebrio de poder, comprendemos con disgusto que una vez más la historia nos ha jugado una mala pasada.

Sin embargo, es improbable que un Vargas Llosa, por ejemplo, haga el gesto teatral de anunciar que no volverá a publicar hasta que Evo Morales o Nicolás Maduro dejen de gobernar, para bien de sus países, como hizo García Márquez respecto de Pinochet (al final, ante la imperturbable pertinacia del dictador mapochino, tuvo nomás que rendirse y volver a hacerlo; la marca GGM no podía ser desperdiciada de ese modo por motivos bajamente políticos). Supongo que porque la derecha es en cierta medida más estoica.


Wálter I. Vargas es ensayista y crítico literario. 

29 de septiembre de 2017

MEMORABILIA GGM 876



LA NACION
Buenos Aires – Argentina
17 de septiembre de 2017

Entrevista


 Gabo, la leyenda continúa
Jaime Abello Banfi, fundador y director de la Fundación García Márquez, habla del megaespacio cultural en Cartagena, dedicado al Nobel, que abrirá en 2018

"Para nosotros, es fundamental convertir la memoria de Gabo en una herramienta de desarollo social." El énnfasis estará puesto en la investigación. Foto: Alejandro Guyot

"Nos interesa que surjan más Gabitos. Apuntarle a que haya investigadores que encuentren fuentes confiables para profundizar en temas de Gabo. Porque para nuestros proyectos, Gabo es un punto de partida y no el punto de llegada", dice Jaime Abello Banfi, fundador y director general de la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano, desde su constitución en 1994. Abello pasó unos días por Buenos Aires para desarrollar múltiples actividades: inauguró la muestra El año mágico de García Márquez en la Biblioteca Nacional, en conmemoración de los 50 años de la aparición de Cien años de soledad, que exhibía la medalla y el diploma del Premio Nobel que Gabo obtuvo en 1982 y la máquina de escribir que utilizó para su obra maestra, entre otros objetos entrañables. También, en el Auditorio del edificio diseñado por Clorindo Testa brindó la conferencia "Los embajadores de Macondo", junto a dos compatriotas suyos, el periodista Alberto Salcedo Ramos y el académico Ariel Castillo, especialista en la obra de Gabo. Participó, también, de una cena de camaradería con Alberto Manguel, director de la Biblioteca Nacional, y con Consuelo Gaitán, la directora de la Biblioteca Nacional de Colombia. Tuvo reuniones para activar la publicación local de Gabo Periodista, una voluminosa antología de textos periodísticos de García Márquez, seleccionados por plumas de la talla de Jon Lee Anderson, Alma Guilermoprieto, Martín Caparrós, Sergio Ramírez, María Elvira Samper y Juan Villoro, entre otros, y editada por el boricua Héctor Feliciano. Además, brindó una conferencia para presentar la edición de este año del Premio y Festival García Márquez de periodismo.

En medio de esa abultada agenda, Abello se hizo un tiempo para tomar un café en La Giralda, ese templo a la porteñidad que aún resiste en la avenida Corrientes, y adelantarle a La Nación revista el nuevo y ambicioso proyecto de la Fundación: el Centro Internacional para el Legado de Gabriel García Márquez, que se inaugurará el año próximo en Cartagena de Indias. "Este proyecto significa una nueva etapa, un giro en la Fundación, y tiene que ver con la idea de que asumamos un grado mayor de responsabilidad en cuanto al legado de Gabo, en un sentido amplio. Se trata de un conjunto, que incluye el patrimonio simbólico, las ideas, los ejemplos, los referentes, todo lo que genera la memoria de Gabriel García Márquez -explica-. Esto nació cuando Gabo todavía estaba vivo. Cada cinco años, la Fundación hace encuentros para repensarse, en un sentido que permite definir una revisión estratégica. Y lo hace con un conjunto amplio de sus colaboradores. Cuando celebramos los 15 años, en Cartagena, llegamos a la conclusión de que valía la pena impulsar que hubiera un centro cultural alrededor de la figura de Gabriel García Márquez, desde el cual la Fundación pudiera hacer mejor su trabajo y que le sirviera como sede principal de los talleres y, al mismo tiempo, para crear unos programas un poco más amplio, en el campo cultural."

¿Cuál fue el punto de partida?
El fallecimiento de Gabo, en abril de 2014, aceleró ese proceso. A los pocos días de su muerte, en el Congreso de Colombia, se empezó a tramitar una ley de Honores para homenajearlo. Y a los ponentes del proyecto les interesó nuestra idea del Centro Cultural. Fue así que quedó en la ley que en Cartagena se establecerá un Centro Internacional para el Legado de Gabriel García Márquez, que será un proyecto de asociación pública-privada, inspirado en Gabo, pero con acción en distintos campos.

¿Y ese proyecto ya es ley?
Exacto. De hecho, es la misma ley que establece que tengamos la imagen de Gabo en los billetes de 50 mil pesos colombianos. La ley se promulgó el 24 de diciembre de 2014. Y en 2015 nos dedicamos a la planeación estratégica del proyecto, mediante consultas muy amplias a los maestros de la Fundación, los miembros de la familia y algunos amigos.

¿Cómo fue ese proceso?
Fue un trabajo muy amplio donde se estudiaron todos los aspectos y se hizo un análisis comparativo con otros centros culturales, casas museos y casas de autor. Miramos también cómo se podría financiar, y qué tipo de programas podría tener. Quedó un proyecto muy completo en todos sus aspectos y dio un salto: la idea es que no sólo fuera un centro cultural, sino también la idea de promover la apropiación social del conocimiento a partir del legado en movimiento de Gabriel García Márquez, enfocado a tres campos específicos. Por un lado, impulsar las vocaciones de las artes y las ciencias. Luego, promover el pensamiento crítico. Y, finalmente, formar e inspirar a la ciudadanía en el uso creativo y ético del poder de investigar, contar y compartir historias.

La ley 1714 establece cuatro pilares que sostendrán el Centro Gabo: una exposición interactiva de carácter didáctico (a la manera de un museo), una escuela internacional de comunicación e innovación en periodismo (que recoge las bases de la Fundación), un espacio de encuentro cultural y académico, y un programa permanente de investigación para alimentar el estudio y la interpretación de la vida y obra de García Márquez. Físicamente, el Centro Gabo funcionará en el Palacio de la Proclamación, frente al Parque Bolívar, en Cartagena, que está siendo restaurado. Dentro de la ciudad amurallada, es un sitio particularmente emblemático en la historia de Gabo, porque en ese parque, el autor de Cien años de soledad, Relato de un náufrago y El coronel no tiene quien le escriba, entre tantas obras célebres, pasó su primera noche en la ciudad, en abril de 1948. "Es un edificio noble, muy importante. Fue un ofrecimiento del gobernador, y estamos por celebrar los convenios muy pronto. La restauración ha ido avanzando y, si todo va bien, es posible que dentro de un año ya sea el centro de operaciones del Centro Gabo."

¿Cómo definieron la misión del proyecto?
Hicimos una serie de investigaciones. Conceptualizamos una especie de matriz que nos va a servir para la formulación del proyecto y programas concretos, y también para enfocar el campo de investigación. Y creamos una noción que se llama Árbol Gabo y es una mirada sobre cinco ramas de García Márquez.

¿Cuáles son esas cinco ramas?
Su historia personal; su rol de investigador y contador de historias, y eso incluye, por supuesto, sus trabajos en literatura, periodismo, cine, y sus hábitos y sus métodos; la tercera rama es la del educador, porque fue fundador de instituciones, y también personalmente impartió talleres de cine y periodismo; la cuarta es la del emprendedor, ya que fue un hombre con muchas iniciativas, y no es algo que sepa demasiada gente; y, finalmente, la quinta rama es la del ciudadano. Sus preocupaciones políticas, sus valores cívicos. Entonces, ¿qué queremos? Queremos que eso sirva para encuadrar ahí ese rescate de la vida de García Márquez, de su memoria y al mismo tiempo para marcar nuestros intereses. Eso se va a marcar no sólo en las exposiciones y en los talleres, sino en todas las actividades que hagamos. El Centro Gabo retoma claramente la tradición de la Fundación.

Pero también implica nuevos desafíos.
Así es. Por eso, lo primero que hemos hecho es reconocer que teníamos que adquirir capacidades, porque eso significa trabajar con otros sectores de la sociedad, además de los periodistas, que incluye a niños, jóvenes, minorías y grupos más vulnerables.

¿Tuvieron experiencias en esa dirección?
Sí. El periodista argentino Marcelo Franco dictó un taller de periodismo para niños de 11 a 14 años en el barrio Nelson Mandela, una de las zonas más pobres de Cartagena, con el apoyo de la Fundación Tenaris. Y quedamos felices. El objetivo no era convertir a los niños en periodistas, sino estimularlos a todo nivel. De desarrollo humano, de su competencia ciudadana, de sus capacidades expresivas, del autorreconocimiento, de un pensamiento crítico. Y lo logramos plenamente. Este año tenemos otro grupo esperando para una segunda experiencia piloto. Nos hemos estado preparando y sentimos que el periodismo tiene mucho que aportar más allá de sí mismo.

De algún modo, se trata de hacerle honor a esa "bendita manía de contar" que tenía Gabo.
Para nosotros es fundamental convertir la memoria de Gabo en una herramienta de desarrollo social. Hacemos cierto énfasis en la investigación. Y en ese sentido, recordamos otra frase de Gabo muy emblemática: "Soy un periodista, fundamentalmente. Toda mi vida he sido periodista. Mis libros son libros de periodista, aunque se vea poco. Pero esos libros tienen una cantidad de investigación y de comprobación de datos y de rigor histórico, de fidelidad a los hechos, que en el fondo son grandes reportajes novelados o fantásticos, pero el método de investigación y de manejo de la información de los hechos es de periodista". Lo que queremos es que el ejemplo de Gabo, como investigador y contador de historias, sirva de referente, de inspiración, de modelo, para liberar fuerzas creativas, y al mismo tiempo recordar que hay que hacerlo con cuidado, con respeto. Recordar cómo Gabo, para sus novelas y sus cuentos, se preocupaba muchísimo por la exactitud, por el rigor, por la verosimilitud de las historias. Y en el campo del periodismo, igualmente. Pero en especial queremos demostrar que ahí está el poder. Es un poder que hay que saber usar de manera creativa, pero al mismo tiempo ética. Ese poder está cada vez más difundido gracias a que vivimos en una era en la cual las herramientas de la expresión y la difusión, gracias al mundo digital, se encuentran en manos de todos.

Desde que García Márquez lo convocó a cranear la Fundación, en 1993, Jaime Abello mantuvo un vínculo cercano y afectuoso con el autor de Los funerales de la Mamá Grande. "Era un tipo agudo, cuidadoso, divertido, clarividente. Cuidaba mucho su intimidad. Él decía que todo ser humano tiene tres vidas: la pública, la privada y la secreta. Y él cuidaba mucho su vida privada y su vida secreta", recuerda con una risa nostálgica.

¿Qué otros rasgos podrías destacar de su personalidad?
Tenía un carisma extraordinario. Todas las personas que lo conocieron quedaron tocadas por su simpatía, por su genialidad. Y, además, una calidez que todo el que estuvo charlando con él, nunca más lo olvidó. Incluso en los momentos en que estuvo más afectado por la desmemoria, al final de su vida, siempre conservó esa actitud de bonhomía, un sentido del humor que incluso lo llevó a burlarse de sí mismo cuando no recordaba algunas cosas.

¿Por qué dirías que mantiene su vigencia?
Porque su obra no es estática. Yo invitaría a ver su obra, en principio, en un sentido más amplio. Más allá de la obra literaria de ficción, la obra literaria del periodismo y hay una obra en el campo audiovisual. Lo resalto, entonces, porque fue un creador de rangos muy amplios, lo que pasa es que la máxima fama se la ha dado la literatura. Pero él permitió que hubiera retroalimentación entre todos estos campos. No solamente por el método y la actitud en las citas que mencionábamos, sino, por ejemplo, en un libro como Crónica de una muerte anunciada (1981), que es un caso judicial que se aborda periodísticamente y se convierte en novela. Entonces, es una obra amplia, que representó en su momento una ruptura extraordinaria. Que es al mismo tiempo totalizadora, y que tiene, para quienes somos del Caribe, una fuerza especial. Porque nos vemos identificados. Yo sé que esa obra es capaz de generar identificaciones que van mucho más allá del Caribe. Pero en el caso de la gente del Caribe, la identificación es la máxima: en las representaciones ambientales, en los personajes, en el propio sistema de audio que tiene esa novela. Porque son novelas que tienen sonidos. Hay algo ambiental que está claramente representado, y que tiene que ver no sólo con el clima y la humedad, sino con la música y con los ruidos. Entonces, yo creo que son obras que tienen vigencia, no disminuyen, y lo increíble es cómo pueden ser revisitadas por quienes las leímos alguna vez, cómo pueden ser incursionadas por quienes apenas están llegando a su lectura. Por eso, García Márquez, además de ser un gran escritor, es un clásico.

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EL ESPECTADOR
Bogotá – Colombia
28 de septiembre de 2017

Cultura

Erotismo y literatura

García Márquez al desnudo en Playboy
A propósito de la muerte de Hugh Hefner y
del V Festival Gabo, que se realiza en Medellín.

Por Nelson Fredy Padilla

Cuentan que Hugh Hefner, el fallecido creador del imperio Playboy, no era muy culto pero le bastó haber estudiado psicología para advertir que los estadounidenses a comienzos de los años 50 del siglo pasado no querían saber más de guerras sino de paz, amor y libertad. En esa búsqueda descubrió el poder del erotismo encarnado en símbolos como Marilyn Monroe y a quienes mejor lo describían: los escritores de literatura de ficción. Esa fusión hizo famosa a la revista desde 1953 y a muchos novelistas y cuentistas que se arriesgaron a posar junto a las divas.

Ray Bradbury publicó allí desde 1956, incluida una serie de su libro más vendido Fahrenheit 451, y hasta hace diez años escribieron grandes irreverentes como Kurt Vonnegut. Cheever y Updike encontraron en el “libertinaje” que ofrecía Hefner el espacio para sus cuentos que las editoriales les negaban. Capote vio en esas páginas el escenario ideal para hacer revelaciones sociales y sexuales de las estrellas de Hollywood. Ni qué decir de Henry Miller, para quien Playboy fue plataforma única de promoción de sus novelas sexuales.

Ellos no tenían pudores como los expresados por Ernest Hemingway, que creía que la libertad de prensa para los autores de ficción no era más que una pose intelectual de Hefner para hacerse millonario con el cuerpo desnudo de las mujeres más bellas. Qué ironía. Muriel, la hija del autor del relato “Hombres sin mujeres” fue portada en 1990. Parecía una tontería resistirse. Gracias a la estrategia del multimillonario de Chicago, junto a las conejitas de su mansión posaban en letras Norman Mailer, Tennessee Williams, Bernard Malamud, Jorge Luis Borges, Alberto Moravia, Chuck Palahniuk, Vladimir Nabokov, Haruki Murakami, Georges Simenon, por nombrar los más conocidos.

Esto para explicar por qué la rígida editora española Carmen Balcells dio autorización para que apareciera en Playboy, en 1971, el cuento de Gabriel García Márquez “El ahogado más hermoso del mundo”.

Cuando Mario Vargas Llosa recibió el Nobel de Literatura en 2010 uno de los primeros en felicitarlo fue Hugh Hefner, anotando en redes sociales que era el escritor número 13 de Playboy en ganar el premio. Vargas Llosa había publicado en la edición de febrero de 1996 “Muerte en los Andes”.

Gabo fue contactado por Playboy para una entrevista, antes de recibir el Nobel en 1982. Al principio no le sonaba la idea pero su hijo Rodrigo le recordó la historia literaria que representaba y el hecho de ser una de las revistas más leídas del mundo. Así llegó a su casa en París la periodista Claudia Dreifus, considerada por algunos la Oriana Fallaci norteamericana por sus entrevistas a grandes personajes mundiales y luego escritora estrella del New York Times.

Según le contó ella al magazín digital ViceVersa la idea no fue de Hefner, sino de ella misma a raíz de la conmoción que le produjo leer Cien años de soledad. Pero el dueño de Playboy, a través de su editor, autorizó el viaje a París. Qué mejor lugar que la ciudad del amor. Claudia Dreifus cuenta: “No conocía a nadie que me pudiera llevar a Gabo, pero conocía a alguien que tenía el contacto de su traductor al inglés, Gregory Rabassa. Uno siempre necesita, como le digo a mis alumnos, un rabino que lo conecte con la persona que busca. Sabía que García Márquez era evasivo, sabía que no daba muchas entrevistas y que estaba en una lista del Departamento de Estado que le hacía muy difícil su entrada a Estados Unidos. Entonces invité a su traductor a comer y le hablé de una posible entrevista y de los temas que quería tratar. Entre ellos, su obra y el ‘descubrimiento’ de la literatura latinoamericana en el mundo. Unos días después de ese almuerzo, por alguna razón inusual, Gabo estaba en Nueva York y Gregory Rabassa me llamó y me dijo que lo contactara en el hotel. Yo salí ahí mismo a buscar un teléfono público y hablé directamente con García Márquez. Rabassa ya le había hablado de mi proyecto y él quiso conversar conmigo a ver si valía la pena”.

La entrevista apenas fue publicada la edición 51, de febrero de 1983, a lo largo de 18 páginas en las que comienzan hablando de los orígenes del autor colombiano, de sus influencias literarias europeas y estadounidenses, para luego dedicarse a fondo a sus opiniones políticas sobre la guerra fría; su visión de los Estados Unidos, de la Unión Soviética, de las dictaduras en Latinoamérica, de las guerrillas en Centro América y en Colombia, de sus amigos Fidel Castro y Omar Torrijos. Hasta llegar a su visión del amor como eje de Cien años de soledad y por ahí al erotismo y al sexo.

García Márquez le explicó, con la ayuda de traductor del francés y con un lenguaje universal, las historias de amores furtivos e hijos ilegítimos de la saga de los Buendía. También hubo tiempo para hablar de la prostitución en obras como “La increíble y triste historia de la cándida Eréndira” y su abuela desalmada, aunque el escritor no se percibe tranquilo hasta que le explica la importancia de las mujeres en su vida, desde su abuela Tranquilina Iguarán hasta su madre Luisa Santiaga Márquez. En realidad son ellas y los personajes en los que las recrea las verdaderas dueñas del destino de los hombres a través del amor y las pasiones.

Y se detuvieron en el amor del Caribe, en la iniciación de los hombres jóvenes como Gabito en una casa de citas, en la magia de los olores como factor sensorial y poder evocativo. Nada explícito. Todo sugerido.

Vale anotar que Playboy intentó reivindicarse con el público femenino dándole cabida a escritoras de la talla de la Nobel sudafricana Nadine Gordimer, que publicó un relato sobre una granjera blanca que tenía un amante de raza negra, o la norteamericana Joyce Carol Oates y la canadiense Margaret Atwood.

Sin embargo, dicen que Hugh Hefner consideraba que el mejor relato de García Márquez sobre amor y sexo fue “El amante inconcluso”, la historia del presidente norteamericano Bill Clinton, lector y amigo de Gabo, y su amante Mónica Lewinski, publicado en la revista colombiana Cambio.

Lo último que publicó Playboy de Gabo fue “EI avión de la bella durmiente”, uno de los Doce cuentos Peregrinos de 1992, que describe a un hombre que se enamora en un aeropuerto de “la mujer más bella del mundo”, luego se sienta en la silla de al lado y la imaginación de él vuela mientras ella duerme. Lejos de la pornografía.

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Esta es la entrevista a que se refiere
el comentario cultural de la nota anterior.
Tomado de Para que no se las lleve el viento. (N del E.)


ENTREVISTA CON GABRIEL GARCIA MARQUEZ
Claudia Dreyfus. .Playboy. Octubre de 1982. Publicada en Playboy España. Barcelona España. Febrero de 1983 [45]

Charla profunda y sincera con el recién galardonado premio nobel de literatura honra de las letras hispanas acerca de sus novelas, sus amigos políticos y la vida penas y esperanzas de latinoamérica

A lo largo de estos últimos años, el énfasis que ha puesto la crítica en resaltar los méritos del autor de Cien años de soledad, saludándolo como uno de los mejores novelistas del mundo entero -comparando su obra, incluso con la de William Faulkner o James Joyce-, ha despertado un entusiasmo poco común por su literatura. De cualquier modo, el nombre de García Márquez -«Gabo», como suelen llamarle sus amigos- ya se sabía candidato al Nobel, entre el mundillo literario, desde mucho tiempo antes a su concesión. La única incógnita era cuando, y no si a él le correspondía esa distinción.
Como es bien sabido entre los lectores de habla española, García Márquez es uno de los principales exponentes del «realismo mágico» latinoamericano, estilo capaz de fundir realidad y fantasía en una forma narrativa, única y característica del Nuevo Mundo.
De su magistral novela Cien años de soledad se han vendido hasta el presente más de 5.000.000 de ejemplares en todo el mundo (traducida a treinta idiomas), y la obra se ha convertido ya en un clásico en múltiples universidades americanas. Recordemos también que con anterioridad a la que le fuera concedido el premio Nobel- García Márquez fue galardonado en diversas ocasiones por jurados internacionales. Entre otros premios ha recibido el Chianciano (Italia), el Rómulo Gallegos (Venezuela), la Legión de Honor (Francia).
García Márquez combina habitualmente su trabajo literario con actividades manifiestamente políticas, en las que asume un papel militante. Sólo hay que ver su discurso cuando le entregaron el Nobel que, por primera vez, en la historia de estos premias, fue fundamentalmente político y no «literario». Siempre ha sido un incansable defensor de la revolución social en los países del Tercer Mundo, y en particular en América Latina. Es amigo personal de muchos dirigentes políticos de todo el mundo, entre ellos del líder cubano Fidel Castro y del presidente francés François Miterrand. Sus opiniones y antecedentes de izquierda lo han convertido en una figura muy controvertida en Estados Unidos y Europa occidental.
Tras la primera edición de Cien años de soledad (1967), que se agotó en menos de un mes, y especialmente después de su traducción al inglés (1970), la crónica mundial empezó a considerar a García Márquez como un genio de las letras castellanas. A este libro le sucedió, en 1975, El otoño del patriarca, una obra frenéticamente surrealista sobre un dictador latinoamericano, que ha permanecido durante tanto tiempo en el poder que nadie recuerda ya cuando lo asumió. Su última novela, Crónica de una muerte anunciada (1981), es una historia de amor, sexo, crimen y castigo en un pueblo sudamericano.
García Márquez nació en 1928, (sic) en el pueblo de Aracataca, en Colombia, y creció en un medio ambiente que lo condujo naturalmente a ser narrador. Aracataca, como más de una vez ha dicho, era un «maravilloso pueblo de bailarines y bandidos». Su abuelo, un coronel liberal que luchó encarnizadamente en las guerras civiles de Colombia, se encargó de transmitirle al pequeño Gabriel toda clase de historias verídicas sobre la guerra, la injusticia y la política. Su abuela, una mujer supersticiosa, le contaba por las noches relatos fantásticos, en el límite con lo sobrenatural. Ya a los dieciocho años empezó a urdir la trama de un gran libro sobre América Latina. Entonces estudiaba Derecho en la Universidad de Bogotá, carrera que abandonó a comienzo de los años cuarenta, cuando se sintió capaz de ganar algún dinero como escritor y periodista. Durante los años cincuenta y sesenta vivió alternativamente -ejerciendo como periodista- en París, Roma y Caracas, y también en Nueva York, donde trabajó como corresponsal de la agencia de noticias cubana Prensa Latina. En el curso de un breve viaje que realizó a Colombia, se casó con Mercedes Barcha, su amor de juventud.
Por aquellos años, cuando no se dedicaba al periodismo, se consagraba de lleno a la ficción. De entonces datan sus primeras novelas: La hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba y La mala hora, obras que muchos críticos consideran «borradores» de Cien años de soledad.
En 1965 García Márquez partió de Estados Unidos en compañía de su familia (su mujer y sus dos (sic) hijos) con destino a México, donde finalmente escribió Cien años de soledad. A partir de la publicación de esta obra en Buenos Aires, se vio catapultado a la fama y pudo salir de las duras condiciones de vida que, hasta ese momento, habían dificultado su tarea como narrador. Su influencia política y su renombre internacional adquirieron proporciones insospechadas. Su familia posee ahora elegantes residencias en París y México, y García Márquez sabe utilizar muy bien sus influencias como embajador extraoficial de la izquierda latinoamericana. En más de una ocasión ha intentado ignorar su fama, diciendo: «Detesto verme convertido en un espectáculo público.»

Usted ha sido distinguido con numerosos premios literarios internacionales desde la aparición de Cien años de soledad. Se ha mencionado su nombre como posible candidato al Nobel, mientras que el crítico norteamericano John Leonard, del New York Times, ha afirmado en cierta ocasión: «La principal novela americana es obra de un latinoamericano». En vista de todo ello, ¿no es hasta cierto punto irónico que el departamento de Estado norteamericano le cree dificultades, y se niegue a renovarle el visado para que pueda entrar y permanecer en Estados Unidos cuando le plazca hacerlo?
En primer lugar, considero que la mejor novela americana ha sido escrita por Herman Melville. En cuanto a mis dificultades, como acertadamente ha dicho, éstas tienen que ver con mis ideas políticas, lo cual no es para nadie un secreto. Es algo francamente antipático; es como si se llevara una señal grabada sobre la frente y nada se pudiera hacer para borrarla. Con todo, siempre he sido uno de los más entusiastas propagandistas de la literatura norteamericana. He expresado ante auditorios de todo el mundo que los novelistas norteamericanos han sido los auténticos gigantes de este siglo. Por otra parte, en los Estados Unidos se están produciendo importantes transformaciones culturales por influencia de Latinoamérica, y mi obra forma parte de esas influencias. Creo que debería poder tomar parte en ellas sin ninguna clase de restricciones.

¿Por qué ahora no puede hacerlo?
Todo este asunto empezó a partir de que, en 1961, yo decidiera trabajar, como corresponsal en Nueva York, de una nueva agencia de noticias cubana. Ni siquiera había sido nombrado encargado de la oficina local; era tan sólo corresponsal. En aquel entonces a mi mujer y a mí se nos comunicó que éramos «inelegibles para entrar» cuando solicitamos visado para viajar a Estados Unidos. La prohibición se prolongó hasta 1971, año en que la Universidad de Columbia me nombró doctor «honoris causa». Desde entonces se me ha dado una especie de visado condicional que me hace sentir inseguro; son las normas del juego que ha establecido el departamento de Estado norteamericano. Y lo más terrible es que este juego puede acabar cuando al departamento de Estado se le ocurra excluirme para siempre de Estados Unidos. Ningún hombre culto puede permitirse, hoy en día, dejar de viajar con frecuencia a Estados Unidos. Pero, no me ha hecho usted la pregunta que siempre me hacen al comienzo de las entrevistas.

¿Cuál?
No me ha preguntado si soy comunista.

Nos parece mejor dejar eso a opinión de los lectores. En los Estados Unidos esa pregunta evoca recuerdos desagradables de la época de McCarthy
Comprendo, pero los lectores de Playboy se preguntarán por que no la hizo.

De acuerdo: ¿Es usted comunista?
Por supuesto que no. No lo soy ni lo he sido nunca. Ni tampoco he formado parte de ningún partido político. A veces tengo la impresión de que en algunos países -por ejemplo en Estados Unidos- se tiende a distinguir entre mi literatura y mis actividades políticas, como si fueran dos cosas contradictorias. Personalmente no creo que así sea. La vaina es que, como latinoamericano anticolonialista que soy, suelo asumir actitudes incómodas para muchos intereses norteamericanos. De ahí que -ingenuamente- haya quien piense que soy un enemigo de los Estados Unidos. Pero a mí me gustaría solucionar los problemas y errores de las dos Américas de forma conjunta, y lo mismo pensaría si fuera norteamericano. Sin embargo, si yo fuera norteamericano sería incluso más que un militante radical, ya que al fin y al cabo se trataría de corregir los errores cometidos en mi propio país.

A propósito, ¿por qué siempre utiliza el término «Norteamérica» para referirse a Estados Unidos?
Me fastidia que el pueblo de los Estados Unidos se haya apropiado de la palabra América como si ellos fueran los únicos americanos. América empieza en realidad en el Polo Sur y termina en el Polo Norte. Cuando los habitantes de Estados Unidos se denominan a sí mismos americanos, es como si nos dijeran que se ven a sí mismos como los únicos americanos que existen. De hecho, toda esa gente vive en un país sin nombre.

¿En qué sentido?
Un país que no tiene nombre. Deberán encontrarle un nombre un día de estos, porque ahora no tienen ninguno. Tenemos por ejemplo los Estados Unidos de México, o los Estados Unidos del Brasil. Pero ¿los Estados Unidos? ¿Los Estados Unidos de qué? No olvide sin embargo que todo esto lo digo con afecto. Como ya dije, me gusta entrañablemente la literatura norteamericana. La única Academia de Letras a la cual pertenezco es la de Estados Unidos; y los críticos estadounidenses son los que mejor han recibido mis obras. Pero como latinoamericano, como partidario de América Latina, no puedo evitar sentirme agraviado cuando los norteamericanos se apropian de la palabra América para su uso exclusivo. A veces concibo América como un barco, con su primera clase, su clase turista, su bodega y marineros. Los latinoamericanos no queremos estar en la bodega del barco, ni queremos que los norteamericanos estén en primera clase. Tampoco buscamos echar a pique la primera clase, porque si lo hiciéramos se hundirla todo el barco. Nuestro destino histórico -el de los latinoamericanos y norteamericanos- es conducir este barco entre todos. Por otro lado, también Cuba es una parte importante de este barco americano. Con frecuencia pienso que lo más seguro para la revolución cubana sería que esa gente pudiera agenciarse un remolcador, para trasladarse a cualquier otra parte, a algún sitio que estuviera a más de 90 millas de Florida.

Puesto que jugamos a cambiar la geografía como si fuéramos dioses, ¿qué otros cambios se podrían hacer?
Si de verdad pudiéramos hacerlo, quizá deberíamos trasladar los rios y océanos adonde más se necesitan. Todo está tan mal distribuido... En cualquier caso, algo de esto ya se ha hecho, ¿no? A México se le ha arrebatado la mitad de su territorio, que ha pasado a formar parte de Estados Unidos. Lo mismo hizo Estados Unidos con Puerto Rico, país por el que sentimos profunda nostalgia, pues sin duda es un país latinoamericano, y exactamente lo mismo ocurre con muchos países de Europa occidental. No quiero parecer sectario.

Hablaremos luego extensamente de su obra... Prosigamos aún un poco más con el análisis de los vínculos entre literatura y política. Usted se muestra a menudo fascinado por la relación entre ambos conceptos, ¿lo está realmente?
Me fascina la relación entre literatura y periodismo. Empecé a trabajar como periodista en Colombia, y luego ya nunca dejé de hacerlo. Actualmente, cuando no estoy escribiendo una ficción, me voy a recorrer el mundo ejerciendo mi trabajó de reportero. Quizá le resulte curioso saber que hago toda clase de reportajes excepto entrevistas. Éstas exigen al entrevistador un trabajo demasiado extenuante. Pero volviendo a su pregunta, lo que ocurre es que tengo una gran reputación gracias al éxito de mis novelas, y siendo latinoamericano como soy -considerando todo lo que está pasando en América Latina- sería un crimen que no me interesase por la política. Si hubiera nacido en algún lugar del mundo que no tuviera los terribles problemas políticos, económicos y sociales que padece América Latina, tal vez ignoraría la política y viviría muy feliz en una isla griega. Sin embargo soy, a pesar de todo, latinoamericano, y no me queda más remedio que ejercer como político de emergencia.

¿Que debe hacer un político de emergencia?
En mi caso, en primer lugar, no soy militante de ningún partido. Ni me interesa comprometerme con la política de ningún país en particular. Me siento latinoamericano en el más amplio sentido posible. Como tal, me valgo de mi reputación internacional para ejecutar lo que podría llamarse «diplomacia extraoficial». Tengo amigos de muy alto nivel, en gobiernos de Europa y América Latina.

Hablemos pues de una de sus amistades más famosas: la que mantiene con Fidel Castro. ¿Es usted íntimo amigo suyo?
Somos muy buenos amigos; la nuestra es una amistad de carácter intelectual. Pocas personas saben que Fidel es un hombre muy culto; cuando estamos juntos hablamos muchísimo de literatura. Fidel es un lector empedernido. En realidad nuestra amistad comenzó después de que él leyera Cien años de soledad, novela que le gustó mucho.

Castro dijo de usted en cierta oportunidad: «García Márquez es la persona más influyente de Latinoamérica». Suponiendo que esa cita fuera exacta, ¿qué cree que quiso decir?
Esa frase no parece de Fidel, pero aun en el caso de que la haya dicho, estoy convencido de que haría alusión a mí como escritor y no como hombre político.

¿Quiere decir usted que nunca habla de política con él?
Sería casi imposible no hacerlo. Pero en realidad no conversamos tanto de política. Mucha gente tiene dificultades en creer que mi amistad con Fidel Castro se basa casi por completo en nuestro común interés por la literatura. Muy pocas de nuestras charlas giran sobre la suerte del mundo. Con mayor frecuencia hablamos de los buenos libros que ambos hemos leído. Cada vez que voy a Cuba le llevo a Fidel un montón de libros. Ni bien llego se los envío con uno de sus edecanes, y después me sumerjo en mis asuntos. A las pocas semanas, cuando por fin Fidel y yo podemos vernos para conversar un poco, él ya los ha leído todos y tenemos mil cosas que hablar al respecto. Recuerdo que en una ocasión le dejé un ejemplar del Drácula de Bram Stoker, que es un libro increíblemente fantástico, pero que muchos intelectuales consideran indigno de su atención. Pues bien, le entregué ese libro a Fidel una noche, alrededor de las dos de la mañana. Uno se acostumbra a verle en horas tan extravagantes como ésa. Toda su vida es así. Aquella noche él tenía que leer y analizar importantes documentos de estado. Apenas pudimos hablar durante una hora, y al día siguiente volvimos a encontrarnos a mediodía. «Gabriel, ¡acabarás volviéndome loco! -me dijo-o ¡Qué libro! No pude dormir en toda la noche.» Había estado leyendo Drácula desde las cuatro de la mañana hasta las once, y este es un aspecto de su personalidad que muy pocos conocen, y es en este terreno donde se ha desarrollado nuestra amistad. Contrariamente a lo que se ha dicho sobre nosotros, nunca hemos conspirado con fines políticos. Fidel piensa que la tarea del escritor es escribir sus obras y no conspirar.

Pero hay quienes creen que usted, en efecto, ha conspirado con Fidel Castro...
Hay algunos miembros del gobierno de Colombia, mi país, que piensan eso. Pero déjeme contarle cuál es mi verdadera relación con Fidel, pues quizá sea ésta la ocasión de aclarar los malentendidos que se han creado en torno a nuestra amistad. Comenzaré contando una historia que considero típica. En 1977 viajé a Angola para escribir una serie de artículos que después se publicaron en The Washington Post. De regreso de Angola hice una escala en Cuba. Algunos periodistas de las agencias Reuter y France Presse me dijeron en La Habana que querían entrevistarme, y les dije que a las siete debía tomar el avión con destino a México, pero que de todos modos fueran a verme al hotel a las cuatro. A eso de las tres y media se presentó inesperadamente Fidel con ánimo de conversar conmigo, así que cuando los periodistas llegaron «a las cuatro» el personal del hotel les dijo que no podrían entrevistarme porque estaba departiendo con Fidel. Durante los primeros diez minutos le conté a Fidel mis impresiones sobre lo visto en Angola, y entonces, no recuerdo por qué causa -quizá porque habíamos hablado de la penuria alimenticia en Angola - me preguntó si había comido muy mal mientras estaba allí. «Para mí no estuvo mal -le dije-, pues me las arreglaba para conseguir, de un modo u otro, alguna lata de caviar que me hacía muy feliz.» Fidel me preguntó si me gustaba mucho el caviar, y le dije que sí, que me gustaba mucho. Me dijo entonces que eso era un prejuicio puramente cultural, intelectual, y que él no creía que el caviar fuera un plato tan exquisito. Pues bien, una cosa se encadenó con otra y así continuamos hablando durante horas sobre alimentos -langostas, pescados y recetas de pescados- Ese hombre sabe todo cuanto puede saberse sobre mariscos. Cuando llegó el momento de irme a tomar el avión, me dijo que me acompañaría al aeropuerto. Y ya en el aeropuerto, Fidel y yo nos sentamos en la sala de espera oficial, para seguir conversando sobre pesca mientras mi avión aterrizaba.

¿Hay sala de espera oficial en el aeropuerto de La Habana? Eso no parece propio de un país socialista.
Eso es socialista. De hecho hay dos salas oficiales. De todos modos, la vaina es que los periodistas volvieron cuando estábamos en el aeropuerto y al parecer se dijeron: «Si García Márquez viene de Angola y Fidel lo ha acompañado al aeropuerto, han de haber hablado sobre algo extremadamente importante». Así fue que, cuando ya me iba, los periodistas se acercaron hasta el avión mismo para decirme: «Cuéntenos de qué ha estado hablando con Fidel todas estas horas». A lo que respondí: «Prefiero no contestarles, ya que si les dijera la verdad seguramente no me creerían».

¿Cómo se siente usted manteniendo una amistad personal con alguien como Fidel Castro?
Es algo difícil, obviamente, porque se trata de una amistad con limitaciones. Fidel tiene muy pocos amigos. Eso es inevitable, por supuesto, teniendo en cuenta su actividad y su poder. Alguien le preguntó cierta vez -yo estaba presente- si no experimentaba la soledad del poder. Contestó que no. Sin embargo, me pregunto si quienes tienen poder puede sentir en realidad lo solos que están.

Uno de los rumores que circularon es que usted le daba a Fidel Castro sus novelas para que les diera un primer vistazo antes de entregárselas a sus editores. ¿Es verdad eso?
En el caso de mi última novela, Crónica de una muerte anunciada, ciertamente le envié el manuscrito, sí.

¿Le gustó?
¿A Fidel? ¡Sí! El motivo de habérsela enseñado es que, además de ser muy buen lector, tiene una capacidad de concentración realmente asombrosa y es cuidadoso en extremo. En muchos de los libros que lee, encuentra rápidamente contradicciones entre una página y otra. Crónica de una muerte anunciada está estructurada tan meticulosamente como un aparato de relojería. Si hubiera algún error en la obra, alguna contradicción, ello sería sin duda muy grave. Por eso mismo, conociendo la aguda vista de Fidel decidí enviarle el manuscrito, esperando que descubriera cualquier posible contradicción.

¿De modo que usted usa al presidente de Cuba como musa literaria?
No; como muy buen primer lector.

Usted ha escrito un libro documental sobre Cuba. Se sabe que ha decidido postergar su publicación. ¿Por qué causa?
Es cierto. Se trata de un libro muy acerbo, muy franco. Sería muy fácil para algunos citar frases fuera de contexto para atacar a Cuba. Efectivamente no deseo que eso ocurra, pero no es ésta la razón de que haya postergado la publicación del libro. En realidad espero algún acontecimiento -quizás el levantamiento del bloqueo norteamericano- para darlo por terminado.

Otro de sus amigos de alto nivel es el presidente francés François Miterrand. ¿Es verdad que usted colabora con él como consejero extraoficial para cuestiones latinoamericanas?
¿Ha dicho usted consejero? No. El presidente Miterrand no precisa consejo alguno sobre América Latina. Aunque con frecuencia necesita información, y de eso hablamos al vernos.

El gobierno francés ha entrado en confrontación, algunos meses atrás, con el de Estados Unidos, a causa de su decisión de enviar ayuda militar al régimen sandinista nicaragüense. ¿Habla usted de estas cuestiones con Miterrand?
¿Se refiere a la decisión de venderles armas? No. Esta clase de discusiones son, al menos aparentemente, muy pero muy confidenciales. Pero sí hemos hablando sobre la ayuda comercial y económica que Nicaragua necesita, y le he dicho cuanto sé al respecto. Tengo muy buenos amigos entre quienes hoy gobiernan en Nicaragua. Hemos trabajado juntos durante los años de lucha contra el régimen de Somoza. Si desea saber en verdad lo que le he dicho al presidente Miterrand sobre Nicaragua y, claro está, sobre la situación actual en América Central, puedo repetirlo con muchísimo gusto.

Sí, por favor.
En mi opinión el mayor problema que existe en Latinoamérica y en Centroamérica en particular, es que la Administración Reagan todo lo interpreta como resultado de la dinámica norteamericano-soviética. Esto es ridículo, y no tiene nada que ver con la realidad. La Administración Reagan considera que cualquier inconformismo o rebelión popular en América Latina nunca es una consecuencia final de las miserables condiciones de vida de esos países, sino de cierta clase de injerencia soviética. Obrando de este modo, la Administración Reagan está engendrando una profecía que por su propia naturaleza tenderá a cumplirse, tal como lo hizo Kennedy con Cuba en los primeros años sesenta. Conozco muy bien a la conducción sandinista, y me consta que están realizando desmesurados esfuerzos para trazar su propio camino político, independiente de cualquier superpotencia. Por desgracia los nicaragüenses deben enfrentar todo tipo de conspiraciones internas e incursiones provenientes de la vieja guardia somocista de Honduras, así como atentados desestabilizadores, emprendidos por elementos apoyados desde Estados Unidos. Todo ello en un momento en que los nicaragüenses necesitan desesperadamente fondos para comprar alimentos, desarrollar el país y autodefenderse. Si Occidente se niega a brindarles ayuda, se verán forzados a pedírsela al único gobierno que aceptará darla: el de la Unión Soviética.

¿Cómo ve usted la situación actual en El Salvador? ¿Piensa que Reagan sólo ve allí otra evidencia de la penetración soviética en la zona?
Pienso que lo que busca Estados Unidos en América Central es contar con gobiernos fácilmente controlables. Afortunadamente -o bien, según como usted lo vea, desgraciadamente- Estados Unidos no podrá conseguirlo sin provocar una guerra. Es difícil predecir cuáles son las intenciones últimas de Reagan. Él debe saber que los argumentos que esgrime - El Salvador como víctima de una conspiración soviética- no tienen asidero real. Si en realidad no lo supiese, nos hallaríamos ante una situación de terrible peligro, porque eso significaría que el presidente de los Estados Unidos carece de información. No lo creo.

¿Cree usted que la Unión Soviética practica una política expansionista?
Creo que la Unión Soviética sacará partido de la situación, especialmente si Estados Unidos continúa negándose a dar apoyo a los movimientos rebeldes. Pero volviendo a El Salvador, allí se vive una situación extremadamente peligrosa. Si examinamos los posibles desenlaces de la situación actual, no podemos descartar el riesgo de una conflagración mundial. En primer lugar, la guerra ya no se limita sólo a El Salvador. Y si los Estados Unidos interviniera como lo hizo en Vietnam, la guerra se extendería por toda América Central y tal vez por toda América Latina. En efecto, Estados Unidos puede ocupar militarmente Centroamérica, que dispone de escasos medios para hacerle frente. A continuación, como paso siguiente, EE.UU. podría decretar un bloqueo naval en torno a Cuba, para impedir que envíe ayuda a los países centroamericanos. Y aun cuando creo que Cuba no haría nunca algo tan absurdo como provocar una guerra con EE.UU., por supuesto que se defendería contra una invasión norteamericana, posibilidad que tampoco puede ser descartada.

Seguramente usted estará al tanto de que muchos dirigentes norteamericanos y europeos consideran que los políticos latinoamericanos son completamente incorregibles, y que un cierto grado de brutalidad siempre acabará imponiéndose en sus asuntos internos.
Sí, me chocó esa concepción cuando viajé por primera vez a Europa, en los años cincuenta. Alguien me preguntó: « ¿Cómo puede vivir usted en países tan salvajes corno los sudamericanos, donde la gente se mata por motivos políticos? »

¿Qué impresión le causó esa pregunta?
Me puse furioso. Ese es hasta cierto punto un análisis injusto. Nuestros países sólo tienen 170 años de vida independiente; mientras que países mucho más antiguos como los europeos han pasado por atrocidades muchísimo mayores que las que nosotros ahora atravesamos. ¿Que parecemos salvajes? ¡Nunca tuvimos una revolución tan brutal como lo fue la Revolución Francesa! Los suizos -fabricantes de queso que se consideran a sí mismos grandes pacifistas- fueron los mercenarios más sangrientos de Europa durante la Edad Media. Los europeos, a lo largo de extensos períodos, debieron pasar por terribles violencias y derramamientos de sangre para llegar a ser lo que hoy son. Cuando tengamos la edad de los países europeos, estaremos nosotros mucho más avanzados de lo que ellos están ahora, pues a nuestra propia experiencia le habremos sumado la suya.

Centremos ahora la conversación en su obra. Muchos admiradores de Cien años de soledad han afirmado que con la saga de la familia Buendía se las había ingeniado para contar toda la historia de América Latina. ¿Es ésta una interpretación excesiva?
Cien años de soledad no es una historia de América Latina. Es una metáfora sobre América Latina.

En uno de sus relatos breves, La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada, una joven prostituta dice a su amante, que lo que más admira de él es su increíble capacidad de imaginar disparates. ¿Es un juicio de Gabriel García Márquez sobre sí mismo?
Sí, es una afirmación absolutamente autobiográfica. No corresponde tan sólo a una definición de mi trabajo, sino también a mi propio carácter. Detesto la solemnidad, y soy capaz de decir las cosas más atroces, las cosas más fantásticas sin inmutarme en absoluto. Este talento lo he heredado de mi abuela, doña Tranquilina, la madre de mi madre, que fue una cuentista fabulosa. Nos contaba historias estrafalarias acerca de cosas sobrenaturales con expresión solemne y rostro inmutable. Sólo a medida que fui creciendo empecé a preguntarme si sus historias serían o no verdaderas, pero habitualmente tendía a creerle por la gravedad de su rostro. Ahora, como escritor, hago exactamente lo mismo: cuento cosas extraordinarias con un tono muy serio. Es posible remontarse tan lejos como uno quiera, con cualquier historia, siempre que se haga verosímil. Esto es algo que aprendí de mi abuela.

Para aquellos lectores que lo ignoren, digamos que Cien años de soledad sigue la pista de seis generaciones de la familia Buendía en la mítica aldea de Macondo. La novela comienza con la fundación de la aldea en una época en que «el mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre», y termina con el último Buendía, un niño nacido con cola de puerco, mientras es arrastrado por las hormigas como símbolo de la extinción de la estirpe. El argumento abarca 35 años de guerras civiles, revoluciones, contrarrevoluciones, toda clase de plagas y una inundación que dura aproximadamente cinco años. Sus descripciones de estos acontecimientos siguen un estilo denominado «realismo mágico», mediante el cual lo fantástico y lo mítico se funden con lo cotidiano (un cura que levita siempre que toma chocolate, por ejemplo). ¿Hasta qué punto se basa en la realidad para escribir sus obras?
Cada línea de Cien años de soledad, como en todos mis demás libros, tiene como punto de partida la realidad. Procuro brindar al lector una lupa para interpretar mejor la realidad. Pongamos un ejemplo: en la historia de Eréndira, nuevamente, el personaje Ulises tiene la virtud de cambiar el color de cada cristal que toca. Eso como es obvio no resulta en absoluto verosímil. Pero tanto se ha dicho ya sobre el amor que intenté expresar de otro modo que ese muchacho estaba enamorado. Así es que no solamente cambian de color los cristales que toca, sino que además su madre le dice: «Debes estar locamente enamorado de alguien, porque cada cosa que tocas cambia de color. Tengo derecho a decir de otra forma lo que ya se ha dicho siempre sobre el amor: cómo cambia nuestras vidas, cómo lo trastoca todo en nuestras vidas.

En los últimos veinte años hemos asistido a una auténtica explosión del realismo mágico entre los narradores latinoamericanos. ¿Qué animaría a estos autores a escribir en ese extravagante estilo, mezcla de realismo y surrealismo?
Por descontado que el medio ambiente latinoamericano es maravilloso, particularmente en el Caribe. Yo soy de la región caribeña de Colombia, que es un lugar fantástico, completamente distinto de la región andina. Durante el período colonial, aquella gente que se consideraba respetable se trasladó del interior a Bogotá. En la zona costeña los que quedaron fueron bandidos -en el buen sentido de la palabra - y bailarines aventureros, gente desbordante de alegría. Los costeños descienden de piratas y contrabandistas, mezclados con descendientes de esclavos, negros. Crecer en un medio ambiente como ese, brinda incomparables recursos para la poesía. Además, los caribeños somos propensos a creer en cualquier cosa por la influencia que tenemos de tantas culturas distintas, combinando el catolicismo con nuestras propias creencias más arraigadas. Creo que ello nos da una mentalidad muy abierta para penetrar más allá de la realidad aparente.

Volviendo a Cien años de soledad, el coronel Aureliano Buendía se incorpora a la guerra civil colombiana de una manera bastante extraña en la novela. Primero ve a los conservadores haciendo fraude en las elecciones, y después se dice: «Si tengo que ser algo seré liberal, porque los conservadores son tramposos». ¿No es un modo algo extraño de adoptar un compromiso político tan grande?
Le explicaré cuanto pueda esta cuestión. Cuando escribí este episodio de Cien años de soledad, lo basé completamente en las guerras civiles que tuvieron lugar en Colombia durante el siglo XIX entre conservadores y liberales. Las guerras civiles y la huelga del banano de 1928 son los episodios del libro que más estrechamente se vinculan a la historia de Colombia. En cuanto a las guerras civiles, cuando estallaron por primera vez había una enorme diferencia entre los conservadores y los liberales. Esa diferencia, de hecho, fue lo que hizo que estallara la guerra. Los liberales, como el coronel Aureliano Buendía y mi abuelo, demandaban la separación de la Iglesia y el Estado, el divorcio, el reconocimiento de plenos derechos para los hijos ilegítimos, una mayor participación en los asuntos de estado. Estas eran ideas revolucionarias para Colombia en el siglo XIX. Los conservadores representaban a los grandes terratenientes aliados con la Iglesia católica. Los conservadores ganaban en Colombia todas las guerras. De modo que en la novela, cuando el coronel Aureliano Buendía dice que prefiere ser liberal porque los conservadores son tramposos, es porque en aquel momento había aún diferencias entre las dos partes involucradas en la guerra. Más tarde, a medida que avanza la guerra y que Aureliano Buendía va introduciéndose en política, se da cuenta de que los dos bandos empiezan a ponerse de acuerdo mutuamente. Por fin, por eso mismo renuncia a seguir luchando y vuelve a Macondo a fabricar peces dorados. Dice: «La única diferencia que hay entre los liberales y los conservadores es que los liberales van a misa de cinco y los conservadores a misa de ocho».

En Cien años de soledad hay 22 otra descripción muy ligada a la historia de Colombia: la de la huelga del banano. Los trabajadores de las plantaciones de Macondo, empleados de una compañía que bien pudiera ser la United Fruit, deciden ir a la huelga. Tres mil de ellos son masacrados en la plaza de Macondo, y sus cuerpos transportados a otra región del país. Posteriormente, nadie en Macondo se acuerda de esta huelga; a excepción de un miembro de la familia Buendía, para quien ese mismo recuerdo es causa de la locura que padece.
Este episodio no es ningún cuento. Está, más o menos, basado en la realidad histórica. Los motivos de la huelga y la forma en que ésta se desarrolló fueron exactamente igual que en la novela, aunque por supuesto no hubo tres mil muertos. Fueron muchos menos. Si en 1928 se hubiera masacrado a cien personas, ello ya hubiera sido catastrófico. Aumenté la cifra de victimas hasta tres mil para guardar ciertas proporciones dentro del libro. Cien muertos no habrían interesado a nadie... Tres mil muertos en 1928 equivaldrían a toda la población de Aracataca en aquel momento.

Es pues un buen ejemplo de cómo la historia real pasa a transformarse en arte, ¿no?
Permítame contarle algo muy curioso sobre este incidente. Nadie en Colombia ha profundizado qué fue lo que en verdad ocurrió durante la huelga del banano. Y ahora cuando se hace referencia a ella en los periódicos, o incluso alguna vez en el Congreso, suele hacerse alusión a los tres mil trabajadores que murieron. Me pregunto si con el tiempo podremos decir con propiedad que esas tres mil personas fueron masacradas. Por eso en El otoño del patriarca, hay un momento en que el directador dice: «No importé si es o no verdad; será verdad con el tiempo».

Sus novelas están siempre llenas de olores de todo tipo. ¿Por qué concede tanta importancia al olfato?
Sí, olores y fragancias lo invaden todo. Creo que la facultad evocadora del sentido del olfato es mayor que la de los demás sentidos, mayor que la del gusto o el oído.

Hay en sus obras un uso casi erótico del sentido del olfato. ¿Es ésta una manera de abordar la pasión sexual?
Sí; forma parte de mi propio carácter.

Entre todos los placeres sensuales, ¿cuál es el que más le interesa?
Comer.

¿De veras comer? ¿Por qué?
Bueno, es un asunto relacionado con sensaciones personales; es imposible explicarlo. Pero lo que más me gusta es comer.

¿Cómo se le ocurrió inventar Macondo a partir de sus recuerdos de Aracataca?
Empecé a escribir Cien años de soledad siendo aún muy joven, quizás los veinte años. Entonces intentaba plasmar una novela sobre la familia Buendía que debía llamarse La casa. Toda la acción de la obra se desarrollaba dentro de la casa. Tras escribir unos pocos capítulos sentí que no estaba lo bastante preparado para escribir un libro tan extenso, así que decidí abandonarlo momentáneamente para escribir otras cosas, y poco a poco aprender la forma de llevarlo a cabo. A partir de ese momento me dediqué principalmente a hacer relatos cortos. Poco después, cuando tenía veintiún años, mi madre me propuso viajar a Aracataca con ella, y este viaje tuvo un impacto para mí decisivo en relación a mi carrera como escritor. Vivíamos entonces en Barranquilla, una ciudad del Caribe no muy distante de Aracataca. Mis dos abuelos habían muerto, y el propósito de mi madre era vender la casa en que habían vivido. Al principio estaba muy contento con la idea de volver a Aracataca. Pero cuando llegamos me sorprendí muchísimo. El pueblo no había cambiado en absoluto; tenía la sensación de que el tiempo había pasado, de lo que me separaba de aquel pueblo no era la distancia sino el tiempo. Mientras recorría sus calles con mi madre, advertí que a ella le pasaba algo semejante. Fuimos hasta la farmacia, que era propiedad de una familia muy amiga de la nuestra. Detrás del mostrador había una mujer cosiendo a máquina. Mi madre la saludó efusivamente. Cuando la mujer pudo por fin reconocerla, se puso de pie y se abrazaron a los gritos, tras lo cual permanecieron en silencio durante más de media hora. Por consiguiente, la sensación que experimenté fue que todo el pueblo había muerto, incluso quienes aún seguían vivos. Me acordé de aquellos a los que había conocido y que ahora estaban muertos. Comprendí que todos los relatos breves que había escrito hasta entonces no eran más que elaboraciones intelectuales; nada tenían que ver con mi realidad. Al volver a Barranquilla me senté de inmediato ante la máquina y me puse a escribir mi primera novela que tiene como escenario Macondo (La hojarasca). Accidentalmente, de regreso a Barranquilla, pasamos por una plantación de banano que había visto con frecuencia de niño. Su nombre era Macondo.

¿Cuándo terminó de tomar cuerpo la idea de escribir Cien años de soledad?
El viaje a que me refería fue en 1950. Después de aquella primera obra, hice un segundo intento de escribir la novela en México, en 1963. Tenía entonces una idea muy clara de la estructura, pero no encontraba el tono de la narración. No sabía aún cómo contar la historia de tal modo que fuera verosímil. Así es que decidí volver a escribir cuentos. Hasta que un determinado día, en 1965, mientras viajaba a Acapulco descubrí lo que había estado buscando hasta entonces. Repentinamente tuve esa iluminación -no sabría decir por qué- sobre cómo escribir la novela. ¡Ya tenía el tono y todo lo que necesitaba!

¿Fue como una visión?
Algo así. Fue como si hubiera descifrado, de golpe, todo lo que debía hacer. De modo que volví a la ciudad de México y me puse a escribir durante los dieciocho meses siguientes desde las nueve de la mañana hasta las tres de la tarde cada día. Hasta entonces tuve que trabajar en relaciones públicas y escribiendo guiones de cine para mantener a mi familia (mi esposa y mis dos hijos, que aún eran pequeños), pero no podía continuar haciéndolo si quería terminar la novela. Sin embargo, no teníamos otra clase de ingresos, así que decidí empeñar el coche y darle el dinero a Mercedes para que lo administrase. A partir de ese momento, Mercedes tuvo que actuar como tantas otras mujeres colombianas durante las guerras civiles: hubo de hacerse cargo de todas las cuestiones domésticas y de mantener en pie la casa mientras yo luchaba en el frente. Ella realizó toda clase de proezas maravillosas. Diariamente, de uno u otro modo me procuraba los cigarrillos, las cuartillas, todo cuanto necesitaba para escribir. Consiguió dinero prestado y crédito en algunos comercios. Cuando el libro llegó a su fin, supe que debíamos 5.000 pesos -que era una cantidad enorme- en la carnicería. Se había extendido por todo el vecindario el rumor de que yo estaba escribiendo un libro muy importante, y todos los tenderos se mostraban dispuestos a colaborar. En un momento dado me di cuenta de que Mercedes ya no podía seguir encargándose sola de todo. Interrumpí el trabajo en la novela y me puse a escribir un guión para la radio, pero en el mismo momento de empezar a hacerlo me vino una insufrible jaqueca. Pese a que los médicos me recetaron todos los medicamentos posibles, no hubo ninguno que pudiera curármela. Por último, cuando reanudé la novela, el dolor desapareció por completo. Tardé dieciocho meses en terminar el libro, pero incluso después de terminado tuvimos toda clase de problemas. En cierta ocasión, estando ya todo listo, la mecanógrafa que tenía la única copia de muchos capítulos fue atropellada por un autobús, y la mitad de la novela fue entonces a parar a las calles de la ciudad de México. Por fortuna no murió en el accidente, y pudo volver a reunir al manuscrito. Por fin, concluida la obra, necesitábamos aún 160 pesos para enviársela al editor en Buenos Aires. A Mercedes solamente le quedaban 80 pesos, así que dividí el manuscrito por la mitad y mandé sólo la primera parte. Después tuve que empeñar el «Mixrnaster» y el secador de pelo de Mercedes para poder enviar la otra mitad. Cuando ella supo que el correo se había llevado nuestras últimas pertenencias dijo: «¡Y si después de todo resulta que la novela es mala!»

¿Cómo se le presentó el nombre de la novela?
Fue casi cuando esta llegando a la última página. Hasta el momento no había pensado en el nombre definitivo que le pondría, pero La casa ya lo había descartado. Tras decidir que se llamaría Cien años de soledad, hice algunos cálculos y descubrí que habían transcurrido más de cien años desde el principio al final de la novela, pero no me pareció adecuado titularla, por ejemplo, Ciento cuarenta y tres años de soledad. Creí preferible redondear la cifra, lo cual demostró ser una buena decisión.

¿Podría adaptarse Cien años de soledad al cine?
De ningún modo. Algunos productores me han ofrecido cantidades enormes por los derechos de autor, pero siempre he dicho que no. Creo que la última oferta que me hicieron ascendía a dos millones de dólares. El motivo por el cual no quiero llevarla al cine es que, como novela, el lector puede imaginarse a los personajes como él quiera verlos, lo que en la pantalla no es posible. En el cine la imagen queda tan nítidamente definida que el espectador nunca puede imaginar al personaje como le gustaría que fuera, lo tiene ya impuesto por la pantalla. Al estudiar las características del cine, la forma en que se hada una película, advertí que existen limitaciones formales que en literatura no hay. Ello me ha reafirmado que el trabajo del novelista es el más libre que pueda existir. Todo lo decide uno mismo.

¿Como Dios?
Algo por el estilo. La vaina es que a diferencia de Dios uno no puede matar fácilmente a los personajes. Con Ursula Buendía me ocurrió algo curioso: san cando la cuenta de los años que había vivido, resultaba que al final de la novela debía tener 200 años. Mientras escribía Cien años de soledad era consciente de que ese personaje ya había vivido demasiado, e intenté poner fin a sus días. Sin embargo, no había forma de matarla. Siempre la necesitaba para que hiciera algo, hasta que acabó muriendo naturalmente.

Se dice también que usted quemó otras mil páginas de Cien años de soledad... ¿Es verdad?
No, es falso. Pero es curioso como toda leyenda se apoya en algo real. Tras haber terminado Cien años de soledad me deshice de las notas y de toda la documentación que utilicé, de modo que no quedara ningún rastro de ellas. De esa forma los críticos juzgarán a libro por sus méritos propios y no indagando en los papeles que le dieron origen. Mientras escribía el libro fui acumulando un montón de documentos; y este material suplementario pertenece a la parte más íntima de mi vida privada. Difundirlo es un tanto comprometedor, es como mostrarse públicamente en ropa interior.

Para algunos Cien años de soledad es una novela muy triste. Parecería que ningún progreso fuera posible en América Latina. La monotonía de la vida política latinoamericana implicaría que ningún cambio social es posible; todo estaría limitado a repetirse eternamente. Es esta una interpretación política de la novela muy extendida.
Lo sé, he oído muchas veces esa crítica. En cierta ocasión tuve dificultades con profesores cubanos de literatura que decían: «Cien años de soledad es un libro extraordinario, pero su defecto es que no da soluciones». Creo que esa es una afirmación dogmática. Mis novelas describen situaciones, y no tienen por qué dar soluciones. Pero con Cien años de soledad intenté hacer ver que la historia de América Latina fue tan crudamente opresiva que aquello tiene que cambiar cueste lo que cueste, a cualquier precio. La historia social latinoamericana está tan llena de frustraciones y de injusticias que puede desanimar a cualquiera que se embarque en ese cambio. Pero eso es síntoma en realidad de una sociedad que debemos cambiar cuanto antes.

Hemos hablado mucho de Cien años de soledad. ¿No le molesta a veces que se hable de esta obra como si fuera la única que ha escrito?
Me desagrada profundamente. Algunos críticos han dicho que Cien años de soledad era la novela definitiva de Latinoamérica. ¡Es ridículo! Si fuera la obra definitiva, yo mismo no seguiría escribiendo. Francamente pienso que El otoño del patriarca es mucho más importante por su calidad literaria. Este libro no pude terminarlo hasta tener cierta seguridad económica gracias a Cien años de soledad, ya que necesitaba disponer de mucho tiempo y dinero para llevarlo a cabo.

¿Le desagrada que la gente encuentre más pesada la lectura de El otoño del patriarca?
¡Fue para mí un libro muy difícil de escribir! Pero es cierto que para leerlo se necesita una mínima iniciación literaria. Pero espero que con el tiempo resulte tan fácil de leer como mis demás libros. Cuando se publicó Ulises por primera vez todo el mundo lo consideraba ilegible. Hoy lo leen hasta los niños. Por otra parte; creo que el único defecto de Cien años de soledad es la facilidad con que se lee.

El otoño del patriarca trata sobre la muerte de un dictador del Caribe, un tema que se ha vuelto muy popular en la literatura latinoamericana. ¿Hubo algún hecho especial en su vida que motivara este argumento?
También en este caso las raíces de libro deben buscarse en mi niñez en Aracataca. En el pueblo en que crecí vivían muchos exiliados venezolanos, durante el gobierno del dictador Juan Vicente Gómez. Como ocurre con frecuencia a los exiliados, éstos habían magnificado al dictador, convirtiéndolo en un personaje mítico. Esa visión de Gómez fue la que dio origen al libro, pero también hubo muchas otras fuentes.

Alistair Reid, uno de los principales estudiosos de su obra en los Estados Unidos, dice que el significado último de Cien años de soledad es que «nadie puede siquiera conocernos. Todos en este mundo vivimos solos, encerrados en nuestras burbujas de cristal». ¿Se equivoca?
No, es completamente cierto. Estoy convencido de que cada persona tiene una parte de su personalidad totalmente en secreto, que nunca se comunica a los demás ni se revela a nadie. Mercedes y yo, por ejemplo, formamos una buena pareja. Llevamos juntos 25 años, y sabemos los dos que cada uno tiene sus zonas oscuras en las que el otro no puede penetrar. Siempre hemos respetado este principio, porque sabemos que no es posible luchar contra ello. No sé por ejemplo cuál es la edad de Mercedes. Nunca me dijo su edad antes de casarnos, aunque entonces era muy pero muy joven. Cuando viajamos ahora juntos, nunca miro su pasaporte ni su documento de identidad. Cuando viajamos en avión, si tengo que llenar su billete lo hago dejando en blanco la casilla correspondiente a la fecha de su nacimiento. Por supuesto que no es más que un juego. Pero es un juego indicativo de que hay ciertas zonas impenetrables en cada ser humano, a las que nadie puede acceder. Estoy absolutamente seguro de que es imposible conocer a una persona en su totalidad.

¿Es la soledad de Cien años de soledad una reflexión al respecto?
No. Creo que esto es algo que cada uno de nosotros siente. De cualquier modo, cada uno de nosotros está solo. Por ejemplo yo mismo, que como escritor, aunque pueda comunicarme con muchísima gente -y además con bastante facilidad-, estoy completamente solo en el momento esencial de mi vida: cuando me pongo a escribir. Entonces nadie puede ayudarme. Nadie sabe exactamente qué es lo que quiero hacer, ya veces ni siquiera lo sé yo. No puedo pedirle a nadie que me ayude; mi soledad es en este momento absoluta.

¿Le aterra esa soledad en algún momento?
No. No me preocupa demasiado, ya que puedo defenderme bastante bien solo con la máquina de escribir. Pero creo que todo el mundo, todo el mundo tiene miedo de estar solo. Cuando uno abre los ojos por la mañana y echa un vistazo a la realidad circundante, la primera que tiene es siempre de temor.

¿Le pasan cosas que no le ocurren normalmente a la gente? Un amigo común me dijo que pensaba que usted tiene telepatía
A mí me ocurren cosas extraordinarias con bastante frecuencia, pero quiero imaginar que esto también le pasará a otros. No se puede saber lo que es una premonición o un fenómeno telepático hasta que a uno le ocurre. Lo mismo pasa con casi todas las profecías, que siempre se presentan cifradas. Recientemente, mientras viajaba en tren a Barcelona, me ocurrió un buen ejemplo de esto. Resulta que la chica que trabaja en nuestra casa estaba en México, adonde había regresado para tener un hijo. Y en el tren, mientras me quitaba un zapato, tuve la impresión de que algo que nos tocaba muy de cerca estaba pasando en México, se lo comenté a Mercedes. Le dije: «Teresa acaba de dar a luz». Al llegar a Barcelona llamamos por teléfono a nuestra casa y nos dijeron que el niño había nacido precisamente en aquel momento. Todo había sucedido más o menos como yo lo había visto en mi premonición. No se trata de visiones muy precisas, sino más bien de susurros mágicos. Pienso que eso puede ocurrirle prácticamente a todo el mundo, pero que a causa de sus prejuicios culturales mucha gente no cree en ello, o no sabe apreciarlo o reconocerlo cuando se produce este fenómeno. En realidad se necesita una cierta clase de inocencia personal en relación al mundo para apreciar estas cosas.

Nos han contado que usted descartó el primer borrador de El otoño del patriarca porque parecía un epígono de Cien años de soledad. ¿Es cierto?
En parte es cierto. Intenté escribir la novela tres veces. La primera vez que lo hice, el argumento se basaba en mis recuerdos de La Habana de 1959. Había cubierto como periodista el proceso contra uno de los principales generales de Batista, que fue juzgado, por haber cometido crímenes de guerra, en un gran estadio de béisbol. Lo que a mí me interesaba eran las posibilidades literarias de desarrollar esa situación. Así que cuando empecé a escribir El otoño del patriarca, pensé que su estructura podía basarse en el monólogo interior del protagonista sentado en medio del estadio. Sin embargo, poco después de empezar a escribir, descarté por completo esa idea. No era verosímil. Los dictadores latinoamericanos, los más importantes, o bien han muerto en la cama o han debido escapar llevándose grandes fortunas. Cuando decidí escribir la novela por segunda vez, lo hice en forma de biografía novelada, y esta versión, en efecto, se parece mucho estilísticamente a Cien años de soledad. Así es que, con pesar, también tuve que descartarla. Sinceramente no comprendo por qué tanta gente esperaba que El otoño del patriarca se pareciese a Cien años de soledad. Supongo que si hubiera querido asegurarme el éxito comercial, lo mejor que podría haber hecho es continuar escribiendo Cien años de soledad todo el resto de mi vida. Podría haber utilizado la típica triquiñuela de Hollywood: El regreso del coronel Aureliano Buendia. Finalmente decidí recurrir a una estructura basada en monólogos múltiples, lo que permite reflejar la vida del pueblo bajo la dictadura. Hay distintas voces que cuentan lo mismo desde perspectivas diferentes. Más tarde tuve que superar un nuevo obstáculo: nunca había vivido en un régimen dictatorial de viejo cuño. Para poder hacer la novela precisaba saber cómo era la vida diaria en países con dictaduras de muchos años. En la época en que escribía la novela había dos países de interés en este sentido: España y Portugal. Mercedes y yo decidimos pues trasladarnos a la España del franquismo, más concretamente a Barcelona. Pero una vez que estuvimos en España, comprobé que algo fallaba en la ambientación del libro, todo era demasiado frío. Así es que volvimos a mudarnos en busca de una mejor disposición para escribir la novela. Esta vez fuimos al Caribe, tras haber permanecido mucho tiempo lejos. Cuando llegamos a Colombia algún periodista me preguntó: «¿Qué ha venido a hacer en su país?» A lo que respondí: «Quiero acordarme del olor de la guayaba». Después recorrimos todas las islas del Caribe, no para tomar notas, simplemente para vivir allí. De regreso a Barcelona reanudé la escritura del libro sin ningún esfuerzo

Recientemente fue publicada su última novela, Crónica de una muerte anunciada. ¿No había hecho usted declaraciones muy terminantes, anunciando que no volvería a publicar hasta la caída del régimen de Pinochet? Pinochet sigue en el gobierno de Chile, y sin embargo decidió editar este libro.
Aquellas declaraciones las hice tras la publicación de El otoño del patriarca. Francamente estaba furioso. Había estado siete años trabajando en ese libro, y lo primero que me preguntaron fue qué planes tenía para después de esa novela. Cuando me hacen semejantes preguntas invento toda clase de respuestas, lo que sea con tal de dejarlos contentos. En realidad no tenía ningún plan inmediato de escribir otra novela, y esa respuesta eliminaba de paso aquella repugnante pregunta de las entrevistas posteriores.

Habrá que concluir que usted a menudo fabrica historias, inventa pequeñas ficciones en las entrevistas que le hacen.
¿Quién le dijo eso?

Por una vez, nos lo acaba de confirmar usted mismo. Pero es una de las tantas leyendas que se han tramado en tomo a usted. Se dice que suele «enmendar» las historias que cuenta.
Mi problema es que quiero mucho a los periodistas, y cuando tengo afecto por alguien, soy capaz de crear algo, alguna pequeña historia inventada, para que él o ella puedan hacer una entrevista diferente.

¿Ha inventado algo durante esta entrevista?
¿En cuál entrevista?, ¿la nuestra?, ¿la de ahora? ¡No! Todo lo contrario, he intentado rebatir toda la ficción que hay en torno a mí.

¿Podemos volver a hablar un poco sobre El otoño del Patriarca En esta obra -aunque también en casi todas sus obras- usted se refiere con especial afecto a las prostitutas. ¿Es por algún motivo en particular?
Bueno, resulta que tengo muy buenos recuerdos de prostitutas, y escribo acerca de ellas por razones sentimentales.

¿Los adolescentes latinoamericanos hacen su iniciación sexual en los burdeles?
No, allá es todo mucho más feudal. El burdel cuesta demasiado caro, sólo se lo pueden permitir los adultos. La iniciación sexual suele darse con la criada de la casa, o con las primas. Aunque también con las tías. Pero tuve muy buenas amigas prostitutas cuando era joven. Auténticas amigas. El medio ambiente en que vivía era muy represivo, no era fácil tener relaciones con mujeres que no fuesen prostitutas. Cuando acudía junto a alguna prostituta, no iba en realidad para hacer el amor sino por necesidad de estar con alguien, para no estar solo. Las prostitutas son en mis libros siempre muy humanas, y su compañía es siempre muy valiosa. Se trata de mujeres solitarias que detestan su profesión. Siempre he mantenido muy buena amistad con prostitutas, incluyendo algunas con las que nunca en mi vida fui a la cama. Pero entonces prefería dormir junto a ellas porque me parecía horrible dormir solo. A veces digo, claro está en broma, que me he casado para no tener que comer solo. Mercedes, por supuesto, me contesta que soy un hijo de perra.

¿Cómo se definiría a usted mismo?
¿Yo? Soy el hombre más vergonzoso del mundo. y también soy el hombre más amable del mundo. No acepto discusión alguna al respecto.

Ya que es usted la persona más amable y vergonzosa ¿por qué no nos dice cuál es su mayor debilidad?
Me pregunta algo que nunca antes me habían preguntado. ¿Mi mayor debilidad? Hmmmmm... Mi corazón. En el sentido emocional, sentimental. Si fuera mujer siempre estaría diciendo a todo que sí. Necesito que me quieran muchísimo. Mi gran problema es que me quieran más, y para eso escribo.

Afortunadamente su literatura le ha valido el afecto de la gente, incluso de aquellos que no comparten o atacan sus puntos de vista políticos.
Sí, pero soy insaciable. Necesito mucho más amor.

Terminemos pues con una última pregunta: ¿Hasta dónde se ha cumplido lo que usted se propuso en su vida?
Puedo contestarle, tal vez, contándole qué hubiera querido ser de no haberme hecho escritor. Me hubiera gustado ser pianista en un bar. De ese modo habría podido contribuir a que los amantes se sintieran más cerca uno del otro. Consigo cumplir este objetivo en gran parte como escritor –que la gente se ame más a través de mis libros–, y creo que ese es el significado que quería darle a mi vida.

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Revista Confidencial
Managua -Nicaragua
24 de septiembre de 2017
Opinión


Balcells, la Mama Grande, rediviva
La historia de Balcells ratifica la importancia que jugó
 en la proyección de los narradores más connotados del boom

Por Guillermo Rothschuh

 
El líder cubano Fidel Castro, Gabriel García Márquez, y la agente literaria Carmen Balcells en La Habana. Circa 1980-1990s. Imagen cortesía de Harry Ransom Center.

Aunque fue Carlos Barral, el primero en abrir las puertas de la fama a los padres dilectos del boom, no siempre adelantarse supone situarse en la cima. Carmen Balcells, la joven advenediza que dio los primeros pasos a la orilla de Barral, se convertiría muy pronto en la indiscutible reina y señora de los escritores latinoamericanos. Los que cambiaron el eje de gravedad de la novela mundial. Setentainueve años antes, Rubén Darío, con la publicación de Azul… (1888), había resituado el eje de la poesía en América. Cien años después del nacimiento de nuestro paisano inevitable, Gabriel García Márquez, publicó Cien años de soledad, (1967), parto prodigioso de lo que se conocería como el boom de la nueva narrativa latinoamericana. Balcells se convertiría su agente literario y en una simbiosis espléndida, autor y agente, remontaran las estrellas. La novela de Gabo hizo revirar la mirada hacia estas tierras del olvido. Latinoamérica volvía por sus fueros.

Contrariando la regla, Balcells no tenía para algunos, la preparación necesaria para entrar en el mundo editorial, como le confesó sin remilgos a Xavi Ayén. Carecía de los atributos de los editores consagrados, tampoco tenía —según aducen los entendidos y entendidas— su conocimiento intelectual. Esto no impidió que convenciera a Gabo, dejara en sus manos la representación de sus obras. El origen de su fortuna como agente —no me refiero a pesos y centavos— está vinculada a Barral. Se metió en sociedad con Ivonne, la esposa de Carlos, atendiendo una sugerencia de este. Las dos mujeres fueron socias en la fundación de la agencia. Después del parto de sus gemelos, Ivonne abandonó la empresa aduciendo que no era rentable. Hay que decir en honor a la verdad que no lo era, que en aquellos momentos no lo era, yo me lo podía permitir —confiesa a Ayén— porque en casa entraba el sueldo de mi marido. Sus inicios fueron duros. Luego traería a su lado al resto de autores latinoamericanos.

Barral fue uno de los editores que abrió las puertas del boom. La ciudad y los perros, (1962), constituyó todo un acierto como novela inaugural. El peruano terminó de escribirla a los veinte cuatro años. Aunque —mérito indisputado— fue Cien años de soledad, quien encumbró en los altares, a la nueva novela latinoamericana. Balcells haría lo suyo. Sus logros los obtuvo a través de su agencia literaria, inició la redefinición de los contratos entre autores y editores. No más estipulaciones leoninas, reconoce Carlos Barral a Mario Vargas Llosa, en carta fechada el 3 de mayo de 1966. Lo confesó con la devolución los derechos de autor de La ciudad y los perros, ganadora del Premio Biblioteca Breve-Seix Barral. También declaró nulo el contrato que había suscrito con el peruano, por esta novela. Una etapa esplendorosa abría las puertas a los autores latinoamericanos. El vuelco que imprime Balcells a los contratos, resulta harto beneficioso para todos, incluso para ella.

El padre de José Manuel Lara Bosch —además de dispensar cariño a Balcells— había vaticinado a su hijo, que esa cabrona va enseñar a todos los agentes a ser igual y no nos dejarán vivir. La catalana había aprendido el oficio de otra manera. Lara Bosch confiesa que no le costó entenderla. Él había desembarcado con las nuevas normas ya instauradas. Incordiaba a los editores de vieja data. Le mal querían. A la pregunta sobre cómo había logrado imponerse, la respuesta de Balcells es contundente. Cuando tienes un autor como Gabriel García Márquez, puedes montar un partido político, instituir una religión u organizar una revolución. Yo opté —clama convencida— por esto último. Pero no se crea que fue fácil. La voltereta en el mundo editorial fue de ciento ochenta grados. Las animadversiones se dispararon. La advenediza caminaba con pie de plomo. Nada la amilanaba. Dispuso su ánimo para triunfar y lo consiguió. Desde siempre fue una ganadora.

El mote de Mama Grande lo debe a Vargas Llosa, una vez que ella hiciera números frente a sus ojos, para obtener su representación. Carlos Barral, su editor príncipe, no pudo hacer nada para que Vargas Llosa se quedara a su lado. Su insistencia no caló en el ánimo del peruano. En Barcelona —una de las cunas del boom— se produjo una reunión de las principales firmas editoriales. El propósito era boicotear a los autores de esta señora. Esperaban asestarle el golpe definitivo. En la mesa de conspiradores, solo uno de los presentes, José Manuel Lara, padre, se plantó en su defensa. Obnubilados por los éxitos de Balcells, lanzaron el tiro de gracia. Plantearon que nadie le comprara el próximo García Márquez. El viejo Lara tronó beligerante: ¿A ti, si te ofrecen a García Márquez no lo vas a comprar? Pues yo si argumentó. Sus palabras tuvieron efecto disuasivo. El cónclave se dio por concluido. Poco o nada podían hacer de aquí en adelante contra Balcells. Aunque nunca cejaron.

Vargas Llosa salió en su defensa: En el mundo editorial hubo un escándalo parecido al que conmueve a un gallinero en el que se ha metido el lobo feroz. Le dijeron traidora, materialista, pesetera, innoble, saboteadora del gay saber, literaturicida y mil lindezas más. Ella derramaba vivas lágrimas —refiriéndose a Balcells— pero no dio su brazo a torcer. En la misma línea de argumentación, García Márquez —dirigiéndose a Julio Cortázar— se lamenta de las enormes fortunas que ganan los editores con sus libros. Para Xavi Ayén, (Aquellos años del boom… RBA Libros, segunda edición, marzo de 2015), a Barral le aconteció lo mismo que al doctor Frankenstein. Su invento se le salió de las manos. A partir de entonces todo cambió. Surgía un nuevo liderazgo abanderado por Carmen Balcells. García Márquez define la personalidad de su agente: Muchos escritores la detestan por la ferocidad con que defiende los centavos de los escritores sobre todo de los jóvenes más necesitados…

Manuel Vázquez Montalván, presagió que Balcells pasaría a la historia de la literatura universal. Todo debido a su empeño prometeico de robarles los autores a los editores, para constituirles la condición de escritores libres del mercado libre. José Manuel Lara Bosch —quejumbroso— tiene la convicción que algunos agentes literarios tienen demasiado poder en España. Se trata sin duda, de una situación anómala. Ayén está claro que el presidente del Grupo Planeta, se refería al volumen de facturación de la agencia Balcells, notablemente superior al de todas las competidoras sumadas, según datos del registro mercantil. Esther Tusquets, aun en su forma ambivalente de juzgarla, reconoce que Balcells era la única persona que sabía defender los intereses económicos de los autores. Algo inexistente hasta ese momento. Le dispensa el más grande elogio: Gracias a Balcells —advierte Tusquets— hoy los autores pueden vivir con dignidad. Dejaron ser presa del canibalismo de los editores.

La manera que Ayén alude los mitos, leyendas y realidades que giran alrededor de Balcells, la ubican —más allá de las bravatas y malos entendidos— en el panteón de los ilustres. Gonzalo García Barcha, el hijo de Gabo, reconoce que aunque el boom es también un fenómeno publicitario, desencadenado a raíz de la aparición de Cien años de soledad en 1967, advierte que Balcells tenía a todos estos autores antes que fueran del boom. Aunque no es tan cierto. Su mérito fue convertirse en agente —en España— cuando nadie en España ni en Europa, entendía la importancia de esta figura, aprecia Jordi Gracia. Para Jorge Herralde ella se encuentra con dos regalos: el fenómeno Gabo y un gran escritor, como es el primer Mario Vargas Llosa. Pone de su lado a los autores de Seix Barral, por lo que termina convirtiéndose –en palabras de Herralde– en la reina de la novela en español. Una reina a la que todos llegaron a festejar hasta su casa –en Santa Fe– en su ochenta cumpleaños.

Una cuestión halagadora para mí, que figura en la investigación emprendida durante diez años por Xavi Ayén, fue tener como epicentro la ciudad de sus amores: Barcelona. Nunca me cansaré de repetir la envidia especial que siento por todos los escritores, músicos, artistas y cineastas, que cantan a su ciudad de origen. ¿Cuánto debe Dublín a Joyce? ¿Cuánto New York a Talese? ¿Lima a Vargas Llosa? El primer y tercer capítulo de su libro (Premio Gaziel de Biografías y Memorias, 2013), gira alrededor de Barcelona. Su decisión obedece a que grandes del boom se establecieron en la ciudad condal. Detalla las decenas de escritores llegados de otras partes para vivir en su ciudad. Alude de manera especial a nuestro bardo mayor. Rubén en Barcelona, viviendo de sus escasos ingresos como colaborador de La Nación de Buenos Aires, junto a su compañera, la abulense Francisca Sánchez, y el hijo de ambos, Güicho. Convoca de nuevo ante nosotros, a todas las personas vinculadas al boom.

La historia de Balcells ratifica la importancia que jugó en la proyección de los narradores más connotados del boom. Su manera de atraerlos fue conquistarlos con sus cantos de sirena. Se hacía cargo de sus necesidades más urgentes y les tenía presente en todos los cumpleaños y navidades de su vida. En una ocasión le preguntó a Gabo, qué deseaba que le regalara. Tres mil dólares, respondió. Desde entonces —hasta siempre— todos los años, enviaba a Gabo tres mil dólares de regalo para el día de su cumpleaños. El tratamiento especial dispensado a Gabo y Vargas Llosa, se debía a que eran los autores más célebres,  representaban la principal fuentes de ingreso de su agencia. La brasileña Nélida Piñon, alababa su impaciencia. Impaciencia capaz de rectificar la ruta de la tierra, rechazar las imperfecciones que nos encierran, ahuyentar de entre sus autores, que son sus cómplices, a los fardos inútiles. Todos la amaban. Se transformó en una mujer indispensable en sus vidas.

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